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Finalmente tenía que suceder.

Sí, tenía que suceder… tenía que retomar el ejercicio que comencé hace ya seis años, cuando me decidí abrir este blog.

Por qué hoy y por qué ahora, pues no lo tengo muy claro. Pero sé que tenía que comenzar a escribir nuevamente.

Lo traigo en la cabeza desde hace más de tres años. No sé por qué he peleado tanto contra mí mismo a pesar de que más de una vez, he estado a punto de agarrar la pluma cibernética y comenzar a escribir toda clase de ideas y reflexiones.

La muerte de mi padre, mi jubilación, mi separación y posterior divorcio, la salida y la llegada de varios gobiernos, mi desesperanza, mis alegrías muchas y varias, mis planes y mis perspectivas, mis inquietudes, mis errores, mis enojos, mis frustraciones, mis fantasías, mis miedos.

Todas grandes oportunidades para reflexionar y reiniciar a escribir, y escribir y volver a escribir, hasta convertirlo en un trabajo de por vida.

Quizás el tener frente a mí el mar de Oaxaca fue el catalizador final. Quizás.

Cuando comencé a escribir tenía dos estilos que me inspiraban, el de Jorge Ibargüengoitia, extraordinario escritor mexicano cuyos libros de cuentos y novelas son de lo mejor que he leído en mi vida.

La otra fuente, el otro estilo, el de German Dehesa, mucho más pedestre que el de Ibargüengoitia, pero cargado de un pragmatismo y de una forma tan amena y tan cercana, que sin duda siempre sentí que escribía para sus amigos más cercanos entre los cuales estaba yo.

Tristemente, nunca conocí a ambos.

Así que aquí estoy otra vez, con mis letras, con mis anhelos y con la esperanza de poder decir algo que trascienda, algo que ayude a alguien en algún momento, algo que le arranque una sonrisa a otro alguien más.

¿Perduraré en mi tarea y en mis afanes? No lo sé. Hoy pienso que sí. Que debería.

Hay tanto que decirnos, tanto que contarnos, tanto que entendernos, tanto que mostrarnos, tanto que aceptarnos, tanto que acercarnos. Tanto tanto.

Zipolite, Oaxaca, agosto 10, 2021

No somos de los mismos.

Aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

Adagio popular

Cuántas veces no hemos escuchado al presi de México en turno decir esto. Para acto seguido demostrarnos que su dicho es una vil mentira. Una falacia dirán los versados.

Yo no soy anti López Obrador. Eso no quiere decir que entonces soy pro López Obrador. Ni mais. ¿Se puede no ser ni pro ni anti? Yo digo que sí. Estoy en un punto neutral que creo le hace bien a mi país.

“Achis, bájale dos rayitas”, dirá alguno por ahí.

Pos es que la verdad estoy convencido de que una posición neutra en estos momentos es lo mejor y lo que más nos conviene a todos cómo país, como nación, como sociedad. ¿Que por qué pienso así?, pues porque eso nos da la oportunidad de pensar, de reflexionar y de aquilatar.

Y otra vez, eso no significa que no me hierva la sangre cuando veo como con la mayor displicencia, el inquilino de Palacio Nacional dice o hace tremendas barrabasadas.

Por lo mismo, considero que el pecado más grande del ejercicio político que dizque emprendió este presi y su cauda de seguidores -muchos de ellos ciegos seguidores- es su falta de capacidad de autocrítica.

Nomás no hay faltas o errores en las acciones emprendidas o acometidas, no hay fallos en los puntos de vista expresados, muchos como cantaleta cansina cada mañana de cada día hábil desde hace tres años.

Y los que como yo deseamos el cambio pero se subieron a ciegas al carro auto llamado 4T y no le ven falta a los miles de hechos erróneos y por lo mismo, se abstienen consciente o inconscientemente de mencionarlos, creo que son los que más daño nos están haciendo.

Particularmente me sorprende de aquellos a quienes considero personas no sólo pensantes sino también muy decentes. Caricaturistas, analistas políticos, editorialistas y periodistas en general que da la impresión que apoyan las acciones del “presiso” sin corregirle ni puntos ni comas.

Hasta no deja de sorprenderme los malabares lingüísticos en los que caen, con tal de no “llevarle la contra” a Don López Obrador (y sí, ya sé que no puedo anteponer la palabra don a un apellido, pero qué creen, hoy me dieron ganas)

Creo que este gobierno de México necesita dosis ingentes de autocrítica. Aunque la verdad sea dicha, todos la necesitamos continuamente.

Si algún cambio deseo para mí país y mi sociedad, es justamente ese, qué sin dejar de pensar en las mejores soluciones para una sociedad que requiere muchos mejores balances y contrapesos, es ese, que a los que hoy detentan el poder, les entre una buena dosis de autocrítica y eso permita corregir rumbos y formas y resultados.

Que Diosito me oiga.

Monterrey, NL, 23 de agosto de 2021.

Hablando de Lionel.

La gente discute entre Pelé o Maradona. Di Stéfano es el mejor, mucho más completo.

Pelé

Y bueno… sí,… con tanto pinshi tiempo sin escribir, me estoy destapando. Ahora se aguantan.

Cuántas historias individuales y colectivas entretejidas existirán que expliquen y/o justifiquen la salida de Lionel Messi de su equipo de toda la vida para tener que irse a seguir ejerciendo su profesión y viviendo su vida en otro lado, pos no lo sé.

Seguramente un friego.

Cómo decimos los expertos y los versados en estos temas, ríos de tinta han corrido y seguirán corriendo en días y semanas posteriores a esta fecha que expliquen o justifiquen lo que pasó. Ríos de tinta.

Yo quise leer una nota amarillista atribuida a don Jorge Messi, papá y apoderado del jugador, publicada el día de hoy en el Marca edición España, pero claro, ya dije que en esta parte del mundo hoy es 10 de agosto de 1920 y por lo mismo no hay otro medio de comunicación que no sea el telégrafo y las palomas mensajeras.

Así que la lectura de dicha nota quedará para otra solemne ocasión.

Pero bueno, a lo que voy.

De lo poco que he visto con respecto a este evento, me quedo con dos cosas.

Una, la imagen de Lionel entrando al auditorio 1899 del Barcelona a dar su mensaje y posterior rueda de prensa de despedida.

El hombre no pudo contener la emoción. Se aguantó como los meros machos y aun así, lloró y lloró. Su esposa se tuvo que levantar a ofrecerle un kleenex que le sirvió de poca cosa debido a la emoción desbordada.

La otra no sólo fue el aplauso cariñosísimo que sus amigos y compañeros le dieron, sino también la cara de velorio que tenían todos. A nadie, nadie le gustó lo que pasó.

Y aquí a mi juicio, lo que parece obvio, no lo es.

Muchas tonterías se dicen por los que no tenemos ni idea, con respecto a la calidad moral y personal de figuras profesionales.

A mi me había quedado la idea desde el año pasado de que Messi estaba esperando el AVE de las 4:00 pm para largarse de Barcelona ipso facto. Cuán equivocado estaba yo. Neta.

Quedé absolutamente conmovido por la imagen de un gran guerrero, que abandona su casa, su estadio, su gente, que se tuvo que arrancar contra su voluntad del sitio que ama y que su familia considera su casa.

Me conmovió verlo tan frágil, tan humano, tan sencillo.

No poder articular palabra porque tiene uno los ojos, la garganta, la nariz, la mente y todos los conductos internos que comunican a unos con otros, inundados, en realidad lo dice todo y más.

Sabíamos de la cercanía y del amor de Lionel con respecto de su equipo, su escudo, sus compañeros. Pero la verdad es que no teníamos ni idea de ello.

Sus lágrimas hablaron y gritaron todo lo que él no alcanzó a decir.

La clase de humildad que nos dio el día de ayer o de antier, ya no sé ni cuándo fue por los cambios de horario, fue de doctorado de Harvard.

A lo largo de la historia han habido sucesos increíbles de los que han sido testigos muchas diferentes sociedades. A mí, a nosotros, nos tocó muy importantemente ver jugar a Lionel Messi al fútbol.

Gracias universo.

Zipolite, Oaxaca 10 de agosto de 2021.

PD.

Yo he sido fan del equipo del Barcelona desde que llegué a vivir en esa ciudad hace ya 23 años. Yo soy uno de los que va a lamentar su partida durante mucho, mucho, mucho tiempo.

Mi México querido.

Para el mexicano, la vida es una posibilidad de chingar o de ser chingado.

Octavio Paz.

Viajar por México va desde lo más alucinado a lo más triste, pasando por toda clase de humores, olores, sabores e imágenes que no nos pueden dejar impávidos por muy egoístas que seamos.

Hoy, estoy en Oaxaca. Uno de los estados, una de las comunidades de mexicanos con mayor atraso económico y social.

Estoy en una de sus playas maravillosas. No puedo dejar de preguntarme dónde han estado los planes y los responsables del desarrollo turístico y económico de México que este lugar, con esta riqueza, está sumido en la carencia y en la pobreza.

¿Que dónde han estado? Sepa su mais.

En los momentos que esto escribo, no hay señal de telefonía desde Huatulco hasta estos lares y quien sabe hasta dónde más.

Líneas caídas por la tormenta que hubo ayer por la noche. Como si estuviéramos en 1920. Los lugareños resignados -se ve que les pasa a cada rato- le echan la culpa a un huracán que va pasando. Seguro ha de ir en camión y por carretera el dichoso huracán, ya que desde esta mañana está soleado de a madre.

Tampoco, por lo mismo hay señal de internet, faltaba más. Y hoy ya pocas cosas funcionan sin tener que interactuar con “la internet” en algún momento. Solamente los puestos callejeros de tacos y tlayudas se han salvado de esto. Y no todos.

Tan ridículamente torpe es este asunto, que hace un rato salí de un hotel y me moví a otro. Así estaba planeado, ya que quería conocer ambos.

Bueno, pues me salí sin haber podido liquidar la cuenta. Qué tal. Y así me dejaron irme. No quedaba de otra.

Por supuesto quedé de regresar mañana por la mañana para liquidar esa cuenta, faltaba más. Ladrones y abusivos nunca. ¿Pero qué tal que hoy me hubiera tenido que ir al aeropuerto a tomar un vuelo de regreso a casa?

Fregosky el asuntosky. Con todas las molestias que eso significa para todos los involucrados.

Y bueno, a mí todavía me pueden ir a perseguir a Santa Catarina, NL, lugar de mi actual morada.

