Un cambio de mundos – 3ª. Parte.

Con el paso de las semanas y los meses nos íbamos haciendo habituales de la nueva escuela, y la nueva escuela se iba haciendo habitual para nosotros.

En ese mismo transcurrir, nuestros modos, nuestras formas, nuestra esencia, se comenzaron a transformar. Poco a poco, de forma imperceptible, un grupo de hombres y mujeres comandados por una mujer de estrictísima formación y pensamiento, empezaron a romar nuestras mentes, colocando ideas, palabras, números y secuencias que formarían lo que llegaría a ser la plataforma principal de nuestro desarrollo.

Gloria Gómez Uribe – matemáticas, Edith Cruz Hernández – español, Rafael Estrada Alcántara – biología, Bulmaro García – física,  Adoración Racca García – civismo, Gildardo Rangel Maldonado – historia, Bertha Aréchiga – Literatura, Elva Chávez Pacheco – inglés, Héctor Ánimas – lab. de biología, Silvia Beatriz Morales Luna – biología, Gloria Gutiérrez Álvarez – música, Alicia Nery García – geografía, Rubén Ayala – Química, Nelly Alfaro de Garay– tecnología, Javier Pérez – educación física.

Personas que no nos escogieron. Personas a las que no escogimos. Y sin embargo personas que con su trabajo y dedicación forman parte imborrable de nuestra historia, de nuestra buena historia. Seguramente mis lectores recordarán otros nombres que mi memoria ya no alcanza.

La materia de tecnología, a la que comúnmente llamábamos taller era una de esas “novedades” de la educación de aquellos tiempos que ahora que lo veo a la distancia, me parece entender que no alcanzó a cubrir las expectativas de un currículo académico en concordancia con la situación que vivíamos en ese momento.

Cocina, taquimecanografía, electricidad y corte y confección. Materias diseñadas para dar a los alumnos conocimientos en temas que rebasaran el mundo de la teoría. El problema es que la tecnología poco o nada tenía que ver con las habilidades que pretendían desarrollar en nosotros.

Y por la forma en que éramos asignados a los susodichos talleres, la cosa podía convertirse en un juego divertido o en tu peor pesadilla. Para mí, la segunda. La cosa según recuerdo era así. Pasábamos un mes en cada uno de los talleres, aprendiendo lo básico y obteniendo una calificación por ello, de tal manera que los cuatro primeros meses de aquel primer año escolar fueron de rotación y reconocimiento de cada uno de los terrenos. Y al final éramos asignados al taller en el que mejor calificación hubiésemos obtenido.

Yo comencé por taquimecanografía, seguí con cocina en un momento complicado ya que de las muy poquitas cosas que aun no estaban listas en nuestro nuevo edificio era precisamente el taller de cocina, así es que no pudimos pasar de preparar huevos tibios y agua de limón. Luego siguió electricidad y terminé con corte y confección. Por alguna razón ese fue el taller donde “mejor me desempeñé” y claro a ese fui asignado, junto con Erick Navarro y algunos pocos otros, como el Chivo, alumno de fama brava que estaba en el salón “D”.

Y lo que es el destino, de pronto se abrió un quinto taller, dibujo técnico, y dado que era nuevo y de que ya habíamos terminado la rotación de talleres, la asignación de alumnos a este nuevo taller se hizo a dedo,… el dedo de la maestra Gloria. Por cierto, el maestro de esta nueva materia era el esposo de doña Gloria y por lo mismo apodamos algo así como Mr. Loco.

Como yo en ese entonces todavía no le tenía pánico a la dire, sino solo miedito –ya para entonces me había regresado por el tema del pelo que ya les conté y en otra ocasión me detuvo por traer los tenis sucios y me pasé hasta la hora del receso parado como hongo a la entrada del edificio con algunos penitentes más- la busqué, hablé con ella y le pedí ser transferido al nuevo taller.

Para mi sorpresa me dijo que sí, pero que el cambio se haría hasta el lunes de la siguiente semana. Por supuesto, la diosa del infortunio ya me había  detectado y por lo mismo no me iba a dejar escapar por una simple conversación de pasillo así fuese con la mismísima Gloria Gómez, así es que se las arregló para que el fin de semana cayese yo enfermo, con lo que no pude asistir a la escuela el día de las nuevas asignaciones.

Cuando finalmente pude ir, fui de inmediato con la maestra Gloria a recordarle su palabra de transferirme de taller. Su respuesta fue como siempre lapidaria y sin dejar resquicio para retobo alguno. “Sr. Christy, ud. no estuvo aquí el día que yo le indiqué y ya se conformaron los grupos. Así es que se queda en corte”. Bueno, yo me quería morir. No tenía ni la más mínima intención de quedarme ahí. Para mí, fueron meses y años de real sufrimiento. Ni me gustaba el corte de telas, ni la confección, ni leches.

