Reminiscencias – 2ª parte.

Queridos amigos, queridos lectores, la verdad es que no soy escritor. Me gustaría serlo. Me gustaría poder hacerlo de tiempo completo. Me gusta imaginar que podría escribir una obra interesante que se convirtiese en importante con el tiempo. Tal vez sea solo una quimera. Así es que suplico perdonen tanto errores como omisiones.

Lo que sí me pasa es lo que le sucede a cualquiera que escribe regularmente, esto es, que el estado general de ánimo influye en lo que uno escribe, a pesar de que lo escrito no tenga nada que ver con el estado de ánimo de uno al momento de la escritura. Juego de palabras o de ideas, pero cierto al fin.

Hoy me siento más animoso y entusiasta que la ocasión pasada en la que escribí, así que espero que este relato salga un poquito más alegre o por lo menos, menos oscuro que el anterior.

También aclaro que a pesar de mis notas y de algunas consultas en los muy poquitos materiales que todavía conservo de aquellas épocas, hay eventos que ya no recuerdo en qué año, en qué curso, en qué época sucedieron, así es que si la vuelvo a regar, ustedes tranquilos, que todo tiene corrección en este ejercicio de memoria.

Y como de introducción ya estuvo bueno, comienzo con la crónica de nuestros tiempos juntos.

Una cosa que se me pasó mencionar respecto a los honores a la bandera es que en nuestras filas –oculto,… bueno, ni tanto- militaba un testigo de Jehová. Su nombre, Carlos Quiroga. Me acuerdo que cada lunes por la mañana ni saludaba a la bandera, ni cantaba el himno. Decía él que “eso de ‘adorar’ a un pedazo de trapo, era un insulto a Dios y que solo a Él se le podía rendir tal pleitesía” y que por lo tanto, él no iba ni a entonar cánticos y alabanzas a la patria, ni a sus héroes, ni a sus padres y sus madres. Eso era una falta –nuevamente según él y los suyos- que ameritaba ganar un boleto para irse derechito al infierno.

Tanto la “Direc”, como la “Sub-Direc” le quisieron torcer el brazo y lo amenazaron con la expulsión, pero Carlos no se quebró. Me imagino que hubo convocatoria de padres y madres, a la “Direc” le encantaba eso, pero ni así hubo cambio de nada. Carlos solo se quedaba parado como estatua durante toda la parafernalia oficial, que sí llegaba a ser un dolor en el trasero.

Personalmente pensaba que eso de “adorar” estaba muy jalado de los pelos ya que no sentía que ni yo ni los demás llegábamos a “adorar” a la bandera, pero él afirmaba lo contrario. Así que yo que siempre he sido liberal de espíritu, tuve un día el pobre juicio de decirle algo así como “no inventes, estás chiflado (o algo parecido)” y bueno, me lanzó una mirada flamígera y a partir de ahí, dejamos de ser amigos.

De hecho, solo una vez me peleé a la salida de la escuela, y fue precisamente con Carlos Quiroga. Ser testigo de Jehová no le impidió querer partirme el alma.

No recuerdo la razón. Lo que sí es que nos fuimos por la calle, pasamos frente a la papelería del Pikis y nos fuimos un poco más allá para que no nos fueran a cachar y castigar. Nos dimos un par de trompadas y ahí acabó todo. Qué tontos fuimos ese día en ese momento.

Ahora que lo pienso, creo que había alguien más, una muchacha, creo recordar del ‘A’ o del ‘B’, que también era “testiga” y pues tampoco se le daba eso de mostrarse patriota. Con ella si no me agarré a trompadas.

Al final, no recuerdo si Carlos estuvo con nosotros hasta el tercer año, o si se apeó al final del segundo, por las causas arriba señaladas. Cosas de la fanaticada.

