Un cambio de mundos – 2ª. Parte.

Antes hablé de las dos primeras cosas que me impactaron al entrar a la escuela secundaria, a la 17, nombre abreviado de “Escuela Secundaria Federal no. 17, “Benemérito de las Américas”” (clave ES-354-17).

La tercera cosa que me impactó con el paso del tiempo y que sin duda fue la que dejaría una huella más honda, fue entrar a un mundo “mixto”. Hasta ese entonces yo solo había convivido con muchachos en mis salones de clase. El comenzar a convivir con niñas que no eran ni de mi familia, ni las vecinas de mi cuadra comenzó a ser una experiencia casi mística. Por supuesto estaba yo asustado. Muy asustado. No mentiría si dijese que ese sentimiento me acompañó hasta bien entrada mi vida de adulto.

Ver la familiaridad con la que la mayoría de mis compañeros se hablaban y se llevaban con mis compañeras y viceversa, me dejaba anonadado y por supuesto me produjo ciertos complejos. Y es que además, muchos de mis compañeros ya se conocían debido a que habían estado juntos en primarias de la “comarca” – comarca, expresión que llegaba a utilizar Don Gildardo Rangel Maldonado para referirse a nuestro entorno geográfico inmediato- así que la camaradería surgió o ya existía entre muchos de ellos desde los primeros instantes, mientras que yo no encontraba todavía ni la puerta del baño.

La Marcela, la Lourdes, la Patricia, la Alma Rosa, la Rosalinda, la Claudia, la Gabriela,… nombres propios de seres que aparecían ante mí y me dejaban sin aliento, sin saber que decir, sin saber a dónde voltear. Las hormonas estaban despertando, y despertaron tan rápido y con tanta fuerza, que yo no sabía ni qué hacer, ni qué decir, ni cómo comportarme. Fueron semanas y meses de desasosiego, de sentir un oleaje interno al que no atinaba poner ni nombre ni destino.

Fue con la llegada al nuevo edificio cuando recibí el impacto gracias al cual llegaría a conocer con toda profundidad el significado de la expresión “estoy en un sin vivir”.

Cabello corto y claro, ojos inmensos de color verde-gris, cara limpia y alegre, que llegó a nuestro salón nada más llegar nosotros a nuestra nueva casa. Una niña a través de la cual descubrí por primera vez lo que era la sonrisa de una mujer y lo que podría producir o llegar a significar. De hecho, la primera vez que me miró a la cara y me sonrió, me sentí como en esas películas dónde todo se borra alrededor del personaje principal, donde no hay ni luz ni sonido y queda todo en una especie de limbo. Yo sé perfectamente lo que es estar en ese limbo.

Su nombre era Carmen. Ahora sé que lo sigue siendo.

Cada vez que nuestras miradas se cruzaban y ella me sonreía de forma tan franca, pícara y abierta me convertía en uno de los cinco, veinte, cien seres humanos más felices de la tierra.

Y juro que no exagero.

Fue mi amor platónico durante tres años. En algún momento, venciendo todos mis nervios y con la complicidad de amigos y amigas, ella fue a la primera mujer a la que yo le pedí que fuese mi novia, aunque les aseguro que ni idea tenía de lo que eso significaba o podía significar y también fue la primera mujer que me rechazó en la vida y me hizo comprender que el infierno no es de otro mundo sino de este.

Pero ya me estoy adelantando.

Volviendo a aquellos primeros días de nuestra llegada a la secundaria, en un receso (para mí todavía eran recreos) algunos de mis compañeros empezaron a hablar de la posibilidad de ir a conocer el nuevo edificio, la nueva secundaria. Para ello, iríamos el sábado, saliendo de clases, porque en ese primer año íbamos a clases los sábados de 8 a 10:30 am. Tomábamos tres clases de 50 minutos cada una. Ese sábado, muy probablemente 23 de septiembre de 1972, Luis Rivadeneyra y yo fuimos los únicos en hacer el recorrido,… a pie por supuesto, a pie, tal y como fue mi método de transportarme por todo Cd. Satélite durante esa época y durante varios años más.

Luis decía que sabía “más o menos” por dónde quedaba la nueva escuela y que si no, por ahí íbamos preguntando. Yo jamás había caminado tan lejos de casa, ni siquiera había estado alguna vez en la parte poniente de Satélite, nunca había tenido a que ir. Yo iba algo nervioso por lo mismo. Caminando hacia quien sabe dónde, en compañía de alguien a quien llevaba tres semanas de conocer, por calles que no me eran para nada familiares y encima sin haber pedido permiso. Pero iba luchando internamente para que no se me notara, ya que Luis había estado en la Kennedy e iba muy quitado de la pena, por lo que yo suponía que había caminado por esos lares en más de una ocasión.

No hago el cuento largo, finalmente llegamos y cuál fue mi sorpresa al encontrar un edificio enorme, moderno, elegante. Todo nuevo. Todo para nosotros. Me parece recordar que nos dejaron entrar un momento al vestíbulo del edificio. Nos quedamos boquiabiertos.

Una semana después estábamos todos ahí. Si lo recuerdan, nuestra primera asignación fue armar nuestros propios pupitres, paletas les llamábamos. Recuerdo el salón como un hervidero de gente, unos quitando los plásticos protectores, otros atornillábamos las paletas a su base, otros más removían la basura fuera del salón. Una verdadera operación hormiga.

Fue una gozada.

Escaleras, baños, patio, biblioteca, auditorio, todo, absolutamente todo estaba de primera. No solo de primera, mucho de lo que ahora teníamos no existía en el edificio anterior. Espacio, luz, orden. Había más salones que alumnos, lo que dio posibilidad de aceptar dos grupos más, el D y el E. Ese año, de tercero solo había dos salones, tres de segundo y ahora cinco de primero. Y aún quedaba espacio. Creo que ahora hay veinte salones de cada curso.

