Un cambio de mundos – 4ª. y última parte.

La llegada al nuevo edificio nos trajo sin duda muchas sorpresas, ya he mencionado que había salones de sobra, laboratorios y talleres como Dios y la SEP mandaban, auditorio y biblioteca, un patio mucho más grande, una cancha multiusos y muchas cosas más que a simple vista podían pasar inadvertidas.

Una de ellas era que ahora contábamos con áreas verdes. No eran muy grandes, pero al menos ya había árboles, pasto y lugar donde sembrar algunas plantas y flores. Nuestro querido profesor Rafael Estrada propuso y le fue aceptada la idea, de que a cada salón de la escuela le fuese asignado un pedazo de dichas áreas verdes, y que cada grupo definiera cómo forestar su parcela.

Fue probablemente el mismo maestro Estrada el que dividió y asignó las áreas y a nosotros nos tocó un terraplén grande en la parte trasera del edificio, justo contiguo a la cancha multiusos en la esquina trasera del lado derecho del predio. No sé si dicho pedacito todavía exista como tal. Era un cuadrado, como de unos diez metros de lado, quizás solo tenía cinco, pero en mi mente de niño lo recuerdo grande. El día que pasaron al salón a comunicarnos el encarguito, nos “voluntariamos” ahí mismo algunos de nosotros, entre ellos, sin saber lo que me esperaba, estaba yo.

El día y la hora llegaron para comenzar nuestra tarea, fue justo después de un receso,… había una serie de plantas y árboles por ahí que serían los que tendríamos que plantar. Y nuevamente el mismo maestro Estrada nos acompañó hasta el sitio que nos había sido asignado y nos quedamos mirando unos a otros sin saber qué hacer o cómo empezar. El resto de nuestros compañeros estaba en clase, así es que al menos traíamos un buen nivel de cotorreo.

Creo recordar que entre otros ese día estaban Gaby Ramos, Patricia Lara, Anselmo Campuzano, Jorge Sánchez y probablemente algunos más. La memoria ya me comienza a fallar, lo admito. En una de esas, los que acabo de mencionar, ¡¡ni siquiera eran de mi salón!!

El caso es que a alguien se le ocurrió que podíamos dibujar y escarbar una estrella de cinco puntas, justo al centro del terraplén con pasto, y colocar ahí parte de las plantas y flores que nos correspondían. Se vería muy bien. Cómo hacía calor a esa hora, decidimos no buscarle más ruido al chicharrón y comenzamos la labor. Me recuerdo que conseguimos un pedazo de cuerda, y con él medimos y trazamos, siempre con la ayuda y bajo la mirada atenta de Don Rafael Estrada, la dichosa estrella.

Hay que confesarlo,… muy recta y muy proporcionada no nos quedó. Pero eso no obstó para que tomáramos palas y comenzásemos a zanjar el terreno como verdaderos zapadores, para eventualmente dejar excavada una estrella en bajorrelieve.

En esas estaba yo, cavando, cuando la diosa del infortunio vio que estaba yo en la baba, me hizo mal de ojo y al bajar mi pala para sacar un poco de tierra, ¡zas! Anselmo bajó la suya justo un segundo después, con tan buen tino que en lugar de pegarle a la tierra me golpeó la mano, haciéndome una cortada de unos tres o cuatro centímetros en la parte alta del dedo meñique de la mano derecha. La sangre no tardó en comenzar a brotar de forma algo escandalosa.

De inmediato el maestro Estrada me mandó a la dirección para buscar quién me curase la herida. Y como la diosa no había tenido suficiente con fastidiarme la mano, también quiso fastidiarme el alma, por lo que colocó a la maestra Gloria a la entrada de la oficinas de la Dirección justo en el momento que llegaba yo por ahí, con la mano cubierta casi por completo de sangre.

Sin duda la mujer se espantó un poco, me preguntó que había pasado y mientras yo le explicaba el asunto ella me llevó a lo que era una pequeña enfermería en la parte trasera de la Dirección, sacó unos algodones, una gaza, una botella de alcohol y una botella de esa medicina que todo lo cura llamada comercial y coloquialmente “Merthiolate”.

Hete ahí que mientras yo le seguía contando, la matrona me limpió con la más amplia displicencia, de forma que casi termina de arrancarme el dedo que por suerte no me cercenaron minutos antes, para luego terminar vaciándome encima de la herida más de medio frasco del dichoso merthiolate. Creo que no tengo que contarles que sentí que el esposo de la diosa del infortunio me agarraba y apretaba con fuerza de salva sea la parte. Me ardió hasta la punta,… del pie.

Por todo comentario escuché “aguántese, Sr. Christy”.

No utilizó nada más de lo que había sacado del botiquín.

El merthiolate me escurrió por toda la mano dejándola de color aun más rojo del que ya traía, dejando también como resultado, un pequeño charco en el piso. Estoy seguro de que la mancha aún está ahí después de todos estos años.

Después de dicho trance, la maestra Gloria estimó que todo había vuelto a la normalidad, así es que ni me vendó la mano, ni me puso un curita, ni leches. Me increpó por no haber tenido cuidado ¡encima de todo!, y me envío de regreso. Por lo que volví a mi puesto de zapador con la mano medio entumecida todavía por el dolor.