Pero ahora imagínense esto ¿y si fuera yo francés y mi lugar de residencia fuera París? Claramente, entre que me regreso por carretera a Huatulco, tomo el vuelo a CDMX, conecto con mi vuelo a París, llego a mi casa, me salgo hecho madre a tomar el metro con destino al arco del triunfo a celebrar la llegada de Messi al PSG, me pongo como cuba junto con amigos y desconocidos por la felicidad de tan jubilosa llegada, después de días de gritos y celebraciones encuentro mi camino a casa, llego y me doy cuenta de que se me perdieron las pinches llaves, mi casera llama al cerrajero, me abren la puerta y me cobran €200 euros por el desmadrito, me duermo dos dias completos entre cansancio de viaje, la borrachera y el cambio de horario, me la curo, tomo consciencia nuevamente del lugar, sitio y hora en la que me encuentro, me preparo algo de comer y abro una cheve, enciendo la compu, leo los doscientos correos retrasados que tengo hasta que llego finalmente al que me envió el hotel en el que estuve hospedado en Zipolite, diciéndome que ¿qué pex con el pago?, ya pasaron tres lustros.

A estas alturas seguro ya ni me acuerdo no solo de que hubiese podido estar en México… ¡seguramente ya ni me voy a acordar de que haya yo salido de viaje! Habrá una perfecta y absoluta eternidad entre un evento -playa- y el otro evento -cobro-

Aún es el caso de que acierte yo a pagarles, el hotel de Oaxaca habrá estado sin su lana la misma eternidad. Pero el pago de empleados, a proveedores, de servicios, de impuestos y demás, esos sí al día.

Pero eso a los responsables del desarrollo turístico y económico de este país los tiene perfectamente sin cuidado, les ha preocupado o mortificado tanto como la falla del Hubble de hace unas semanas.

Ahora imaginemos el mismo escenario sin las carreteras, escuelas, hospitales, centros de desarrollo comunitario, espacios deportivos y culturales que han hecho y siguen haciendo falta en esta parte tan hermosa del mundo que llamamos Oaxaca, México, pero con las carretadas de dinero que hemos mandado por lustros. (No tengo el dato exacto a mano, no hay interné pa’ consultar, pero este estado es de los que más porcentaje de participación federal recibe por cada peso enviado a la federación)

Es inmundo por decir lo menos.

Espero que al menos, toditos ellos sean aficionados del Barça y tengan las tripas engarrotadas por la salida del gran Messi. Así como está su charro negro.

Por lo menos.

Zipolite, Oaxaca, agosto 10, 2021.

Reminiscencias – 2ª parte.

Queridos amigos, queridos lectores, la verdad es que no soy escritor. Me gustaría serlo. Me gustaría poder hacerlo de tiempo completo. Me gusta imaginar que podría escribir una obra interesante que se convirtiese en importante con el tiempo. Tal vez sea solo una quimera. Así es que suplico perdonen tanto errores como omisiones.

Lo que sí me pasa es lo que le sucede a cualquiera que escribe regularmente, esto es, que el estado general de ánimo influye en lo que uno escribe, a pesar de que lo escrito no tenga nada que ver con el estado de ánimo de uno al momento de la escritura. Juego de palabras o de ideas, pero cierto al fin.

Hoy me siento más animoso y entusiasta que la ocasión pasada en la que escribí, así que espero que este relato salga un poquito más alegre o por lo menos, menos oscuro que el anterior.

También aclaro que a pesar de mis notas y de algunas consultas en los muy poquitos materiales que todavía conservo de aquellas épocas, hay eventos que ya no recuerdo en qué año, en qué curso, en qué época sucedieron, así es que si la vuelvo a regar, ustedes tranquilos, que todo tiene corrección en este ejercicio de memoria.

Y como de introducción ya estuvo bueno, comienzo con la crónica de nuestros tiempos juntos.

Una cosa que se me pasó mencionar respecto a los honores a la bandera es que en nuestras filas –oculto,… bueno, ni tanto- militaba un testigo de Jehová. Su nombre, Carlos Quiroga. Me acuerdo que cada lunes por la mañana ni saludaba a la bandera, ni cantaba el himno. Decía él que “eso de ‘adorar’ a un pedazo de trapo, era un insulto a Dios y que solo a Él se le podía rendir tal pleitesía” y que por lo tanto, él no iba ni a entonar cánticos y alabanzas a la patria, ni a sus héroes, ni a sus padres y sus madres. Eso era una falta –nuevamente según él y los suyos- que ameritaba ganar un boleto para irse derechito al infierno.

Tanto la “Direc”, como la “Sub-Direc” le quisieron torcer el brazo y lo amenazaron con la expulsión, pero Carlos no se quebró. Me imagino que hubo convocatoria de padres y madres, a la “Direc” le encantaba eso, pero ni así hubo cambio de nada. Carlos solo se quedaba parado como estatua durante toda la parafernalia oficial, que sí llegaba a ser un dolor en el trasero.

Personalmente pensaba que eso de “adorar” estaba muy jalado de los pelos ya que no sentía que ni yo ni los demás llegábamos a “adorar” a la bandera, pero él afirmaba lo contrario. Así que yo que siempre he sido liberal de espíritu, tuve un día el pobre juicio de decirle algo así como “no inventes, estás chiflado (o algo parecido)” y bueno, me lanzó una mirada flamígera y a partir de ahí, dejamos de ser amigos.

De hecho, solo una vez me peleé a la salida de la escuela, y fue precisamente con Carlos Quiroga. Ser testigo de Jehová no le impidió querer partirme el alma.

No recuerdo la razón. Lo que sí es que nos fuimos por la calle, pasamos frente a la papelería del Pikis y nos fuimos un poco más allá para que no nos fueran a cachar y castigar. Nos dimos un par de trompadas y ahí acabó todo. Qué tontos fuimos ese día en ese momento.

Ahora que lo pienso, creo que había alguien más, una muchacha, creo recordar del ‘A’ o del ‘B’, que también era “testiga” y pues tampoco se le daba eso de mostrarse patriota. Con ella si no me agarré a trompadas.

Al final, no recuerdo si Carlos estuvo con nosotros hasta el tercer año, o si se apeó al final del segundo, por las causas arriba señaladas. Cosas de la fanaticada.

Bueno, y hablando del Pikis,… ¿Recuerdan al Pikis? Este hombre tenía en conjunto con su padre, su madre y su esposa, una papelería casi frente a la secundaria, que dobleteaba de estanquillo, tienda de conveniencia, farmacia, recaudería y depósito de cerveza. El Pikis era flaco, más o menos alto, moreno. A la salida de clases a mí me gustaba ir a su negocio, me compraba dos cervezas muy frías y me las iba tomando por el camino a casa, en lo que invertía algo así como media hora por ir a pie.

Bueno, ok, es cierto, no compraba las cervezas, me compraba un gansito. Los gansitos fueron la base de mi alimentación desde que salieron por primera vez allá por 1966, hasta bien entrada mi vida adulta. Debo de haber ingerido ya varios miles de esos pastelitos.

Incluso, el olor más antiguo que puedo recordar es el de cuando estaba en la primaria y abría la bolsa de un gansito. Ese primer olor a chocolate lo tengo muy grabado. ¿Qué cosas, no?

De hecho, aunque ahora lo hago muy de vez en cuando, todavía disfruto de un gansito, particularmente helado, ya que en Monterrey nos gusta poner a prueba los límites de la resistencia humana durante buena parte del año y le subimos al termostato a todo lo que da, y no estamos contentos hasta que el termómetro no marca por lo menos los 43° a la sombra. Si se me ocurriera comprar un gansito “normal”, esto es no helado, tendría que llegar a mi casa, abrir la bolsa del gansito y verter el contenido de la misma en un vaso antes de poder degustar el pastelito, que ya habría dejado de tener forma y consistencia de pastelito dos segundos después de salir de la tienda. De un Oxxo muy seguramente.

Pero ya estoy agarrando monte nuevamente.

Les hablaba del Pikis y de su tienda-papelería-botica-centro de reuniones. A mí el Pikis me conocía bien porque le llegaba a comprar libros y algunas cosas a mi papá, que como saben, tenía su propia librería. El caso es que con alguna frecuencia yo no tenía dinero para el susodicho gansito, que para mí era el equivalente del combustible fósil que me permitía llegar a mi casa cada tarde, de cada día, de cada semana. Así que el Pikis era muy gentil de fiarme una que otra vez, dado que eventualmente vería a mi padre y le cobraría los dichosos pastelitos con nombre de ave pequeña.

Pero les cuento esto no por los gansitos – bueno, sí también- si no porque para mí no dejaba de tener un sentimiento extraño el comprar algo en una papelería siendo que mi padre era dueño de otra. Aunque admito que de los tres años que estuvimos en la secundaria, en dos ocasiones me salvó el pellejo la tienda-estanquillo-mercería del Pikis. Una vez, con un mapa de México con los ríos dibujados y los nombres de los mismos. Y en otro con una monografía de José Ma. Morelos y Pavón.

Estampitas con la biografía de Melchor Ocampo o de Ricardo Flores Magón, monografías conteniendo imágenes de las plantas medicinales del sur de la Patagonia o de los bosques Siberianos, mapas de los ríos de África, de las montañas de América del Sur, con nombres y sin nombres. Estos elementos constituyeron una parte importante de nuestros aprendizajes. Hechos quien sabe por quién, estos trozos de papel contenían la información básica que nos permitió conocer y aprender de muchas cosas. Y para cumplir con las peticiones de los maestros también.

Comparemos aquellos mapas y aquellas estampitas con una hojeada a la Wikipedia usando una iPad como hacen mis hijos. Nada que ver y sin embargo, aquello y las enciclopedias como la británica y algunas otras similares, fueron la fuente de información de dónde sacábamos datos, fechas, nombres y actos que nos permitieron avanzar en nuestra formación y conocimiento.

Dicho de otra manera, el establecimiento-bazar-expendeduría del Pikis en realidad era ¡¡Un iPad de los 70’s!! Qué cosas…

Y bueno, ya que hablo de la salida les cuento con más detalle esta parte de mi vida de aquella época. Ya he mencionado que pa’ todos lados, siempre iba a pie ¿y de qué otra manera se puede viajar a los 12-13 años verdad? El caso es que a la hora de entrada a clases, mi padre me llevaba a la escuela y pasábamos todos los días frente a la casa de Carmen Duarte que quizás era la compañera que vivía más cerca de la escuela.

Pero la salida era otra historia y como ya estaba grandecito, pues me tenía que volver a pie.

Generalmente salía hacia la derecha y comenzaba a bajar, zigzagueando luego por las calles de circuito misioneros, hasta llegar justo a tomar un pequeño andador a un costado del hospital Rio de la Loza en la esquina con el parque central. De ahí, bordeando el parque, pasaba por debajo del puente del periférico y me encaminaba hacia el cine Apolo, para rodearlo por la derecha y tomar rumbo al Centro Cívico, el cual, pasaba por detrás para alcanzar la calle de Carlos de María Bustamante y entraba por esta solo para poder tomar un andador que salía a mi calle. Repito, todo esto me tomaba entre 30 y 40 minutos, dependiendo del calor, el frío, la lluvia, etc. y de si había habido gansito antes de iniciar la marcha o no.