El maestro Rafael Estrada, el entrañable Rafael Estrada se inventó la ocurrencia de tener un salón de banderas. Lo llenó con banderas de un montón de países que colocó alrededor de todas las paredes del salón ubicado en la esquina sur poniente del tercer piso.  No recuerdo cuántas eran, pero probablemente había entre cincuenta y cien banderas. Tuve el privilegio de que me llevara en más de una ocasión a ese salón, y hablábamos de mil cosas. Don Rafael fue un hombre sencillo, pero muy sensible, culto y ciertamente muy inteligente. A él le gustaba que yo me supiera de qué país era cada bandera que había ahí. Desde siempre me han gustado las banderas.

Nos asignaron el salón que quedaba justo arriba de la entrada principal y a mí me tocó (o escogí) un lugar pegado a la ventana, hasta el fondo del salón. Y me encantaba poder ver hacia la calle, observar lo que pasaba. Veía cortar el jardín de la casa de enfrente, veía pasar gente a pie y en auto, veía los árboles de pirul que estaban justo en la cuchilla que formaban las calles de Circ. Juristas y Miguel Macedo. Por cierto que los árboles siguen ahí.

Hablando del maestro Estrada, una de las varias anécdotas que recuerdo de él, fue el día que nada más comenzar su clase de biología se dirigió a todos nosotros diciendo algo así, “muchachos, yo entiendo que son jóvenes y les gusta hacerse bromas unos a otros,… pero eso de pasar corriendo y picarle “el fundillo” a sus compañeros no está bien, no es de buena educación”. Tardamos dos segundos en pasar del asombro por el uso de la palabra “fundillo” en un profesor, a una enorme risa colectiva por la frase en sí.

Pero la vida como las monedas tiene dos caras, no hay bueno sin malo, alto sin bajo, gordo sin flaco. A lo mucho que disfrutábamos las clases del maestro Estrada o las de Alicia Neri García –maestra de geografía, ex agente de la CIA- teníamos en contra posición las clases de matemáticas con la Directora.

Yo no sé qué les provoque recordar en estos momentos las clases con la maestra Gloria. A mí se me seca la boca y se me acelera un poco el pulso. Y eso es porque ya pasaron 36 años de la última. Si la pregunta me la hago o me la hacen hace 20 años, seguro se me hubiesen salido algunas lágrimas incluso.

Nunca le he tenido tanto miedo a alguien en mi vida. Mi lugar al fondo del salón era un lugar privilegiado para ver desenvolverse una y otra vez ese ritual tan gustado por ella y el cual comenzaba más o menos así: Ella mencionaba el nombre de alguno de nosotros y acto seguido ese alguno se ponía de pie, con lo que ella continuaba con un “dígame señorita fulanita o señor menganito,… ¿a qué valor de π (Pi) corresponde la relación entre cuerda y arco?”,… “¿ehh?”,… “esteeee”,…. “mmmm”,… “¿maestra, me puede repetir la pregunta por favor?”,… Mirada fulminante, comentario acerca del oxígeno que le estábamos robando al mundo o de lo que los pobres padres de fulanita o menganito sufrían para mantener a un vago o vaga inútil estudiando, sin darse cuenta de que nunca lograría nada bueno, para terminar diciendo,… “siguiente”.

Y entonces “siguiente” se levantaba de su paleta, en el mejor de los casos balbuceaba algo así cómo “este,… este,… es igual al cuadrado de la mitad de la hipotenusa gregoriana”. Nueva mirada fulminante y la misma respuesta, “el que sigue”. El juego continuaba hasta que no había más jugadores sentados en el salón. Entonces recibíamos colectivamente una sarta de escobazos verbales adicional y en la cual, según ella podía darse cuenta, no íbamos a servir ni para meseros de fonda, ya que los meseros tienen que saber al menos sumar y restar para poder hacer la cuenta, y nosotros, todos nosotros, estaba visto, no sabíamos ni la tabla del cero. Y punto.

Sin estar conscientes de ello en ese momento, la diosa del infortunio -de quién luego hablaré con más detalle-, nos tenía reservada una increíble pero aterradora sorpresa.

Y es que hasta ese ilustre año de 1973, la historia y los cánones indicaban que esta tortura matemática duraba un ciclo escolar justo. El primero. Para el segundo o el tercero había otros profesores y profesoras, con otros estilos y otras formas. Pero nosotros fuimos actores involuntarios de una tragicomedia, ya que tuvimos la gran, la afortunada y sin duda, la feliz coincidencia de que la hija mayor de la maestra Gloria entrase a primero de secundaria justo el año en que pasamos a segundo grado, y claro, siendo doña Gloria como era, ni pensar en la idea de que pudiese ser maestra de su propia hija, así que nada, está decidido, a darle clase a los de segundo, faltaba más,… y que como digo, éramos felizmente nosotros mismos.

Simplemente genial.

Monterrey, N.L. 9 de agosto de 2011.

2 comentarios en “Un cambio de mundos – 2ª. Parte.

  1. Estimado Scooby, otro detalle para tu análisis, Gloria Gómez Uribe tenía un hijo nacido en 62 y estaba dos generaciones abajo de nosotros. Esto mantenía a la Directora con la opción de darle clase sólo a nuestra generación y aunque había otros grupos decidió darle clase solamente al ‘C’. Condición que es digna de estudio. Saludos

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    1. Hola… es verdad. No recordaba lo del hijo, pero es cierto.

      En lo que no estás en lo correcto es que nos dio clase solamente a los del C. Los tres años nos dio a los grupos de la generación.

      Y ya por no dejar, ¿quién eres?

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