Ya no tuve que escarbar, y el maestro no me dejó sembrar por miedo a que con la tierra se me infectara la herida. Así es que él y yo nos paramos un poco a la distancia y mientras los demás continuaban con la faena, él y yo charlábamos alegremente. A veces nos dirigíamos a los “trabajadores” para indicarles que esto o aquello no había quedado bien. Fue divertido.

El bajorrelieve de la estrella duró al menos los tres años que estuvimos en la secundaria. En una de esas, todavía está ahí. Lo que definitivamente sigue ahí es el árbol que plantamos. Hoy rebasa la altura del segundo piso del edificio escolar.

Esto de trabajar y organizarnos en equipos fue siempre una constante durante aquellos años. Ya los talleres, ya los corrillos, ya los infaltables honores a la bandera, ya los torneos de basquetbol, de voleibol o de fútbol, el caso es que había que trabajar en equipo, o al menos hacer bola.

Una de estas “bolas” se formó al muy poco tiempo de haber llegado a la secundaria. Alguien le puso la UVA, siglas de “unión de viejas argüenderas”. Me pareció curioso y me dio mucha risa el escuchar por primera vez eso de “la UVA”, luego resultó que ya desde “la Kennedy” a más de una bolita de niñas argüenderas le llamaban UVA. Y había una o más UVAs por salón. Desilusión total.

Luego pasé a descubrir, yo que venía de un colegio de solo varones, que en realidad todas las niñas –las de 12 años al igual que las de 80- son argüenderas. Así es que ahora que lo pienso, el llamar argüenderas a solo un pequeño grupo, formado en ese entonces por Carmen Lepe, Patricia Campoy, Claudia Martínez, Lourdes Celada y Carmen Tadeo, era políticamente incorrecto, racista incluso. Pero era yo un imberbe de 11 años, ¡¡qué iba yo a saber!!

Las integrantes de la dichosa UVA se daban al principio sus baños de grandeza y se sentían las “muy muy”. Creo que hoy en día mis hijos dirían que eran “las más populares” y que por lo mismo, “todos querían ser sus amigos”. El caso es que en mi mente de niño no atinaba bien a bien como tratarlas. Por supuesto lo más fácil era hacerse el gracioso, el chistosito, eso me ayudaba sin duda a bajar los niveles de estrés y a poder hablar con ellas, sobre todo con Carmen Tadeo de quien ya confesé estaba yo completamente enamorado.

Y fue este hacerse el chistoso lo que me ganó el apodo con el que mis amigos y amigas me conocieron durante mis años de escuela secundaria, “scooby-doo”. El apodo me lo puso “el avándaro” a quien yo a su vez le había puesto “el avándaro”, gracias a que él acostumbraba llevar a clases un mini radio de transistores que en la parte frontal traía justamente la leyenda “Avándaro” con tipografía y colores marcadamente “hippies”.

Y de scooby-doo, pasé a ser “el escubi” y luego por extensión fui solo “el perro”, del mismo modo que Fernando Vázquez fue primero “bugs bunny” y luego solo “el conejo”. En mis libretas de autógrafos, al término del ciclo escolar mis amigos me firmaban cosas cómo “para el mejor amigo del hombre” y cosas así. Éramos realmente creativos.

Los meses siguieron su curso. Aprendíamos nuevas cosas, hacíamos nuevas cosas, pensábamos nuevas cosas.

Una de esas nuevas cosas que pensaba me hicieron creer que podía hacer un truco en mi bicicleta que en realidad no podía, así es que una buena tarde, me rompí el cúbito de la mano izquierda. Cúbito fue una de las nuevas cosas que aprendí en ese entonces.

Para no hacer el cuento largo, me tuvieron que enyesar el brazo. Poco tiempo después, mi madre me llevó a París Londres, tienda de mucho “cachet” por aquellos años. Ahí me compré algo que hoy pudiera pasar por una mascada, que traía impresa a todo lo largo y ancho la bandera del Reino Unido. Y usé dicha mascada para traer el brazo en cabestrillo mientras me retiraban el yeso.

Hete aquí que mi amiga la diosa del infortunio ya se había dado cuenta de que yo era buen cliente. Así es que un día, estamos varios de nosotros jugueteando fuera del salón, esperando la llegada del siguiente profesor. En un momento de absoluta inocencia, pero de absoluta estupidez, golpee a Erick Navarro con mi yeso. En aquel entonces Erick era más bajito que yo y seguramente se lo tomó como una fea afrenta. El golpe no fue fuerte ni con mala leche, pero si lo suficiente para molestarlo.

Catorce nanosegundos después atinó a pasar por ahí el maestro Gildardo, sin duda enviado por la dichosa diosa que quería volverme a fastidiar, por lo que Erick no tuvo más que señalarme y acusarme. Me llevaron a la dirección y por primera vez (hubo una segunda), me expulsaron por tres días de la escuela. Llegando a casa me dieron con el cinto y obviamente me castigaron.

Gracias, Erick.