También con mucha frecuencia me solicitaban en casa que pasara a comprar el pan “de una vez”, de camino de regreso, ya que en mi casa siempre se acostumbró el pan dulce para merendar por las tardes-noches. Así es que en esas ocasiones, me desviaba un poquito y justo al lado de la puerta de acceso a Aurrerá, había una panadería. La ventaja es que desde ahí hasta mi casa, me iba comiendo un bolillo o dos y ya no llegaba taaaan hambriento.

Hoy a mi hijo Andrés que tiene 10 años, le encanta comerse los bolillos –en Monterrey se les llama franceses, no sé porque- así, solos, a mordidas, sin nada untado, sin nada en medio. No sé bien a quién salió

Y ya que hablo de regreso a casa les cuento una anécdota que me pasó un buen día con don Rafael Estrada.

Les decía que yo bajaba zigzagueando las calles del circuito misioneros hasta salir a un lado del hospital Rio de la Loza. Pues bien, sucede que una tarde de muchas, al salir a la avenida junto al citado hospital, me topé de frente con el maestro Estrada que minutos antes se había apeado en la parada de autobuses situada al lado de la oficina de correos sobre el periférico y venia bajando por el parque que está de ese lado.

Decía que me topé con el maestro y sin más preámbulo me coge fuertemente del brazo y me dice “muchachito, acompáñeme a la escuela, que yo ya estoy algo viejo y me canso mucho”. Y hete aquí que sin darme tiempo de decir algo, me di la media vuelta y tuve que acompañar al maestro Estrada hasta la puerta de la escuela y es que él también daba clases en las tardes, de hecho en las tardes daba clases de español.

Así es que el “viejo” aquel, que debería andar por los 35 años de edad, me hizo regresarme cuando ya casi iba a la mitad de mi viaje, para acompañarlo en su camino a la secundaria.

Y encima, ese día me regañó mi mamá por haber llegado a comer más tarde de lo acostumbrado. Si les digo, en esta vida no se gana pa’ regaños. Seguro la diosa del infortunio también metió su cuchara en esto. Segurito.

Y hablando del maestro Estrada, que hombre tan curioso fue nuestro maestro.

Otra de las aventuras que se inventó y en la que nos metió a todos fue la de la poesía coral. La verdad es que no sé ni cómo, ni cuándo, ni si en realidad obedecía a una solicitud de la SEP o fue un invento puro del susodicho maestro Estrada, pero el caso es que un día, reunidos en el patio se nos informó que participaríamos en un ejercicio de poesía coral, para lo cual nos deberíamos de aprender aquella poesía escrita por Amado Nervo llamada “La Raza de Bronce”,… “Señor, deja que diga la gloria de tu raza, la gloria de los hombres de bronce cuya maza melló de tantos yelmos y escudos la osadía” –esto último lo escribí de puritita memoria, ¿eh? Lo Juro.

Y seguía con lo de los caballeros tigres y los caballeros águilas. Y alcanzo a recordar otros pequeños fragmentos, pero no los escribo para no cansarlos y sobre todo para no cansarme yo.

Y si recuerdo bien, recitamos dicha poesía coral en algún evento de esos a los que incluso asistían nuestros padres como invitados. Y luego, el mismo maestro Estrada, se encargó de ver quien vociferaba más fuerte o con más encanto o con mejores modos la dichosa poesía y con ellos armó un mini grupo coral que fue el que nos representó a nivel comarcal o estatal o vayan ustedes a saber.

Una cosa que si me queda clara es que mucho se hizo en la secundaria por darnos una identidad nacionalista y esta poesía fue sin duda parte de ello. Otra de las cosas con las que nos querían meter a México y a lo mexicano entre ceja y oreja, fue una recomendación hecha en segundo año por nuestra profesora de literatura que sigo sin recordar quién fue –Bertha Aréchiga fue nuestra maestra de tercer año- acerca de lecturas hechas para jóvenes como nosotros escritas por un grupo de narradores que habían conformado un grupo llamado “Ocelotl”. ¿O será que Bertha Arechiga sí fue nuestra “miss” de español desde segundo año?

El caso es que los cuentos y narraciones eran de manufactura autóctona y buscaban crear en nosotros sus lectores, un pensamiento y un sentimiento acerca de lo nuestro. Todavía recuerdo algunos de los cuentos de aquel libro. Uno era de un tipo que vivía en un internado y le gustaba asolearse desnudo sobre un trampolín de tres metros, al terminar su ritual se levantaba y se tiraba un clavado –siempre en cueros-. También le gustaba admirarse en el espejo de agua de la piscina desde esa altura. El caso es que un día que estaba asoleándose escuchó voces que se acercaban y como estaba en “Cuernavaca”, decidió tirarse a la piscina rápidamente para que no lo fueran a descubrir con las nalgas al aire, con tan mala suerte que ese día la piscina no tenía agua puesto que la estaban limpiando y el tipo se mató. Chin.

Y por favorcito, que nadie me pregunte donde esta lo nacionalista en este cuento si no quieren que les conteste feo, ¿eh?

También recuerdo que en esa época llegaba a oír “La hora Nacional”, ese invento post-revolucionario que buscaba que todos los mexicanos nos hermanásemos un día a una hora en especial. Ahora no recuerdo si lo hacía por petición de algún maestro o por puritito masoquismo.

El caso es que sin duda, estando en la secundaria es cuando más de cerca sentí las garras de la SEP queriendo controlar nuestras vidas. ¿Alguno de ustedes guarda la misma sensación que yo?

Tengo que admitir que nuestra educación secundaria le llegó a poner algunos remaches a nuestro ‘mexicanismo’ gracias al cual, hoy disfruto de ser mexicano.

Bueno, eso y los tacos.

Bogotá, Colombia, a 31 de marzo de 2014.

Reminiscencias – 1ª parte.

Reminiscencia: (Del lat. reminiscentĭa). 1. f. Acción de representarse u ofrecerse a la memoria el recuerdo de algo que pasó. 2. f. Recuerdo vago e impreciso. 3. f. Fil. Facultad del alma con que se trae a la memoria aquellas imágenes de que está trascordado o que no se tienen presentes.

De las definiciones ofrecidas por la Real Academia Española, creo que me quedo con la tercera, para tratar de abonar un terreno que en estos momentos se me antoja espinoso y que la verdad no sé cómo comenzar a atajar y que no es más que el de tratar de abordar una nueva oleada de recuerdos de aquellos felices a ratos, tortuosos a veces, y sin duda alguna, ya lejanos años de nuestra adolescencia en los que cursamos la escuela secundaria.

Primeros días del mes de septiembre de 1973, comenzaba el segundo año de educación media para todos nosotros. Las niñas de nuestro salón ahora vestían de azul y ya no éramos los nuevos, ya conocíamos el terreno, los terrenos, y teníamos una buena idea de qué podíamos hacer y qué no. Y yo ya tenía 12 añotes.

Lo que era claro es que comenzaba a haber una jerarquía definitiva. Y que marcaría el resto de nuestros días como estudiantes de la 17, de una forma o de otra.

Los compañeros del “A” eran los cerebritos, los aplicados, los buenos, los consentidos de la Directora y de la Sub. Los del “B” eran los “wannabies” (de la expresión anglosajona want-to-be), los que querían ser reconocidos como los de “A”, pero no les alcanzaba, de hecho, estaban a la mitad del río, como perdidos, sin identidad. Luego estábamos nosotros, que al no tener que cumplir con las expectativas de nadie, éramos los más libres, no había competencia dentro de nuestro salón por ver quién era mejor o sacaba mejores notas y creo que por eso tuvimos días felices,… a lo mejor me equivoco y sí había competición dentro de nuestro salón, pero la verdad es que ahora que lo recapacito, nunca lo noté o lo sentí.

Y luego, claro, venían los del “D” y los del “E”, que para todos los efectos, eran la clase más baja, el último eslabón de la cadena, los desmadrosos, los desordenados, los “piorcitos”.

Un alumno de nuestra generación perteneciente a este último grupo, el “E”, llegó con el tiempo a ser Presidente Municipal de Naucalpan, su nombre es José Luis Durán, y para desgracia de toda la comunidad, fue un presidente bastante malito. Y con eso confirmo lo dicho líneas arriba, ja ja ja.

Pero volvamos a cosas más amables.

Junto con el cambio del color del “jumper” de nuestras compañeras, vinieron otros dos cambios importantes. Uno fue que en algún momento, no recuerdo ahora si desde un principio o si y entrado el año, nos quitaron las clases de los sábados y las tres horas de clase que tomábamos en esos días fueron asimiladas durante la semana normal. Así que se acabó la tortura de los sábados.

El otro gran cambio fue de salón.

Se nos pidió que dejásemos el salón que habíamos ocupado durante el primer año, justo arriba de la entrada y nos pasaron al salón conocido como “la pecera” por tener los dos costados hechos con paneles de vidrio. Ese salón había sido diseñado originalmente como salón de profesores, pero en realidad nunca se usó como tal. Así es que al llegar más alumnos al ciclo escolar 73-74, nos reubicaron en susodicho espacio.

Este salón resulto ser un problema tanto en lo colectivo como en lo individual. En lo colectivo, porque ahora estábamos a la vista de todos y cualquiera podía atestiguar quién o quiénes eran los del relajito y con ello, ponerle(s) un estate quieto fácilmente. El otro gran problema era su ubicación, justo encima de la oficina de la Dirección. No sé cuántas veces subieron a callarnos, porque el ruido de nuestro regular comportamiento llegaba con claridad a los oídos de todos los que estaban debajo, particularmente los de Doña Gloria. Repito, no sé cuántas veces subieron a callarnos, pero debieron haber sido decenas.

Yo que era algo inquieto por naturaleza, por decir lo menos, vacilaba todo el tiempo y mi voz se distinguía con facilidad. Por lo mismo, más de una vez fui severamente amonestado y es que además, me sentaba hasta el final de una de las filas y el hueco por donde se colaba el ruido estaba justo detrás de mis pies. No me extraña que me hayan pegado más de un escobazo verbal en más de una ocasión.

Por esos mismos huecos, también nos daba por echar papeles. Deifilia era la organizadora de tales hazañas, ya fuera para quejarse de alguien o de algo, ya fuera para acusar a zutano o a mengana de tal o cual ofensa. El chiste es que dejábamos caer papeles a la Dirección, imagínense o traten de recodar semejante burrada. La culpa claramente fue siempre de Deifilia.

Por cierto que recuerdo que en una ocasión jugando guerritas de gises, los de adelante contra los de atrás (yo obviamente era de los buenos, o sea, de los de atrás), alguien le dio un “gisazo” a uno de los vidrios que retumbó como si estuviese a punto de romperse. Por un instante a todos los guerreros se nos congeló el alma, nada más de pensar en el castigo al que nos haríamos acreedores en caso de una cosa así. Al ver que no pasaba a mayores el asunto, Gastón Cuevas o Rubén Elizarrarás (o quizás ambos) se le fueron a “gisazos” al Avándaro. Y la guerra continuó.

