Un cambio de mundos – 1ª parte.

Fue mi padre quien lo decidió.

En realidad creo que es muy poco lo que yo hubiese podido opinar si me hubieran preguntado, ya que hasta ese momento, mi experiencia como escolapio de los seis años anteriores me había tenido en un colegio –el Instituto Patria- lejos en muchos sentidos de lo que estaba por vivir.

Por alguna razón, ahora recuerdo vagamente, él tenía informes o conocimientos respecto de la que sería la escuela donde cursé la secundaria y sabía de su prestigio y de su nivel académico, y ahí fue donde me envió a pedir informes. A espaldas de mi casa también había una secundaria –la 33 en aquel entonces- a la que pude haber sido enviado más fácilmente dado que estaba a solo pasos de distancia, literalmente hablando, pero que a diferencia de la primera no tenía en general, una buena reputación.

Hice el examen de admisión y fui varios días después en compañía de mi madre a ver el resultado. Al principio me puse nervioso, ya que no encontraba mi nombre en las listas pegadas en el vidrio de unos ventanales que daban a la calle del edificio que en ese entonces albergaba la escuela. Hasta que finalmente di con él y descubrí que había sido asignado al salón “C”. Sin duda me llamó la atención el hecho de que era mayor el número de alumnos no aceptados que los que sí lo fuimos en ese momento.

Las clases comenzaron y para mí se abrió un universo completo. Estaba acostumbrado al rigor de una rutina, donde el autobús del colegio pasaba por mí a las 6:40 de la mañana, ya que el Patria estaba en la colonia Polanco y había que recoger muchos otros chicos por el camino. Y no volvía a casa sino cerca de las 4 p.m. una vez que dejábamos a todos los que antes habíamos recogido. A esa hora comía, hacia tareas y jugaba con mis amigos que resultaban ser mis vecinos. Mi mundo estaba dividido. Ninguna de las dos partes se tocaba. Mi escuela y mi barrio. Era como vivir en dos mundos distintos cada día. Mis amigos del colegio no tenían ni idea de donde vivía. Mis amigos de mi calle no sabían que pasaba conmigo durante tantas horas de cada día.

Lo primero y lo que más me impactó de la secundaria fue que de pronto mis dos mundos se fundieron en uno solo. La escuela estaba a cinco minutos caminando desde mi casa y la mayoría de los que empezaron a ser mis nuevos amigos vivían cerca, tan cerca que podía verles por las tardes si así lo deseaba, algo prácticamente imposible para mí hasta ese momento.

La segunda cosa que me impactó fue la libertad. De pronto, sin proponérmelo y sin que nadie lo hubiese planeado así, me di cuenta que ir y venir, hacer la tarea o juntarme a hacer un trabajo por la tarde con un grupo, dependía total y completamente de mí. Ya no había un maestro que determinara el ritmo al que debían hacerse las cosas, como la voz que dirige con rigor y orden a un equipo de remeros. Ahora había muchos maestros, y cada uno dictaba su cátedra sin atender a los demás, por lo que para mí se establecía un nuevo tipo de relación entre maestro y alumno. Al menos en mi caso, así fue.

Y claro, no tardé demasiado en meterme en problemas por primera vez. No había pasado ni una semana cuando fui llamado por la Sub-directora de la escuela, la maestra Bertha Aréchiga, quien me regaño por dejar mis libros debajo de mi pupitre en el salón al terminar las clases. ¿Cómo iba yo a saber que en la secundaria ya no se dejaban los libros bajo el pupitre, como lo hacía yo en la escuela primaria? , ¿y qué solo se traían de casa los correspondientes a las materias del día?, ¿y qué para eso nos habían dado un horario de clases? Pues increíblemente, yo era el único de todo el salón que no lo sabía.

El edificio que albergó nuestro primer mes de clases era un viejo lugar que se ubicaba justo donde hoy está el Centro Cívico de Cd. Satélite. El inmueble era sin duda único en su tipo. En una parte era escuela, en el otro extremo albergaba durante las noches a los camiones que recolectaban la basura de la colonia y ese espacio durante el día funcionaba como taller de mantenimiento de los mismos camiones. El salón de clases que nos asignaron, claramente construido con la finalidad de ser una bodega –techos altos y pobre iluminación-, dobleteaba como taller de cocina. Las clases del taller de taquigrafía se daban en una especie de tapanco donde teníamos que entrar medio agachados por lo bajo que estaba el dintel de la puerta. Todo era viejo, todo era poco funcional, sin duda no era lugar para una escuela.