Bueno, y hablando del Pikis,… ¿Recuerdan al Pikis? Este hombre tenía en conjunto con su padre, su madre y su esposa, una papelería casi frente a la secundaria, que dobleteaba de estanquillo, tienda de conveniencia, farmacia, recaudería y depósito de cerveza. El Pikis era flaco, más o menos alto, moreno. A la salida de clases a mí me gustaba ir a su negocio, me compraba dos cervezas muy frías y me las iba tomando por el camino a casa, en lo que invertía algo así como media hora por ir a pie.

Bueno, ok, es cierto, no compraba las cervezas, me compraba un gansito. Los gansitos fueron la base de mi alimentación desde que salieron por primera vez allá por 1966, hasta bien entrada mi vida adulta. Debo de haber ingerido ya varios miles de esos pastelitos.

Incluso, el olor más antiguo que puedo recordar es el de cuando estaba en la primaria y abría la bolsa de un gansito. Ese primer olor a chocolate lo tengo muy grabado. ¿Qué cosas, no?

De hecho, aunque ahora lo hago muy de vez en cuando, todavía disfruto de un gansito, particularmente helado, ya que en Monterrey nos gusta poner a prueba los límites de la resistencia humana durante buena parte del año y le subimos al termostato a todo lo que da, y no estamos contentos hasta que el termómetro no marca por lo menos los 43° a la sombra. Si se me ocurriera comprar un gansito “normal”, esto es no helado, tendría que llegar a mi casa, abrir la bolsa del gansito y verter el contenido de la misma en un vaso antes de poder degustar el pastelito, que ya habría dejado de tener forma y consistencia de pastelito dos segundos después de salir de la tienda. De un Oxxo muy seguramente.

Pero ya estoy agarrando monte nuevamente.

Les hablaba del Pikis y de su tienda-papelería-botica-centro de reuniones. A mí el Pikis me conocía bien porque le llegaba a comprar libros y algunas cosas a mi papá, que como saben, tenía su propia librería. El caso es que con alguna frecuencia yo no tenía dinero para el susodicho gansito, que para mí era el equivalente del combustible fósil que me permitía llegar a mi casa cada tarde, de cada día, de cada semana. Así que el Pikis era muy gentil de fiarme una que otra vez, dado que eventualmente vería a mi padre y le cobraría los dichosos pastelitos con nombre de ave pequeña.

Pero les cuento esto no por los gansitos – bueno, sí también- si no porque para mí no dejaba de tener un sentimiento extraño el comprar algo en una papelería siendo que mi padre era dueño de otra. Aunque admito que de los tres años que estuvimos en la secundaria, en dos ocasiones me salvó el pellejo la tienda-estanquillo-mercería del Pikis. Una vez, con un mapa de México con los ríos dibujados y los nombres de los mismos. Y en otro con una monografía de José Ma. Morelos y Pavón.

Estampitas con la biografía de Melchor Ocampo o de Ricardo Flores Magón, monografías conteniendo imágenes de las plantas medicinales del sur de la Patagonia o de los bosques Siberianos, mapas de los ríos de África, de las montañas de América del Sur, con nombres y sin nombres. Estos elementos constituyeron una parte importante de nuestros aprendizajes. Hechos quien sabe por quién, estos trozos de papel contenían la información básica que nos permitió conocer y aprender de muchas cosas. Y para cumplir con las peticiones de los maestros también.

Comparemos aquellos mapas y aquellas estampitas con una hojeada a la Wikipedia usando una iPad como hacen mis hijos. Nada que ver y sin embargo, aquello y las enciclopedias como la británica y algunas otras similares, fueron la fuente de información de dónde sacábamos datos, fechas, nombres y actos que nos permitieron avanzar en nuestra formación y conocimiento.

Dicho de otra manera, el establecimiento-bazar-expendeduría del Pikis en realidad era ¡¡Un iPad de los 70’s!! Qué cosas…

Y bueno, ya que hablo de la salida les cuento con más detalle esta parte de mi vida de aquella época. Ya he mencionado que pa’ todos lados, siempre iba a pie ¿y de qué otra manera se puede viajar a los 12-13 años verdad? El caso es que a la hora de entrada a clases, mi padre me llevaba a la escuela y pasábamos todos los días frente a la casa de Carmen Duarte que quizás era la compañera que vivía más cerca de la escuela.