Ahora que el estar sentado hasta atrás, tenía también ciertas ventajas. Nos dejaba  disfrutar de primera mano el aire fresco en los días calurosos y nos permitía seguir curioseando lo que pasaba tanto en el patio como en la calle alrededor de la escuela. Y si les daba por ser metiches como yo, pues el tema era una gozada.

Para el segundo año cambiamos también algunos maestros. Ahora la clase de biología la teníamos con Silvia Beatriz Morales Luna, la de geografía con Alicia Neri García, Literatura Mexicana con alguien más que no recuerdo, pero ya no era con Edith Cruz, o “Cru”, como ella misma decía. También cambiamos de maestra de inglés, pero tampoco recuerdo su nombre.

Lo que no cambió, como ya mencioné en alguna otra ocasión, fue la titular de la clase de matemáticas y todo porque a la hijita de la susodicha maestra se le ocurrió nacer en 1962 o 1963 y llegar a la secundaria justo un año después que nosotros. La verdad es que fue imprudente de cabo a rabo y nos pasó a dar una perjudicada de Dios padre y muy Señor nuestro. Jija de su madre.

Pero en este tema ya no quiero abundar porque me entra una melancolía muy fea.

Otra cosa que tampoco cambió, fueron los honores a la bandera de cada lunes por la mañana. Solo recuerden, todos formados alrededor del patio, con cada salón teniendo a los chavos y chavas formados en grupos separados unos a lado de los otros. En algún lunes de alguna semana de los tantos que hubo, nuestro grupo, el de los hombres, traía un relajo medio especial. Viendo que nos podía caer un rayo maléfico disparado por Doña Gloria, yo hice el comentario en voz alta a los compañeros que estaban a mi lado, “bueno, ya estense serios, que nos puede chupar la bruja” refiriéndome por supuesto a la mismísima directora.

Mi gran amiga la diosa del infortunio me quiso dar una caladita esa mañana y entonces mandó nueva y atinadamente a Don Gildardo a pasar justo por detrás de mí cuando profería yo tal aviso. Yo por supuesto ni en cuenta de que por ahí estaba pasando. El hombre se detuvo, se acercó por detrás y sin alterarse, como siempre fue su estilo, me habló al oído diciéndome, “a ver si no se lo chupa la bruja a usted, Sr. Christy”. Yo me quedé petrificado. Juro que todo ese día estuve tronándome los dedos esperando que me llamaran a la Dirección a explicar mi frase y a recibir un castigo por ello. Afortunadamente ese día don Gildardo tuvo piedad de mí y no me acusó, fiiuuu.

Si me hubiesen preguntado mi opinión, yo hubiese suspendido dichas reuniones o las hubiera planeado para hacerlas una vez cada seis meses. La verdad me parecían una pérdida de tiempo. Quizás lo que más me molestaba era que doña Gloria las usaba para acusarnos de gamberros, de inútiles, de groseros, de flojos y demás lindezas. La verdad es que nunca estábamos a su altura y no se cansaba en hacérnoslo saber. Por supuesto, con las muy honrosas excepciones de los del “A” de las diferentes generaciones.

Quiero recordar también que como parte de estas mini-celebraciones a la patria y a la bandera, que también debo admitir nos hicieron ser respetuosos de ambas, en algún momento de ese segundo año, nos hicieron aprendernos tooooodas las estrofas del Himno Nacional Mexicano y entonces, al cantar el himno los lunes, entonábamos diferentes estrofas cada vez y no solo las tradicionales de “Ciña oh patria tus sienes de oliva…”

Gracias a ese aprendizaje, años después pude hacer dos cosas.

La primera fue darme cuenta de que el himno mexicano es en realidad una oda a ese gran “patriota” incomprendido y que los mexicanos nunca alcanzamos realmente a merecer y que en vida llevó el nombre de Antonio López de Santa Anna, cinco o seis veces presidente de México. Fue triste descubrir eso.

La segunda fue que en una celebración de la independencia en la embajada de México en España –y es que tuve la oportunidad de vivir (y procrear familia) en Madrid durante cinco años- al momento de entonar el himno, fui de los muy poquitos que pudo cantar muchas (aclaro que no todas) de las estrofas del himno. La gente a mi alrededor me volteaba a ver como diciendo “¡¡y este güey, qué onda, por qué se sabe las estrofas!!”. No pude decirles que me las tuve que aprender so pena de ser reprobado en la clase de música en la secundaria.

Terminados los honores a la bandera, alguien le dijo algo al embajador, que por aquellos años era Juan José Bremer y este se acercó a mi esposa y a mí, para saludarnos y “felicitarme” por haber cantado el himno. Acto seguido se dio la vuelta y se fue muy feliz del brazo de Mar Saura, una actriz española extraordinariamente guapa y que ese día ofició de su acompañante. Yo me quedé ahí parado en uno de los jardines de la embajada, mirándoles irse, bebiéndome una XX.

Les digo, esto de irse educando por la vida puede traer buenas, regulares y malas consecuencias.

Este último comentario me hizo recordar –no sé por qué- un evento desolador.

Hace un rato hablaba de la cadena alimenticia en la que participábamos. De la “A” a la “E”. Y tristemente fue de esta última de donde salió la desgracia. Un hecho muy lamentable con el que algunos de nosotros pudimos atestiguar de primera mano y por vez primera, la fragilidad humana.

Un mal día, un chico que había sido expulsado del “E”  el año anterior, llegó con una pistola cargada a la salida de clases. De un día cualquiera quiero recordar. Les mostró el artefacto a sus amigos y entre broma y broma, la pegó a la espalda de uno de ellos y aparentemente sin así quererlo, le disparó un balazo. El chico de apellido Didier, cayó al suelo, sobre el jardín de la banqueta de la casa que quedaba justo al frente de la escuela. Ahí quedó tendido.

En algún momento alguien le acercó una sombrilla para que el sol no le diera al cuerpo inmóvil. El chico solo estaba ahí y había algo de gente alrededor de él, por breves momentos yo fui parte. Una chica rubia de nombre Blondine, que estaba en tercero, era su novia, cuando se enteró de lo sucedido salió gritando y no paraba de llorar, en total estado de shock, por lo que la Subdirectora tuvo que llevársela del sitio.

El chico falleció. El que le disparó salió corriendo. No sabría decir si pisó la cárcel por ese hecho o no. El chico que murió tenía fama de mal estudiante, de broncudo y de galán, aun así, no tendría que haber pasado lo que pasó.

La vida a veces, es extrema.

Monterrey, N.L. a 27 de marzo, 2014.

Un cambio de mundos – 4ª y última parte.

La llegada al nuevo edificio nos trajo sin duda muchas sorpresas, ya he mencionado que había salones de sobra, laboratorios y talleres como Dios y la SEP mandaban, auditorio y biblioteca, un patio mucho más grande, una cancha multiusos y muchas cosas más que a simple vista podían pasar inadvertidas.

Una de ellas era que ahora contábamos con áreas verdes. No eran muy grandes, pero al menos ya había árboles, pasto y lugar donde sembrar algunas plantas y flores. Nuestro querido profesor Rafael Estrada propuso y le fue aceptada la idea, de que a cada salón de la escuela le fuese asignado un pedazo de dichas áreas verdes, y que cada grupo definiera cómo forestar su parcela.

Fue probablemente el mismo maestro Estrada el que dividió y asignó las áreas y a nosotros nos tocó un terraplén grande en la parte trasera del edificio, justo contiguo a la cancha multiusos en la esquina trasera del lado derecho del predio. No sé si dicho pedacito todavía exista como tal. Era un cuadrado, como de unos diez metros de lado, quizás solo tenía cinco, pero en mi mente de niño lo recuerdo grande. El día que pasaron al salón a comunicarnos el encarguito, nos “voluntariamos” ahí mismo algunos de nosotros, entre ellos, sin saber lo que me esperaba, estaba yo.

El día y la hora llegaron para comenzar nuestra tarea, fue justo después de un receso,… había una serie de plantas y árboles por ahí que serían los que tendríamos que plantar. Y nuevamente el mismo maestro Estrada nos acompañó hasta el sitio que nos había sido asignado y nos quedamos mirando unos a otros sin saber qué hacer o cómo empezar. El resto de nuestros compañeros estaba en clase, así es que al menos traíamos un buen nivel de cotorreo.

Creo recordar que entre otros ese día estaban Gaby Ramos, Patricia Lara, Anselmo Campuzano, Jorge Sánchez y probablemente algunos más. La memoria ya me comienza a fallar, lo admito. En una de esas, los que acabo de mencionar, ¡¡ni siquiera eran de mi salón!!

El caso es que a alguien se le ocurrió que podíamos dibujar y escarbar una estrella de cinco puntas, justo al centro del terraplén con pasto, y colocar ahí parte de las plantas y flores que nos correspondían. Se vería muy bien. Cómo hacía calor a esa hora, decidimos no buscarle más ruido al chicharrón y comenzamos la labor. Me recuerdo que conseguimos un pedazo de cuerda, y con él medimos y trazamos, siempre con la ayuda y bajo la mirada atenta de Don Rafael Estrada, la dichosa estrella.

Hay que confesarlo,… muy recta y muy proporcionada no nos quedó. Pero eso no obstó para que tomáramos palas y comenzásemos a zanjar el terreno como verdaderos zapadores, para eventualmente dejar excavada una estrella en bajorrelieve.

En esas estaba yo, cavando, cuando la diosa del infortunio vio que estaba yo en la baba, me hizo mal de ojo y al bajar mi pala para sacar un poco de tierra, ¡zas! Anselmo bajó la suya justo un segundo después, con tan buen tino que en lugar de pegarle a la tierra me golpeó la mano, haciéndome una cortada de unos tres o cuatro centímetros en la parte alta del dedo meñique de la mano derecha. La sangre no tardó en comenzar a brotar de forma algo escandalosa.

De inmediato el maestro Estrada me mandó a la dirección para buscar quién me curase la herida. Y como la diosa no había tenido suficiente con fastidiarme la mano, también quiso fastidiarme el alma, por lo que colocó a la maestra Gloria a la entrada de la oficinas de la Dirección justo en el momento que llegaba yo por ahí, con la mano cubierta casi por completo de sangre.

Sin duda la mujer se espantó un poco, me preguntó que había pasado y mientras yo le explicaba el asunto ella me llevó a lo que era una pequeña enfermería en la parte trasera de la Dirección, sacó unos algodones, una gaza, una botella de alcohol y una botella de esa medicina que todo lo cura llamada comercial y coloquialmente “Merthiolate”.

Hete ahí que mientras yo le seguía contando, la matrona me limpió con la más amplia displicencia, de forma que casi termina de arrancarme el dedo que por suerte no me cercenaron minutos antes, para luego terminar vaciándome encima de la herida más de medio frasco del dichoso merthiolate. Creo que no tengo que contarles que sentí que el esposo de la diosa del infortunio me agarraba y apretaba con fuerza de salva sea la parte. Me ardió hasta la punta,… del pie.