Ahora que lo pienso, debería admirarme a mí mismo por haber pasado tres años en esa mazmorra del tercer piso con tanta determinación a no dar palo al agua. Por supuesto estaban las niñas que tenían claro que debían aplicarse y hacer lo que doña Nelly Alfaro nos pedía. Silvia Martha González, Diana Alanís,  Laura Vázquez, Ma. Eugenia Velazco, Silvia Alcalá y algunas otras que no recuerdo ya tejían, ya bordaban, ya levantaban dobladillos, ya hacía ojales con diligencia y prestancia,… lo cual por supuesto solo hacía que los parias como yo quedásemos todavía más mal frente a la susodicha doña.

El resultado para mí de esos años de estancia en el inigualable mundo del corte y la confección fue el siguiente, 1. Aprendí a armar máquinas de coser Singer, 2. Llegué a confeccionar una bata de casa para mi mamá que le di un 10 de mayo y 3. Me gané que me mandaran a examen extraordinario en tercero, gracias a lo cual perdí un año escolar.

Cierto, una vez estando de viaje y a punto de asistir a una cena importante, perdí el botón de una camisa. Rápidamente tomé hilo y aguja del pequeño juego de costura que normalmente se coloca en el baño de la habitación del hotel y en un pis pas lo volví a colocar en su lugar. También sin duda hubiese podido llamar a una de las mucamas, ofrecerle $50 dólares y pedirle que me cosiera el botón. Pero la huella que dejó en mí la Sra. Alfaro –mamá de Azul-, me permitió ahorrarme esos $50 dolarucos.

Años después, coincidimos ella y yo como socios en el club Cuicacalli, y un día en la cafetería del club charlamos y entonces me confesó que se había arrepentido mucho de haberme reprobado y con ello haberme ocasionado la pérdida del siguiente ciclo escolar. Por respeto a esta narración, no quiero repetir lo que pensé de ella y de todos sus ascendientes en ese momento. Solo les digo que hice una mueca, me di la vuelta y me fui.

Otras clases tenían su lado agradable y su lado oscuro. Las clases del maestro Gildardo eran de esas. Había que formar “corrillos”. Yo nunca pregunté qué diablos quería decir la palabra corrillo, pero me lo supuse muchas veces –corrillo: m. Corro donde se juntan algunas personas a discutir y hablar, separados del resto de la gente- y nos sentábamos en filas por especialidad, una especialidad que él sugería y que nosotros deberíamos abrazar. Había en la clase arqueólogos, antropólogos, paleontólogos y algunos otros “logos” más, que no alcanzo a recordar. Yo era del corrillo de los antropólogos, junto con el Avándaro y otros compañeros. No me pregunten por qué.

A pesar de su aspecto tan formal y adusto, las palabras de Don Gildardo Rangel eran gentiles y su conocimiento vasto. Yo disfruté y aun disfruto mucho de la historia gracias a los caminos por los que nos llevó de la mano muchas y tantas veces.

Eso sí, la disciplina es la disciplina, así es que jóvenes y señoritas, los apuntes de esta clase no son optativos, todos tienen que tomarlos y la calificación del mes se compone no solo del examen y las tareas, sino de que tan completos y legibles están los apuntes de clase. Y como no bastaba con la petición simple, había que solicitarlos escritos con tinta china, a renglón seguido, con buena caligrafía y buena ortografía.

Sin duda, los “mataditos” del salón – hoy llamados “nerds”- pasaban sus tardes escribiendo en limpio los apuntes del día. La mayoría, como yo, lo dejábamos para la semana de exámenes, y claro, más de una desvelada nos pegamos por pasar en limpio y con tinta china los dichosos apuntes de historia. Era horrible.

Tengo un amigo muy querido, tocayo de nombre, que aún los conserva. Quiero pensar que los saca de la caja donde los tiene guardados en momentos que pintan aciagos, y los utiliza para recordarse a sí mismo, que ha tenido peores momentos en su vida, y que ese momento por el que se encuentra pasando, también llegará a ser historia. De otra forma no me explico para que los guarda.

La petición original también se me borra, como se borra recordar si fuimos por nuestra cuenta o nos llevaron a todos en un camión. El hecho es que o por historia o por biología, por Don Rafael o Don Gildardo, fuimos a dar al museo de Historia Natural en Chapultepec. Me recuerdo a mí mismo y a mis compañeros –como Alma Rosa Ramírez, Gaby Ramos o Ernesto Martínez “Pic”- tomando apuntes de los hombres de las cavernas, de la época de la última glaciación, del tamaño de los mamuts y de cómo los cazaban. El museo ya estaba algo deteriorado e incompleto para esas épocas, pero lo interesante vino después.