Pero la salida era otra historia y como ya estaba grandecito, pues me tenía que volver a pie.

Generalmente salía hacia la derecha y comenzaba a bajar, zigzagueando luego por las calles de circuito misioneros, hasta llegar justo a tomar un pequeño andador a un costado del hospital Rio de la Loza en la esquina con el parque central. De ahí, bordeando el parque, pasaba por debajo del puente del periférico y me encaminaba hacia el cine Apolo, para rodearlo por la derecha y tomar rumbo al Centro Cívico, el cual, pasaba por detrás para alcanzar la calle de Carlos de María Bustamante y entraba por esta solo para poder tomar un andador que salía a mi calle. Repito, todo esto me tomaba entre 30 y 40 minutos, dependiendo del calor, el frío, la lluvia, etc. y de si había habido gansito antes de iniciar la marcha o no.

También con mucha frecuencia me solicitaban en casa que pasara a comprar el pan “de una vez”, de camino de regreso, ya que en mi casa siempre se acostumbró el pan dulce para merendar por las tardes-noches. Así es que en esas ocasiones, me desviaba un poquito y justo al lado de la puerta de acceso a Aurrerá, había una panadería. La ventaja es que desde ahí hasta mi casa, me iba comiendo un bolillo o dos y ya no llegaba taaaan hambriento.

Hoy a mi hijo Andrés que tiene 10 años, le encanta comerse los bolillos –en Monterrey se les llama franceses, no sé porque- así, solos, a mordidas, sin nada untado, sin nada en medio. No sé bien a quién salió

Y ya que hablo de regreso a casa les cuento una anécdota que me pasó un buen día con don Rafael Estrada.

Les decía que yo bajaba zigzagueando las calles del circuito misioneros hasta salir a un lado del hospital Rio de la Loza. Pues bien, sucede que una tarde de muchas, al salir a la avenida junto al citado hospital, me topé de frente con el maestro Estrada que minutos antes se había apeado en la parada de autobuses situada al lado de la oficina de correos sobre el periférico y venia bajando por el parque que está de ese lado.

Decía que me topé con el maestro y sin más preámbulo me coge fuertemente del brazo y me dice “muchachito, acompáñeme a la escuela, que yo ya estoy algo viejo y me canso mucho”. Y hete aquí que sin darme tiempo de decir algo, me di la media vuelta y tuve que acompañar al maestro Estrada hasta la puerta de la escuela y es que él también daba clases en las tardes, de hecho en las tardes daba clases de español.

Así es que el “viejo” aquel, que debería andar por los 35 años de edad, me hizo regresarme cuando ya casi iba a la mitad de mi viaje, para acompañarlo en su camino a la secundaria.

Y encima, ese día me regañó mi mamá por haber llegado a comer más tarde de lo acostumbrado. Si les digo, en esta vida no se gana pa’ regaños. Seguro la diosa del infortunio también metió su cuchara en esto. Segurito.

Y hablando del maestro Estrada, que hombre tan curioso fue nuestro maestro.

Otra de las aventuras que se inventó y en la que nos metió a todos fue la de la poesía coral. La verdad es que no sé ni cómo, ni cuándo, ni si en realidad obedecía a una solicitud de la SEP o fue un invento puro del susodicho maestro Estrada, pero el caso es que un día, reunidos en el patio se nos informó que participaríamos en un ejercicio de poesía coral, para lo cual nos deberíamos de aprender aquella poesía escrita por Amado Nervo llamada “La Raza de Bronce”,… “Señor, deja que diga la gloria de tu raza, la gloria de los hombres de bronce cuya maza melló de tantos yelmos y escudos la osadía” –esto último lo escribí de puritita memoria, ¿eh? Lo Juro.