Por todo comentario escuché “aguántese, Sr. Christy”.

No utilizó nada más de lo que había sacado del botiquín.

El merthiolate me escurrió por toda la mano dejándola de color aun más rojo del que ya traía, dejando también como resultado, un pequeño charco en el piso. Estoy seguro de que la mancha aún está ahí después de todos estos años.

Después de dicho trance, la maestra Gloria estimó que todo había vuelto a la normalidad, así es que ni me vendó la mano, ni me puso un curita, ni leches. Me increpó por no haber tenido cuidado ¡encima de todo!, y me envío de regreso. Por lo que volví a mi puesto de zapador con la mano medio entumecida todavía por el dolor.

Ya no tuve que escarbar, y el maestro no me dejó sembrar por miedo a que con la tierra se me infectara la herida. Así es que él y yo nos paramos un poco a la distancia y mientras los demás continuaban con la faena, él y yo charlábamos alegremente. A veces nos dirigíamos a los “trabajadores” para indicarles que esto o aquello no había quedado bien. Fue divertido.

El bajorrelieve de la estrella duró al menos los tres años que estuvimos en la secundaria. En una de esas, todavía está ahí. Lo que definitivamente sigue ahí es el árbol que plantamos. Hoy rebasa la altura del segundo piso del edificio escolar.

Esto de trabajar y organizarnos en equipos fue siempre una constante durante aquellos años. Ya los talleres, ya los corrillos, ya los infaltables honores a la bandera, ya los torneos de basquetbol, de voleibol o de fútbol, el caso es que había que trabajar en equipo, o al menos hacer bola.

Una de estas “bolas” se formó al muy poco tiempo de haber llegado a la secundaria. Alguien le puso la UVA, siglas de “unión de viejas argüenderas”. Me pareció curioso y me dio mucha risa el escuchar por primera vez eso de “la UVA”, luego resultó que ya desde “la Kennedy” a más de una bolita de niñas argüenderas le llamaban UVA. Y había una o más UVAs por salón. Desilusión total.

Luego pasé a descubrir, yo que venía de un colegio de solo varones, que en realidad todas las niñas –las de 12 años al igual que las de 80- son argüenderas. Así es que ahora que lo pienso, el llamar argüenderas a solo un pequeño grupo, formado en ese entonces por Carmen Lepe, Patricia Campoy, Claudia Martínez, Lourdes Celada y Carmen Tadeo, era políticamente incorrecto, racista incluso. Pero era yo un imberbe de 11 años, ¡¡qué iba yo a saber!!

Las integrantes de la dichosa UVA se daban al principio sus baños de grandeza y se sentían las “muy muy”. Creo que hoy en día mis hijos dirían que eran “las más populares” y que por lo mismo, “todos querían ser sus amigos”. El caso es que en mi mente de niño no atinaba bien a bien como tratarlas. Por supuesto lo más fácil era hacerse el gracioso, el chistosito, eso me ayudaba sin duda a bajar los niveles de estrés y a poder hablar con ellas, sobre todo con Carmen Tadeo de quien ya confesé estaba yo completamente enamorado.

Y fue este hacerse el chistoso lo que me ganó el apodo con el que mis amigos y amigas me conocieron durante mis años de escuela secundaria, “scooby-doo”. El apodo me lo puso “el avándaro” a quien yo a su vez le había puesto “el avándaro”, gracias a que él acostumbraba llevar a clases un mini radio de transistores que en la parte frontal traía justamente la leyenda “Avándaro” con tipografía y colores marcadamente “hippies”.

Y de scooby-doo, pasé a ser “el escubi” y luego por extensión fui solo “el perro”, del mismo modo que Fernando Vázquez fue primero “bugs bunny” y luego solo “el conejo”. En mis libretas de autógrafos, al término del ciclo escolar mis amigos me firmaban cosas cómo “para el mejor amigo del hombre” y cosas así. Éramos realmente creativos.

Los meses siguieron su curso. Aprendíamos nuevas cosas, hacíamos nuevas cosas, pensábamos nuevas cosas.

Una de esas nuevas cosas que pensaba me hicieron creer que podía hacer un truco en mi bicicleta que en realidad no podía, así es que una buena tarde, me rompí el cúbito de la mano izquierda. Cúbito fue una de las nuevas cosas que aprendí en ese entonces.

Para no hacer el cuento largo, me tuvieron que enyesar el brazo. Poco tiempo después, mi madre me llevó a París Londres, tienda de mucho “cachet” por aquellos años. Ahí me compré algo que hoy pudiera pasar por una mascada, que traía impresa a todo lo largo y ancho la bandera del Reino Unido. Y usé dicha mascada para traer el brazo en cabestrillo mientras me retiraban el yeso.

Hete aquí que mi amiga la diosa del infortunio ya se había dado cuenta de que yo era buen cliente. Así es que un día, estamos varios de nosotros jugueteando fuera del salón, esperando la llegada del siguiente profesor. En un momento de absoluta inocencia, pero de absoluta estupidez, golpee a Erick Navarro con mi yeso. En aquel entonces Erick era más bajito que yo y seguramente se lo tomó como una fea afrenta. El golpe no fue fuerte ni con mala leche, pero si lo suficiente para molestarlo.

Catorce nanosegundos después atinó a pasar por ahí el maestro Gildardo, sin duda enviado por la dichosa diosa que quería volverme a fastidiar, por lo que Erick no tuvo más que señalarme y acusarme. Me llevaron a la dirección y por primera vez (hubo una segunda), me expulsaron por tres días de la escuela. Llegando a casa me dieron con el cinto y obviamente me castigaron.

Gracias, Erick.

Llegaron y pasaron las navidades. La maestra Gloria insistía de forma feroz, junto a la maestra Bertha Aréchiga que a la hora de la salida, todos debíamos dispersarnos y volver de inmediato a nuestras casas. El estar de vagos frente a las puertas de la escuela y en uniforme, era una de las peores afrentas que podíamos propinarles.

Y si encima había descarados como Salvador Gómez e Ileana Schmidt que además se abrazaban y besuqueaban delante de todos,… bueno, eso era ya el acabose y muestra clara de que en este mundo, la decencia era un comportamiento extinto.

Lo curioso es que el larguísimo brazo de la ley –la ley del binomio Gloria/Bertha- comenzaba en el puente volado frente a la puerta principal del edificio escolar y se extendía por todos los confines de Cd. Satélite.

Un sábado, Oscar San Germán que estaba en el salón “B” y a quien comenzaba a frecuentar en algunos recesos, me había invitado a jugar fútbol americano en el parque central, al salir de clases. Como seguramente recuerdan, salíamos a las 10:30 am los sábados, así es que a esa hora nos fuimos algunos varios a jugar “tochito”, cosa que yo nunca había jugado en mi vida.

Comenzaron las hostilidades. Oscar era un veterano de esas lides ya que jugaba fútbol americano desde chavo, así es que él era el líder de nuestro equipo. Me explicaba constantemente que hacer. Y ahí estábamos muy contentos, cuando de pronto alguien gritó “aguas, ahí viene la Directora”,… de hecho el grito fue, “aguas, ahí viene la negra”.

Yo recuerdo que levanté la cara y de pronto la vi venir caminando hecha una furia hacia donde estábamos jugando. Se había bajado de su “vochito” y hasta la puerta había dejado abierta en su prisa de alcanzarnos. Por supuesto que salimos corriendo en dirección contraria como verdaderas balas. Yo solo alcancé a oír que gritaba que nos detuviéramos, cosa que por supuesto nadie hizo.

Al lunes siguiente nos puso una filípica a todos –jugadores y no jugadores- de Dios padre y muy Señor nuestro, después de haber realizado los honores a la bandera. Su regaño no era al juego, sino al hecho de que llevábamos el uniforme puesto y que eso demeritaba, a su entender, la reputación de nuestra insigne escuela. Tardamos mucho tiempo en volver a jugar tochito, en el parque central, con el uniforme de la secundaria puesto.

Octubre, diciembre, marzo, junio. Ese primer año de escuela secundaria fue para mí, sin duda alguna, excitante, aleccionante, sufrido, interesante y muy divertido. Mi mundo se transformó para siempre. Dejé de ser un niño para comenzar a convertirme en un joven.

Ahora que recapacito en aquellos tiempos, tengo que reconocer que quizás la maestra Gloria Gómez Uribe y su equipo no siempre tuvieron el mejor modo, la mejor forma de enseñarnos y formarnos. El carácter estricto, rayano en lo espartano de nuestra maestra y Directora, y sus formas poco sutiles, seguro que hicieron mella en nuestro amor propio e incluso en nuestra capacidad de aprender o de entregarnos al aprendizaje. Sus estilo de enseñar matemáticas, a mi juicio, no hizo más que crear unos surcos tan profundos en nuestra mente, que a muchos de nosotros las matemáticas se nos hicieron algo espantoso, casi imposible de entender y más a los que como yo, elegimos estudiar años después una carrera de ingeniería. En lugar de haber sido un apoyo, la experiencia fue un lastre.

Pero lo que sí no puedo regatear es la profunda dedicación que todos y cada uno de ellos puso en ayudarnos a crecer. No faltaban, eran limpios y ordenados (con su honrosísima “excepció”), no decían malas palabras, se referían con deferencia a nosotros aun en los momentos más aciagos, casi todos amables y gentiles en la cercanía, conocían bien la materia que impartían, y nos acompañaron con buen ánimo y fervor por los tiempos turbulentos de nuestra pubertad y primeros momentos de la adolescencia.

Tuvimos la gran suerte de tener como maestros y guías, a un grupo de mujeres y hombres conscientes de su responsabilidad ética y social. Sin duda alguna, fuimos muy afortunados.

Por mi parte, en aquel primer año de mi educación secundaria aprendí muchas, muchísimas cosas, comencé a ser independiente, me enamoré por vez primera. El salto para mí fue cuántico. Dos años más de escuela secundaria le siguieron, con muchas más cosas por aprender y hacer.

Pero esas,… esas son otras historias

Epilogo.

Hubo un tiempo en el que tuvimos un sueño en conjunto, en el que simplemente éramos jóvenes, en el que no faltaron, a pesar de todo, los buenos momentos.

Un tiempo en el que nuestra mayor preocupación giraba alrededor de entender cómo funcionaba el mundo y sus cosas.

Un tiempo dónde comenzamos a forjar con trabajo y con esfuerzo una buena parte de lo que hoy somos,… dónde nuestras vidas se encontraron, se mezclaron, se hicieron diferentes, y gracias a todo ello,… se hicieron mejores.

Monterrey, N.L. a 7 de septiembre de 2011..

Un cambio de mundos – 3ª parte.

Con el paso de las semanas y los meses nos íbamos haciendo habituales de la nueva escuela, y la nueva escuela se iba haciendo habitual para nosotros.