Cosas del destino, solo duramos un mes ahí. Fue a principios de octubre de 1972 cuando nos mudamos a un nuevo edificio que compensaba por mucho las fallas y las faltas del anterior. Pero no nos fuimos sin antes hacer un pequeño homenaje al lugar que dejábamos, donde la que llegaría a ser nuestra entrañable escuela, había sido fundada cuatro años antes si mal no recuerdo. Los alumnos de tercero hicieron un ataúd de cartón donde maestros y alumnos colocamos un objeto que hubiésemos usado durante nuestra estancia en dicho edificio. Claro, nosotros no llevábamos ni un mes y yo no sabía que dar, de hecho no recuerdo que fue lo que coloque dentro del mentado ataúd. Salimos todos al patio, el ataúd se paseó frente a todos nosotros para luego ser colocado al centro del patio. Una chica de tercero –para ese entonces ya sabía que las niñas de tercero usaban un vestido púrpura- dijo unas palabras, para luego quemar el ataúd y con ello, dejar algo de nosotros mismos en ese lugar que poco tiempo después fue derrumbado para dar paso a una nueva construcción, dónde aprendí años después a tocar el saxofón y que llegaría a albergar y a significar también, cosas importantes en mi vida. Pero no nos desviemos con eso ahora.

El tema de los uniformes me parecía divertido y extraño a la vez. Yo nunca había usado uno como no fuese de deportes y por supuesto, no sabía hacer el nudo de la corbata, por lo que cada tarde, al llegar a casa y quitarme el uniforme, estiraba la corbata sin llegar a deshacer el nudo para sacármela sobre la cabeza y volverla a usar tal cual al día siguiente. Ya nos podemos imaginar si la memoria nos falla, como estaría mi corbata después de algunas semanas.

Y por supuesto, estaban los maestros, un grupo de personas que me enseñaron tantas y tan buenas cosas, comandados en aquel entonces por una mujer que nos hacía temblar de miedo con solo verla. Su apariencia física era imponente, su carácter no dejaba ni un resquicio para nada que no fuese una clara entrega al trabajo, a la dedicación, a lo correcto. Su nombre, Gloria Gómez Uribe, su edad, probablemente andaba en los 30 largos. Tampoco tardé mucho en tener mi primer desencuentro con ella,… el primero de muchos, muchísimos desencuentros. Era impresionante su habilidad para detectar la falla más imperceptible en nuestra apariencia o en nuestra conducta, incluso podía adelantarse a nuestras acciones con solo otear por encima de nuestras cabezas. Si en algunos momentos creí a pie juntillas que alguien podía leer la mente, esos fueron sin duda los que llegaba a estar en la cercanía de la maestra Gloria.

No habían pasado ni dos semanas de clase, y una mañana, de un día cualquiera, la Directora me detuvo en la puerta porque traía yo, a su juicio, el cabello demasiado largo. “Sr. Christy, esa no es forma de presentarse a clases”–me dijo-, sorprendiéndome de que supiera mi nombre. No solo me detuvo a mí, estoy casi seguro que en ese instante también detuvo a Fernando Vázquez, nuestro famoso “conejo”. Y como fue siempre su costumbre, nos pegó una arenga bajo una mirada severísima –marca de la casa- para luego darnos tres escobazos verbales más y enviarnos a cortarnos el cabello, bajo la advertencia de que si no volvíamos de inmediato, más nos valdría haber nacido 200 años antes como única forma de poder evitar su enojo y su consecuente castigo.

El conejo Vázquez y yo dimos unos pasos hacia atrás y estábamos en la calle. Yo no podía creerlo, hasta ese momento jamás había usado el pelo largo, mi padre no lo permitía, pero sobretodo, la mezcla de vergüenza por haber sido rechazado delante de los que en ese momento iban entrando, junto con la sensación momentánea de libertad, me mareaba.

Como dije, no podía creer lo que me acababa de pasar. Volví a mi casa, mi padre se extraño de verme, le conté lo ocurrido, por supuesto me regaño también, me dio diez pesos y me fui caminando a la peluquería que en ese entonces estaba casi en la esquina de Circuito Científicos y Circuito Pintores, sobre la avenida que conducía hasta a la tienda Aurrerá. Años después, la chica que se convirtió en mi primera novia –Ana Laura- vivió justo en la casa de al lado de aquella peluquería.

Recuerdo perfectamente que iba yo caminando más contento que preocupado, pensaba que todos mis compañeros, todos mis amigos estaban en ese momento dentro de un salón de clases, yo en cambio, iba deambulando por las calles en total libertad rumbo a cortarme el pelo.

Casi puedo oler aquella templada mañana de septiembre de 1972. Tenía solo 11 años. Y a pesar de los regaños, fui muy feliz en esos momentos. Por primera vez en la vida, me conducía yo solo.

Monterrey, N.L. Agosto 8, 2011.

Publicado por JC Christy

Pasajero de esta nave llamada mundo,... deseoso de escribir, de compartir ideas, reflexiones, y lecciones aprendidas... con el reto de hacerlas sencillas e interesantes, buscando motivar, divertir, enseñar, aprender.

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