Y seguía con lo de los caballeros tigres y los caballeros águilas. Y alcanzo a recordar otros pequeños fragmentos, pero no los escribo para no cansarlos y sobre todo para no cansarme yo.

Y si recuerdo bien, recitamos dicha poesía coral en algún evento de esos a los que incluso asistían nuestros padres como invitados. Y luego, el mismo maestro Estrada, se encargó de ver quien vociferaba más fuerte o con más encanto o con mejores modos la dichosa poesía y con ellos armó un mini grupo coral que fue el que nos representó a nivel comarcal o estatal o vayan ustedes a saber.

Una cosa que si me queda clara es que mucho se hizo en la secundaria por darnos una identidad nacionalista y esta poesía fue sin duda parte de ello. Otra de las cosas con las que nos querían meter a México y a lo mexicano entre ceja y oreja, fue una recomendación hecha en segundo año por nuestra profesora de literatura que sigo sin recordar quién fue –Bertha Aréchiga fue nuestra maestra de tercer año- acerca de lecturas hechas para jóvenes como nosotros escritas por un grupo de narradores que habían conformado un grupo llamado “Ocelotl”. ¿O será que Bertha Arechiga sí fue nuestra “miss” de español desde segundo año?

El caso es que los cuentos y narraciones eran de manufactura autóctona y buscaban crear en nosotros sus lectores, un pensamiento y un sentimiento acerca de lo nuestro. Todavía recuerdo algunos de los cuentos de aquel libro. Uno era de un tipo que vivía en un internado y le gustaba asolearse desnudo sobre un trampolín de tres metros, al terminar su ritual se levantaba y se tiraba un clavado –siempre en cueros-. También le gustaba admirarse en el espejo de agua de la piscina desde esa altura. El caso es que un día que estaba asoleándose escuchó voces que se acercaban y como estaba en “Cuernavaca”, decidió tirarse a la piscina rápidamente para que no lo fueran a descubrir con las nalgas al aire, con tan mala suerte que ese día la piscina no tenía agua puesto que la estaban limpiando y el tipo se mató. Chin.

Y por favorcito, que nadie me pregunte donde esta lo nacionalista en este cuento si no quieren que les conteste feo, ¿eh?

También recuerdo que en esa época llegaba a oír “La hora Nacional”, ese invento post-revolucionario que buscaba que todos los mexicanos nos hermanásemos un día a una hora en especial. Ahora no recuerdo si lo hacía por petición de algún maestro o por puritito masoquismo.

El caso es que sin duda, estando en la secundaria es cuando más de cerca sentí las garras de la SEP queriendo controlar nuestras vidas. ¿Alguno de ustedes guarda la misma sensación que yo?

Tengo que admitir que nuestra educación secundaria le llegó a poner algunos remaches a nuestro ‘mexicanismo’ gracias al cual, hoy disfruto de ser mexicano.

Bueno, eso y los tacos.

Bogotá, Colombia, a 31 de marzo de 2014.

Publicado por JC Christy

Pasajero de esta nave llamada mundo,... deseoso de escribir, de compartir ideas, reflexiones, y lecciones aprendidas... con el reto de hacerlas sencillas e interesantes, buscando motivar, divertir, enseñar, aprender.

2 comentarios sobre “Reminiscencias – 2ª parte.

  1. Querido JC , lo dicho , sorprendente memoria, solo unos datos: Carlos Quiroga si fue expulsado de la
    Secundaria por sus creencias religiosas
    Y en primer año la materia Español la daba una maestra que siempre decía “y tocante a esto, y tocante a lo otro” realmente no recuerdo su nombre. Y Bertha nos dio Español (2°) y Lengua y Literatura Española (3°) .

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    1. Qué padre es ir reconstruyendo el tejido de los recuerdos, no te parece?

      Ahora que lo mencionas, recuerdo que efectivamente lo expulsaron.

      Y fue Edith Cruz la que nos dio Español en primer año y efectivamente ahora confirmo que mi idea de que la Sub nos dio Español dos años seguidos. 😬😬

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