Cumplida la misión, nos subimos a un trenecito que recorría todos los alrededores de ese pedazo del bosque de Chapultepec, pero la cosa no acabó ahí,… caminamos al otro lado del bosque y nos subimos a la montaña rusa. Primera y última vez en mi vida que lo hice. Yo iba con Jorge Sánchez, en el último carrito y aun recuerdo lo mal que me sentí en el recorrido, casi me vomito. Hubo locos que se subieron más de una vez. También recuerdo que Rafa Jiménez que estaba en el “D” se sentó en una banca a esperar a los susodichos locos de su grupo. Yo me senté junto a él y esperamos a que la tormenta pasara.

Pero hubo viajes más amenos. En alguna ocasión, para una de las tantas y múltiples investigaciones que nos llegó a requerir el profesor Gildardo, este nos sugirió buscar, de entre otros sitios, en la biblioteca del Museo de Antropología e Historia. Imaginen el siguiente cuadro. Tenía 12 años, caminaba desde mi casa hasta la parada del camión frente al Sumesa, tomaba el autobús  Chapultepec-Reforma y me bajaba exactamente frente al museo. Todo bajo las indicaciones y la bendición de mi padre. El viaje completo de ida-investigación-vuelta duraba unas 3 o 4 horas. El ir tan lejos de casa por mi propio pie, solo abonaba a ese sentido de libertad, independencia y soledad que disfruté tanto durante tanto tiempo y que mi llegada a la secundaria me otorgó.

Este recorrido lo hice en más de una ocasión. Recuerdo particularmente una tarde, ya casi de noche, al ir en el autobús de regreso a casa, recordé que tenía que comprar un trozo de tela para ese teatro del terror que ya comenté era para mí el taller de corte y confección. Me bajé entonces en la Florida y caminé a la Comercial Mexicana de las torres, ya que ahí tenían un área de telas que había visitado en más de una ocasión en compañía de mi madre.

Me hurgué los bolsillos y a duras penas completé la cantidad para comprar la dichosa tela. Por supuesto ahora tenía que volver andando desde ahí hasta casa. Quise comprar algo de comer, pero no tenía ni un peso. Así es que me fui cansado y hambriento “a patín” hasta mi casa. Cómo caminé en esas épocas.

Por cierto, hablando de bibliotecas, en una ocasión, al poco tiempo de llegar a la nueva escuela teníamos que presentar un examen de español, para el cual además debíamos de contar con un diccionario “Rancés” de la lengua española. Yo y algunos más habíamos olvidado por completo la petición, sin embargo, dos de nuestras más ilustres compañeras –Socorro Mendoza y Patricia Lara- eran las encargadas de nuestra nueva biblioteca, no sé si permanentemente o a ratos y fueron lo suficientemente gentiles como para prestarnos a mí y a otros vagos un diccionario Rancés de los que había en los estantes de la biblioteca. Con ello salvamos el acceso y el examen. Hoy mis hijos usan ese mismo diccionario. Sí, ya sé que tenía que haberlo devuelto, pero no lo hice. Algunas veces fui un desvergonzado.

Plaza Satélite estaba nuevecita con su Liverpool y su París Londres, había un gran tobogán a un costado de Sumesa que era una novedad en esos tiempos. El auto cinema aun funcionaba y ya no teníamos que ir vestidos con pijama. Esa fue la época en que probé por primera vez una pizza, del recién inaugurado Pizza Hut.

El transcurrir de nuestra vida durante esa época fue sin duda simple. Fueron tiempos extraordinarios.

Reconocimientos. Agradezco a Alí Naranjo y a Linda Galicia por ayudarme a recordar nombres, lugares y fechas que han hecho posible parte de este relato.

Albuquerque, Nuevo México, agosto 16, 2011.

Un comentario en “Un cambio de mundos – 3ª. Parte.

  1. Ah, qué narración tan sensible y significativa. Revive anécdotas inolvidables y aún para la reflexión. La enseñanza y el aprendizaje son procesos formativos que perduran hasta el último hálito. En esencia la acción docente siempre se ha centrado en el aprender a aprender, siendo el estudiante el actor principal de la construcción del conocimiento, acompañado siempre por un experto conocido con diversas acepciones. Orientar y facilitar ambientes propicios para el logro de saberes significativos ha sido un reto permanente del docente de adolescentes, que en todas las épocas han tenido que prepararse para enfrentar los diversos paradigmas establecidos por la élite mundial.

    Volviendo a los pasajes de la sec. 17, particularmente del grupo y generación mencionada, hoy afirmo la apreciación de antaño, sin temor a ensalzar(nos), que el complemento de una identidad profesional y ética superlativa, siempre serán los entes constructores, humanistas y competentes, que ensayan fallos hasta con intención, pero que al final asumen sus responsabilidades y derechos, aportando propuestas, respuestas y acciones constructivas.

    Envío el saludo fraterno al universo adolescente de ayer y hoy, que por voluntad u obligado, ha compartido con este humilde docente, sus emociones, movimientos y saberes, haciendo votos porque vivan en contextos de paz y felicidad aceptable. Gildardo R M.
    17-07-18

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