En ese mismo transcurrir, nuestros modos, nuestras formas, nuestra esencia, se comenzaron a transformar. Poco a poco, de forma imperceptible, un grupo de hombres y mujeres comandados por una mujer de estrictísima formación y pensamiento, empezaron a romar nuestras mentes, colocando ideas, palabras, números y secuencias que formarían lo que llegaría a ser la plataforma principal de nuestro desarrollo.

Gloria Gómez Uribe – matemáticas, Edith Cruz Hernández – español, Rafael Estrada Alcántara – biología, Bulmaro García – física,  Adoración Racca García – civismo, Gildardo Rangel Maldonado – historia, Bertha Aréchiga – Literatura, Elva Chávez Pacheco – inglés, Héctor Ánimas – lab. de biología, Silvia Beatriz Morales Luna – biología, Gloria Gutiérrez Álvarez – música, Alicia Nery García – geografía, Rubén Ayala – Química, Nelly Alfaro de Garay– tecnología, Javier Pérez – educación física.

Personas que no nos escogieron. Personas a las que no escogimos. Y sin embargo personas que con su trabajo y dedicación forman parte imborrable de nuestra historia, de nuestra buena historia. Seguramente mis lectores recordarán otros nombres que mi memoria ya no alcanza.

La materia de tecnología, a la que comúnmente llamábamos taller era una de esas “novedades” de la educación de aquellos tiempos que ahora que lo veo a la distancia, me parece entender que no alcanzó a cubrir las expectativas de un currículo académico en concordancia con la situación que vivíamos en ese momento.

Cocina, taquimecanografía, electricidad y corte y confección. Materias diseñadas para dar a los alumnos conocimientos en temas que rebasaran el mundo de la teoría. El problema es que la tecnología poco o nada tenía que ver con las habilidades que pretendían desarrollar en nosotros.

Y por la forma en que éramos asignados a los susodichos talleres, la cosa podía convertirse en un juego divertido o en tu peor pesadilla. Para mí, la segunda. La cosa según recuerdo era así. Pasábamos un mes en cada uno de los talleres, aprendiendo lo básico y obteniendo una calificación por ello, de tal manera que los cuatro primeros meses de aquel primer año escolar fueron de rotación y reconocimiento de cada uno de los terrenos. Y al final éramos asignados al taller en el que mejor calificación hubiésemos obtenido.

Yo comencé por taquimecanografía, seguí con cocina en un momento complicado ya que de las muy poquitas cosas que aun no estaban listas en nuestro nuevo edificio era precisamente el taller de cocina, así es que no pudimos pasar de preparar huevos tibios y agua de limón. Luego siguió electricidad y terminé con corte y confección. Por alguna razón ese fue el taller donde “mejor me desempeñé” y claro a ese fui asignado, junto con Erick Navarro y algunos pocos otros, como el Chivo, alumno de fama brava que estaba en el salón “D”.

Y lo que es el destino, de pronto se abrió un quinto taller, dibujo técnico, y dado que era nuevo y de que ya habíamos terminado la rotación de talleres, la asignación de alumnos a este nuevo taller se hizo a dedo,… el dedo de la maestra Gloria. Por cierto, el maestro de esta nueva materia era el esposo de doña Gloria y por lo mismo apodamos algo así como Mr. Loco.

Como yo en ese entonces todavía no le tenía pánico a la dire, sino solo miedito –ya para entonces me había regresado por el tema del pelo que ya les conté y en otra ocasión me detuvo por traer los tenis sucios y me pasé hasta la hora del receso parado como hongo a la entrada del edificio con algunos penitentes más- la busqué, hablé con ella y le pedí ser transferido al nuevo taller.

Para mi sorpresa me dijo que sí, pero que el cambio se haría hasta el lunes de la siguiente semana. Por supuesto, la diosa del infortunio ya me había  detectado y por lo mismo no me iba a dejar escapar por una simple conversación de pasillo así fuese con la mismísima Gloria Gómez, así es que se las arregló para que el fin de semana cayese yo enfermo, con lo que no pude asistir a la escuela el día de las nuevas asignaciones.

Cuando finalmente pude ir, fui de inmediato con la maestra Gloria a recordarle su palabra de transferirme de taller. Su respuesta fue como siempre lapidaria y sin dejar resquicio para retobo alguno. “Sr. Christy, ud. no estuvo aquí el día que yo le indiqué y ya se conformaron los grupos. Así es que se queda en corte”. Bueno, yo me quería morir. No tenía ni la más mínima intención de quedarme ahí. Para mí, fueron meses y años de real sufrimiento. Ni me gustaba el corte de telas, ni la confección, ni leches.

Ahora que lo pienso, debería admirarme a mí mismo por haber pasado tres años en esa mazmorra del tercer piso con tanta determinación a no dar palo al agua. Por supuesto estaban las niñas que tenían claro que debían aplicarse y hacer lo que doña Nelly Alfaro nos pedía. Silvia Martha González, Diana Alanís,  Laura Vázquez, Ma. Eugenia Velazco, Silvia Alcalá y algunas otras que no recuerdo ya tejían, ya bordaban, ya levantaban dobladillos, ya hacía ojales con diligencia y prestancia,… lo cual por supuesto solo hacía que los parias como yo quedásemos todavía más mal frente a la susodicha doña.

El resultado para mí de esos años de estancia en el inigualable mundo del corte y la confección fue el siguiente, 1. Aprendí a armar máquinas de coser Singer, 2. Llegué a confeccionar una bata de casa para mi mamá que le di un 10 de mayo y 3. Me gané que me mandaran a examen extraordinario en tercero, gracias a lo cual perdí un año escolar.

Cierto, una vez estando de viaje y a punto de asistir a una cena importante, perdí el botón de una camisa. Rápidamente tomé hilo y aguja del pequeño juego de costura que normalmente se coloca en el baño de la habitación del hotel y en un pis pas lo volví a colocar en su lugar. También sin duda hubiese podido llamar a una de las mucamas, ofrecerle $50 dólares y pedirle que me cosiera el botón. Pero la huella que dejó en mí la Sra. Alfaro –mamá de Azul-, me permitió ahorrarme esos $50 dolarucos.

Años después, coincidimos ella y yo como socios en el club Cuicacalli, y un día en la cafetería del club charlamos y entonces me confesó que se había arrepentido mucho de haberme reprobado y con ello haberme ocasionado la pérdida del siguiente ciclo escolar. Por respeto a esta narración, no quiero repetir lo que pensé de ella y de todos sus ascendientes en ese momento. Solo les digo que hice una mueca, me di la vuelta y me fui.

Otras clases tenían su lado agradable y su lado oscuro. Las clases del maestro Gildardo eran de esas. Había que formar “corrillos”. Yo nunca pregunté qué diablos quería decir la palabra corrillo, pero me lo supuse muchas veces –corrillo: m. Corro donde se juntan algunas personas a discutir y hablar, separados del resto de la gente- y nos sentábamos en filas por especialidad, una especialidad que él sugería y que nosotros deberíamos abrazar. Había en la clase arqueólogos, antropólogos, paleontólogos y algunos otros “logos” más, que no alcanzo a recordar. Yo era del corrillo de los antropólogos, junto con el Avándaro y otros compañeros. No me pregunten por qué.

A pesar de su aspecto tan formal y adusto, las palabras de Don Gildardo Rangel eran gentiles y su conocimiento vasto. Yo disfruté y aun disfruto mucho de la historia gracias a los caminos por los que nos llevó de la mano muchas y tantas veces.

Eso sí, la disciplina es la disciplina, así es que jóvenes y señoritas, los apuntes de esta clase no son optativos, todos tienen que tomarlos y la calificación del mes se compone no solo del examen y las tareas, sino de que tan completos y legibles están los apuntes de clase. Y como no bastaba con la petición simple, había que solicitarlos escritos con tinta china, a renglón seguido, con buena caligrafía y buena ortografía.

Sin duda, los “mataditos” del salón – hoy llamados “nerds”- pasaban sus tardes escribiendo en limpio los apuntes del día. La mayoría, como yo, lo dejábamos para la semana de exámenes, y claro, más de una desvelada nos pegamos por pasar en limpio y con tinta china los dichosos apuntes de historia. Era horrible.

Tengo un amigo muy querido, tocayo de nombre, que aún los conserva. Quiero pensar que los saca de la caja donde los tiene guardados en momentos que pintan aciagos, y los utiliza para recordarse a sí mismo, que ha tenido peores momentos en su vida, y que ese momento por el que se encuentra pasando, también llegará a ser historia. De otra forma no me explico para que los guarda.

La petición original también se me borra, como se borra recordar si fuimos por nuestra cuenta o nos llevaron a todos en un camión. El hecho es que o por historia o por biología, por Don Rafael o Don Gildardo, fuimos a dar al museo de Historia Natural en Chapultepec. Me recuerdo a mí mismo y a mis compañeros –como Alma Rosa Ramírez, Gaby Ramos o Ernesto Martínez “Pic”- tomando apuntes de los hombres de las cavernas, de la época de la última glaciación, del tamaño de los mamuts y de cómo los cazaban. El museo ya estaba algo deteriorado e incompleto para esas épocas, pero lo interesante vino después.

Cumplida la misión, nos subimos a un trenecito que recorría todos los alrededores de ese pedazo del bosque de Chapultepec, pero la cosa no acabó ahí,… caminamos al otro lado del bosque y nos subimos a la montaña rusa. Primera y última vez en mi vida que lo hice. Yo iba con Jorge Sánchez, en el último carrito y aun recuerdo lo mal que me sentí en el recorrido, casi me vomito. Hubo locos que se subieron más de una vez. También recuerdo que Rafa Jiménez que estaba en el “D” se sentó en una banca a esperar a los susodichos locos de su grupo. Yo me senté junto a él y esperamos a que la tormenta pasara.

Pero hubo viajes más amenos. En alguna ocasión, para una de las tantas y múltiples investigaciones que nos llegó a requerir el profesor Gildardo, este nos sugirió buscar, de entre otros sitios, en la biblioteca del Museo de Antropología e Historia. Imaginen el siguiente cuadro. Tenía 12 años, caminaba desde mi casa hasta la parada del camión frente al Sumesa, tomaba el autobús  Chapultepec-Reforma y me bajaba exactamente frente al museo. Todo bajo las indicaciones y la bendición de mi padre. El viaje completo de ida-investigación-vuelta duraba unas 3 o 4 horas. El ir tan lejos de casa por mi propio pie, solo abonaba a ese sentido de libertad, independencia y soledad que disfruté tanto durante tanto tiempo y que mi llegada a la secundaria me otorgó.

Este recorrido lo hice en más de una ocasión. Recuerdo particularmente una tarde, ya casi de noche, al ir en el autobús de regreso a casa, recordé que tenía que comprar un trozo de tela para ese teatro del terror que ya comenté era para mí el taller de corte y confección. Me bajé entonces en la Florida y caminé a la Comercial Mexicana de las torres, ya que ahí tenían un área de telas que había visitado en más de una ocasión en compañía de mi madre.