Llegaron y pasaron las navidades. La maestra Gloria insistía de forma feroz, junto a la maestra Bertha Aréchiga que a la hora de la salida, todos debíamos dispersarnos y volver de inmediato a nuestras casas. El estar de vagos frente a las puertas de la escuela y en uniforme, era una de las peores afrentas que podíamos propinarles.

Y si encima había descarados como Salvador Gómez e Ileana Schmidt que además se abrazaban y besuqueaban delante de todos,… bueno, eso era ya el acabose y muestra clara de que en este mundo, la decencia era un comportamiento extinto.

Lo curioso es que el larguísimo brazo de la ley –la ley del binomio Gloria/Bertha- comenzaba en el puente volado frente a la puerta principal del edificio escolar y se extendía por todos los confines de Cd. Satélite.

Un sábado, Oscar San Germán que estaba en el salón “B” y a quien comenzaba a frecuentar en algunos recesos, me había invitado a jugar fútbol americano en el parque central, al salir de clases. Como seguramente recuerdan, salíamos a las 10:30 am los sábados, así es que a esa hora nos fuimos algunos varios a jugar “tochito”, cosa que yo nunca había jugado en mi vida.

Comenzaron las hostilidades. Oscar era un veterano de esas lides ya que jugaba fútbol americano desde chavo, así es que él era el líder de nuestro equipo. Me explicaba constantemente que hacer. Y ahí estábamos muy contentos, cuando de pronto alguien gritó “aguas, ahí viene la Directora”,… de hecho el grito fue, “aguas, ahí viene la negra”.

Yo recuerdo que levanté la cara y de pronto la vi venir caminando hecha una furia hacia donde estábamos jugando. Se había bajado de su “vochito” y hasta la puerta había dejado abierta en su prisa de alcanzarnos. Por supuesto que salimos corriendo en dirección contraria como verdaderas balas. Yo solo alcancé a oír que gritaba que nos detuviéramos, cosa que por supuesto nadie hizo.

Al lunes siguiente nos puso una filípica a todos –jugadores y no jugadores- de Dios padre y muy Señor nuestro, después de haber realizado los honores a la bandera. Su regaño no era al juego, sino al hecho de que llevábamos el uniforme puesto y que eso demeritaba, a su entender, la reputación de nuestra insigne escuela. Tardamos mucho tiempo en volver a jugar tochito, en el parque central, con el uniforme de la secundaria puesto.

Octubre, diciembre, marzo, junio. Ese primer año de escuela secundaria fue para mí, sin duda alguna, excitante, aleccionante, sufrido, interesante y muy divertido. Mi mundo se transformó para siempre. Dejé de ser un niño para comenzar a convertirme en un joven.

Ahora que recapacito en aquellos tiempos, tengo que reconocer que quizás la maestra Gloria Gómez Uribe y su equipo no siempre tuvieron el mejor modo, la mejor forma de enseñarnos y formarnos. El carácter estricto, rayano en lo espartano de nuestra maestra y Directora, y sus formas poco sutiles, seguro que hicieron mella en nuestro amor propio e incluso en nuestra capacidad de aprender o de entregarnos al aprendizaje. Sus estilo de enseñar matemáticas, a mi juicio, no hizo más que crear unos surcos tan profundos en nuestra mente, que a muchos de nosotros las matemáticas se nos hicieron algo espantoso, casi imposible de entender y más a los que como yo, elegimos estudiar años después una carrera de ingeniería. En lugar de haber sido un apoyo, la experiencia fue un lastre.

Pero lo que sí no puedo regatear es la profunda dedicación que todos y cada uno de ellos puso en ayudarnos a crecer. No faltaban, eran limpios y ordenados (con su honrosísima “excepció”), no decían malas palabras, se referían con deferencia a nosotros aun en los momentos más aciagos, casi todos amables y gentiles en la cercanía, conocían bien la materia que impartían, y nos acompañaron con buen ánimo y fervor por los tiempos turbulentos de nuestra pubertad y primeros momentos de la adolescencia.

Tuvimos la gran suerte de tener como maestros y guías, a un grupo de mujeres y hombres conscientes de su responsabilidad ética y social. Sin duda alguna, fuimos muy afortunados.

Por mi parte, en aquel primer año de mi educación secundaria aprendí muchas, muchísimas cosas, comencé a ser independiente, me enamoré por vez primera. El salto para mí fue cuántico. Dos años más de escuela secundaria le siguieron, con muchas más cosas por aprender y hacer.

Pero esas,… esas son otras historias

Epilogo.

Hubo un tiempo en el que tuvimos un sueño en conjunto, en el que simplemente éramos jóvenes, en el que no faltaron, a pesar de todo, los buenos momentos.

Un tiempo en el que nuestra mayor preocupación giraba alrededor de entender cómo funcionaba el mundo y sus cosas.

Un tiempo dónde comenzamos a forjar con trabajo y con esfuerzo una buena parte de lo que hoy somos,… dónde nuestras vidas se encontraron, se mezclaron, se hicieron diferentes, y gracias a todo ello,… se hicieron mejores.

Monterrey, N.L. a 7 de septiembre de 2011..

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