Me hurgué los bolsillos y a duras penas completé la cantidad para comprar la dichosa tela. Por supuesto ahora tenía que volver andando desde ahí hasta casa. Quise comprar algo de comer, pero no tenía ni un peso. Así es que me fui cansado y hambriento “a patín” hasta mi casa. Cómo caminé en esas épocas.

Por cierto, hablando de bibliotecas, en una ocasión, al poco tiempo de llegar a la nueva escuela teníamos que presentar un examen de español, para el cual además debíamos de contar con un diccionario “Rancés” de la lengua española. Yo y algunos más habíamos olvidado por completo la petición, sin embargo, dos de nuestras más ilustres compañeras –Socorro Mendoza y Patricia Lara- eran las encargadas de nuestra nueva biblioteca, no sé si permanentemente o a ratos y fueron lo suficientemente gentiles como para prestarnos a mí y a otros vagos un diccionario Rancés de los que había en los estantes de la biblioteca. Con ello salvamos el acceso y el examen. Hoy mis hijos usan ese mismo diccionario. Sí, ya sé que tenía que haberlo devuelto, pero no lo hice. Algunas veces fui un desvergonzado.

Plaza Satélite estaba nuevecita con su Liverpool y su París Londres, había un gran tobogán a un costado de Sumesa que era una novedad en esos tiempos. El auto cinema aun funcionaba y ya no teníamos que ir vestidos con pijama. Esa fue la época en que probé por primera vez una pizza, del recién inaugurado Pizza Hut.

El transcurrir de nuestra vida durante esa época fue sin duda simple. Fueron tiempos extraordinarios.

Reconocimientos. Agradezco a Alí Naranjo y a Linda Galicia por ayudarme a recordar nombres, lugares y fechas que han hecho posible parte de este relato.

Albuquerque, Nuevo México, agosto 16, 2011.

Un cambio de mundos – 2ª parte.

Antes hablé de las dos primeras cosas que me impactaron al entrar a la escuela secundaria, a la 17, nombre abreviado de “Escuela Secundaria Federal no. 17, “Benemérito de las Américas”” (clave ES-354-17).

La tercera cosa que me impactó con el paso del tiempo y que sin duda fue la que dejaría una huella más honda, fue entrar a un mundo “mixto”. Hasta ese entonces yo solo había convivido con muchachos en mis salones de clase. El comenzar a convivir con niñas que no eran ni de mi familia, ni las vecinas de mi cuadra comenzó a ser una experiencia casi mística. Por supuesto estaba yo asustado. Muy asustado. No mentiría si dijese que ese sentimiento me acompañó hasta bien entrada mi vida de adulto.

Ver la familiaridad con la que la mayoría de mis compañeros se hablaban y se llevaban con mis compañeras y viceversa, me dejaba anonadado y por supuesto me produjo ciertos complejos. Y es que además, muchos de mis compañeros ya se conocían debido a que habían estado juntos en primarias de la “comarca” – comarca, expresión que llegaba a utilizar Don Gildardo Rangel Maldonado para referirse a nuestro entorno geográfico inmediato- así que la camaradería surgió o ya existía entre muchos de ellos desde los primeros instantes, mientras que yo no encontraba todavía ni la puerta del baño.

La Marcela, la Lourdes, la Patricia, la Alma Rosa, la Rosalinda, la Claudia, la Gabriela,… nombres propios de seres que aparecían ante mí y me dejaban sin aliento, sin saber que decir, sin saber a dónde voltear. Las hormonas estaban despertando, y despertaron tan rápido y con tanta fuerza, que yo no sabía ni qué hacer, ni qué decir, ni cómo comportarme. Fueron semanas y meses de desasosiego, de sentir un oleaje interno al que no atinaba poner ni nombre ni destino.

Fue con la llegada al nuevo edificio cuando recibí el impacto gracias al cual llegaría a conocer con toda profundidad el significado de la expresión “estoy en un sin vivir”.

Cabello corto y claro, ojos inmensos de color verde-gris, cara limpia y alegre, que llegó a nuestro salón nada más llegar nosotros a nuestra nueva casa. Una niña a través de la cual descubrí por primera vez lo que era la sonrisa de una mujer y lo que podría producir o llegar a significar. De hecho, la primera vez que me miró a la cara y me sonrió, me sentí como en esas películas dónde todo se borra alrededor del personaje principal, donde no hay ni luz ni sonido y queda todo en una especie de limbo. Yo sé perfectamente lo que es estar en ese limbo.

Su nombre era Carmen. Ahora sé que lo sigue siendo.

Cada vez que nuestras miradas se cruzaban y ella me sonreía de forma tan franca, pícara y abierta me convertía en uno de los cinco, veinte, cien seres humanos más felices de la tierra.

Y juro que no exagero.

Fue mi amor platónico durante tres años. En algún momento, venciendo todos mis nervios y con la complicidad de amigos y amigas, ella fue a la primera mujer a la que yo le pedí que fuese mi novia, aunque les aseguro que ni idea tenía de lo que eso significaba o podía significar y también fue la primera mujer que me rechazó en la vida y me hizo comprender que el infierno no es de otro mundo sino de este.

Pero ya me estoy adelantando.

Volviendo a aquellos primeros días de nuestra llegada a la secundaria, en un receso (para mí todavía eran recreos) algunos de mis compañeros empezaron a hablar de la posibilidad de ir a conocer el nuevo edificio, la nueva secundaria. Para ello, iríamos el sábado, saliendo de clases, porque en ese primer año íbamos a clases los sábados de 8 a 10:30 am. Tomábamos tres clases de 50 minutos cada una. Ese sábado, muy probablemente 23 de septiembre de 1972, Luis Rivadeneyra y yo fuimos los únicos en hacer el recorrido,… a pie por supuesto, a pie, tal y como fue mi método de transportarme por todo Cd. Satélite durante esa época y durante varios años más.

Luis decía que sabía “más o menos” por dónde quedaba la nueva escuela y que si no, por ahí íbamos preguntando. Yo jamás había caminado tan lejos de casa, ni siquiera había estado alguna vez en la parte poniente de Satélite, nunca había tenido a que ir. Yo iba algo nervioso por lo mismo. Caminando hacia quien sabe dónde, en compañía de alguien a quien llevaba tres semanas de conocer, por calles que no me eran para nada familiares y encima sin haber pedido permiso. Pero iba luchando internamente para que no se me notara, ya que Luis había estado en la Kennedy e iba muy quitado de la pena, por lo que yo suponía que había caminado por esos lares en más de una ocasión.

No hago el cuento largo, finalmente llegamos y cuál fue mi sorpresa al encontrar un edificio enorme, moderno, elegante. Todo nuevo. Todo para nosotros. Me parece recordar que nos dejaron entrar un momento al vestíbulo del edificio. Nos quedamos boquiabiertos.

Una semana después estábamos todos ahí. Si lo recuerdan, nuestra primera asignación fue armar nuestros propios pupitres, paletas les llamábamos. Recuerdo el salón como un hervidero de gente, unos quitando los plásticos protectores, otros atornillábamos las paletas a su base, otros más removían la basura fuera del salón. Una verdadera operación hormiga.

Fue una gozada.

Escaleras, baños, patio, biblioteca, auditorio, todo, absolutamente todo estaba de primera. No solo de primera, mucho de lo que ahora teníamos no existía en el edificio anterior. Espacio, luz, orden. Había más salones que alumnos, lo que dio posibilidad de aceptar dos grupos más, el D y el E. Ese año, de tercero solo había dos salones, tres de segundo y ahora cinco de primero. Y aún quedaba espacio. Creo que ahora hay veinte salones de cada curso.

El maestro Rafael Estrada, el entrañable Rafael Estrada se inventó la ocurrencia de tener un salón de banderas. Lo llenó con banderas de un montón de países que colocó alrededor de todas las paredes del salón ubicado en la esquina sur poniente del tercer piso.  No recuerdo cuántas eran, pero probablemente había entre cincuenta y cien banderas. Tuve el privilegio de que me llevara en más de una ocasión a ese salón, y hablábamos de mil cosas. Don Rafael fue un hombre sencillo, pero muy sensible, culto y ciertamente muy inteligente. A él le gustaba que yo me supiera de qué país era cada bandera que había ahí. Desde siempre me han gustado las banderas.

Nos asignaron el salón que quedaba justo arriba de la entrada principal y a mí me tocó (o escogí) un lugar pegado a la ventana, hasta el fondo del salón. Y me encantaba poder ver hacia la calle, observar lo que pasaba. Veía cortar el jardín de la casa de enfrente, veía pasar gente a pie y en auto, veía los árboles de pirul que estaban justo en la cuchilla que formaban las calles de Circ. Juristas y Miguel Macedo. Por cierto que los árboles siguen ahí.

Hablando del maestro Estrada, una de las varias anécdotas que recuerdo de él, fue el día que nada más comenzar su clase de biología se dirigió a todos nosotros diciendo algo así, “muchachos, yo entiendo que son jóvenes y les gusta hacerse bromas unos a otros,… pero eso de pasar corriendo y picarle “el fundillo” a sus compañeros no está bien, no es de buena educación”. Tardamos dos segundos en pasar del asombro por el uso de la palabra “fundillo” en un profesor, a una enorme risa colectiva por la frase en sí.

Pero la vida como las monedas tiene dos caras, no hay bueno sin malo, alto sin bajo, gordo sin flaco. A lo mucho que disfrutábamos las clases del maestro Estrada o las de Alicia Neri García –maestra de geografía, ex agente de la CIA- teníamos en contra posición las clases de matemáticas con la Directora.

Yo no sé qué les provoque recordar en estos momentos las clases con la maestra Gloria. A mí se me seca la boca y se me acelera un poco el pulso. Y eso es porque ya pasaron 36 años de la última. Si la pregunta me la hago o me la hacen hace 20 años, seguro se me hubiesen salido algunas lágrimas incluso.

Nunca le he tenido tanto miedo a alguien en mi vida. Mi lugar al fondo del salón era un lugar privilegiado para ver desenvolverse una y otra vez ese ritual tan gustado por ella y el cual comenzaba más o menos así: Ella mencionaba el nombre de alguno de nosotros y acto seguido ese alguno se ponía de pie, con lo que ella continuaba con un “dígame señorita fulanita o señor menganito,… ¿a qué valor de π (Pi) corresponde la relación entre cuerda y arco?”,… “¿ehh?”,… “esteeee”,…. “mmmm”,… “¿maestra, me puede repetir la pregunta por favor?”,… Mirada fulminante, comentario acerca del oxígeno que le estábamos robando al mundo o de lo que los pobres padres de fulanita o menganito sufrían para mantener a un vago o vaga inútil estudiando, sin darse cuenta de que nunca lograría nada bueno, para terminar diciendo,… “siguiente”.

Y entonces “siguiente” se levantaba de su paleta, en el mejor de los casos balbuceaba algo así cómo “este,… este,… es igual al cuadrado de la mitad de la hipotenusa gregoriana”. Nueva mirada fulminante y la misma respuesta, “el que sigue”. El juego continuaba hasta que no había más jugadores sentados en el salón. Entonces recibíamos colectivamente una sarta de escobazos verbales adicionales y en la cual, según ella podía darse cuenta, no íbamos a servir ni para meseros de fonda, ya que los meseros tienen que saber al menos sumar y restar para poder hacer la cuenta, y nosotros, todos nosotros, estaba visto, no sabíamos ni la tabla del cero. Y punto.

Sin estar conscientes de ello en ese momento, la diosa del infortunio -de quién luego hablaré con más detalle-, nos tenía reservada una increíble pero aterradora sorpresa.

Y es que hasta ese ilustre año de 1973, la historia y los cánones indicaban que esta tortura matemática duraba un ciclo escolar justo. El primero. Para el segundo o el tercero había otros profesores y profesoras, con otros estilos y otras formas. Pero nosotros fuimos actores involuntarios de una tragicomedia, ya que tuvimos la gran, la afortunada y sin duda, la feliz coincidencia de que la hija mayor de la maestra Gloria entrase a primero de secundaria justo el año en que pasamos a segundo grado, y claro, siendo doña Gloria como era, ni pensar en la idea de que pudiese ser maestra de su propia hija, así que nada, está decidido, a darle clase a los de segundo, faltaba más,… y que como digo, éramos felizmente nosotros mismos.

Simplemente genial.

Monterrey, N.L. 9 de agosto de 2011.

Un cambio de mundos – 1ª parte.

Fue mi padre quien lo decidió.

En realidad creo que es muy poco lo que yo hubiese podido opinar si me hubieran preguntado, ya que hasta ese momento, mi experiencia como escolapio de los seis años anteriores me había tenido en un colegio –el Instituto Patria- lejos en muchos sentidos de lo que estaba por vivir.

Por alguna razón, ahora recuerdo vagamente, él tenía informes o conocimientos respecto de la que sería la escuela donde cursé la secundaria y sabía de su prestigio y de su nivel académico, y ahí fue donde me envió a pedir informes. A espaldas de mi casa también había una secundaria –la 33 en aquel entonces- a la que pude haber sido enviado más fácilmente dado que estaba a solo pasos de distancia, literalmente hablando, pero que a diferencia de la primera no tenía en general, una buena reputación.

Hice el examen de admisión y fui varios días después en compañía de mi madre a ver el resultado. Al principio me puse nervioso, ya que no encontraba mi nombre en las listas pegadas en el vidrio de unos ventanales que daban a la calle del edificio que en ese entonces albergaba la escuela. Hasta que finalmente di con él y descubrí que había sido asignado al salón “C”. Sin duda me llamó la atención el hecho de que era mayor el número de alumnos no aceptados que los que sí lo fuimos en ese momento.

Las clases comenzaron y para mí se abrió un universo completo. Estaba acostumbrado al rigor de una rutina, donde el autobús del colegio pasaba por mí a las 6:40 de la mañana, ya que el Patria estaba en la colonia Polanco y había que recoger muchos otros chicos por el camino. Y no volvía a casa sino cerca de las 4 p.m. una vez que dejábamos a todos los que antes habíamos recogido. A esa hora comía, hacia tareas y jugaba con mis amigos que resultaban ser mis vecinos. Mi mundo estaba dividido. Ninguna de las dos partes se tocaba. Mi escuela y mi barrio. Era como vivir en dos mundos distintos cada día. Mis amigos del colegio no tenían ni idea de donde vivía. Mis amigos de mi calle no sabían que pasaba conmigo durante tantas horas de cada día.

Lo primero y lo que más me impactó de la secundaria fue que de pronto mis dos mundos se fundieron en uno solo. La escuela estaba a cinco minutos caminando desde mi casa y la mayoría de los que empezaron a ser mis nuevos amigos vivían cerca, tan cerca que podía verles por las tardes si así lo deseaba, algo prácticamente imposible para mí hasta ese momento.

La segunda cosa que me impactó fue la libertad. De pronto, sin proponérmelo y sin que nadie lo hubiese planeado así, me di cuenta que ir y venir, hacer la tarea o juntarme a hacer un trabajo por la tarde con un grupo, dependía total y completamente de mí. Ya no había un maestro que determinara el ritmo al que debían hacerse las cosas, como la voz que dirige con rigor y orden a un equipo de remeros. Ahora había muchos maestros, y cada uno dictaba su cátedra sin atender a los demás, por lo que para mí se establecía un nuevo tipo de relación entre maestro y alumno. Al menos en mi caso, así fue.

Y claro, no tardé demasiado en meterme en problemas por primera vez. No había pasado ni una semana cuando fui llamado por la Sub-directora de la escuela, la maestra Bertha Aréchiga, quien me regaño por dejar mis libros debajo de mi pupitre en el salón al terminar las clases. ¿Cómo iba yo a saber que en la secundaria ya no se dejaban los libros bajo el pupitre, como lo hacía yo en la escuela primaria? , ¿y qué solo se traían de casa los correspondientes a las materias del día?, ¿y qué para eso nos habían dado un horario de clases? Pues increíblemente, yo era el único de todo el salón que no lo sabía.

El edificio que albergó nuestro primer mes de clases era un viejo lugar que se ubicaba justo donde hoy está el Centro Cívico de Cd. Satélite. El inmueble era sin duda único en su tipo. En una parte era escuela, en el otro extremo albergaba durante las noches a los camiones que recolectaban la basura de la colonia y ese espacio durante el día funcionaba como taller de mantenimiento de los mismos camiones. El salón de clases que nos asignaron, claramente construido con la finalidad de ser una bodega –techos altos y pobre iluminación-, dobleteaba como taller de cocina. Las clases del taller de taquigrafía se daban en una especie de tapanco donde teníamos que entrar medio agachados por lo bajo que estaba el dintel de la puerta. Todo era viejo, todo era poco funcional, sin duda no era lugar para una escuela.

Cosas del destino, solo duramos un mes ahí. Fue a principios de octubre de 1972 cuando nos mudamos a un nuevo edificio que compensaba por mucho las fallas y las faltas del anterior. Pero no nos fuimos sin antes hacer un pequeño homenaje al lugar que dejábamos, donde la que llegaría a ser nuestra entrañable escuela, había sido fundada cuatro años antes si mal no recuerdo. Los alumnos de tercero hicieron un ataúd de cartón donde maestros y alumnos colocamos un objeto que hubiésemos usado durante nuestra estancia en dicho edificio. Claro, nosotros no llevábamos ni un mes y yo no sabía que dar, de hecho no recuerdo que fue lo que coloque dentro del mentado ataúd. Salimos todos al patio, el ataúd se paseó frente a todos nosotros para luego ser colocado al centro del patio. Una chica de tercero –para ese entonces ya sabía que las niñas de tercero usaban un vestido púrpura- dijo unas palabras, para luego quemar el ataúd y con ello, dejar algo de nosotros mismos en ese lugar que poco tiempo después fue derrumbado para dar paso a una nueva construcción, dónde aprendí años después a tocar el saxofón y que llegaría a albergar y a significar también, cosas importantes en mi vida. Pero no nos desviemos con eso ahora.

El tema de los uniformes me parecía divertido y extraño a la vez. Yo nunca había usado uno como no fuese de deportes y por supuesto, no sabía hacer el nudo de la corbata, por lo que cada tarde, al llegar a casa y quitarme el uniforme, estiraba la corbata sin llegar a deshacer el nudo para sacármela sobre la cabeza y volverla a usar tal cual al día siguiente. Ya nos podemos imaginar si la memoria nos falla, como estaría mi corbata después de algunas semanas.

Y por supuesto, estaban los maestros, un grupo de personas que me enseñaron tantas y tan buenas cosas, comandados en aquel entonces por una mujer que nos hacía temblar de miedo con solo verla. Su apariencia física era imponente, su carácter no dejaba ni un resquicio para nada que no fuese una clara entrega al trabajo, a la dedicación, a lo correcto. Su nombre, Gloria Gómez Uribe, su edad, probablemente andaba en los 30 largos. Tampoco tardé mucho en tener mi primer desencuentro con ella,… el primero de muchos, muchísimos desencuentros. Era impresionante su habilidad para detectar la falla más imperceptible en nuestra apariencia o en nuestra conducta, incluso podía adelantarse a nuestras acciones con solo otear por encima de nuestras cabezas. Si en algunos momentos creí a pie juntillas que alguien podía leer la mente, esos fueron sin duda los que llegaba a estar en la cercanía de la maestra Gloria.

No habían pasado ni dos semanas de clase, y una mañana, de un día cualquiera, la Directora me detuvo en la puerta porque traía yo, a su juicio, el cabello demasiado largo. “Sr. Christy, esa no es forma de presentarse a clases”–me dijo-, sorprendiéndome de que supiera mi nombre. No solo me detuvo a mí, estoy casi seguro que en ese instante también detuvo a Fernando Vázquez, nuestro famoso “conejo”. Y como fue siempre su costumbre, nos pegó una arenga bajo una mirada severísima –marca de la casa- para luego darnos tres escobazos verbales más y enviarnos a cortarnos el cabello, bajo la advertencia de que si no volvíamos de inmediato, más nos valdría haber nacido 200 años antes como única forma de poder evitar su enojo y su consecuente castigo.

El conejo Vázquez y yo dimos unos pasos hacia atrás y estábamos en la calle. Yo no podía creerlo, hasta ese momento jamás había usado el pelo largo, mi padre no lo permitía, pero sobretodo, la mezcla de vergüenza por haber sido rechazado delante de los que en ese momento iban entrando, junto con la sensación momentánea de libertad, me mareaba.

Como dije, no podía creer lo que me acababa de pasar. Volví a mi casa, mi padre se extraño de verme, le conté lo ocurrido, por supuesto me regaño también, me dio diez pesos y me fui caminando a la peluquería que en ese entonces estaba casi en la esquina de Circuito Científicos y Circuito Pintores, sobre la avenida que conducía hasta a la tienda Aurrerá. Años después, la chica que se convirtió en mi primera novia –Ana Laura- vivió justo en la casa de al lado de aquella peluquería.

Recuerdo perfectamente que iba yo caminando más contento que preocupado, pensaba que todos mis compañeros, todos mis amigos estaban en ese momento dentro de un salón de clases, yo en cambio, iba deambulando por las calles en total libertad rumbo a cortarme el pelo.

Casi puedo oler aquella templada mañana de septiembre de 1972. Tenía solo 11 años. Y a pesar de los regaños, fui muy feliz en esos momentos. Por primera vez en la vida, me conducía yo solo.

Monterrey, N.L. Agosto 8, 2011.