Reminiscencias – 1ª. Parte.

Reminiscencia: (Del lat. reminiscentĭa). 1. f. Acción de representarse u ofrecerse a la memoria el recuerdo de algo que pasó. 2. f. Recuerdo vago e impreciso. 3. f. Fil. Facultad del alma con que se trae a la memoria aquellas imágenes de que está trascordado o que no se tienen presentes.

De las definiciones ofrecidas por la Real Academia Española, creo que me quedo con la tercera, para tratar de abonar un terreno que en estos momentos se me antoja espinoso y que la verdad no sé cómo comenzar a atajar y que no es más que el de tratar de abordar una nueva oleada de recuerdos de aquellos felices a ratos, tortuosos a veces, y sin duda alguna, ya lejanos años de nuestra adolescencia en los que cursamos la escuela secundaria.

Primeros días del mes de septiembre de 1973, comenzaba el segundo año de educación media para todos nosotros. Las niñas de nuestro salón ahora vestían de azul y ya no éramos los nuevos, ya conocíamos el terreno, los terrenos, y teníamos una buena idea de qué podíamos hacer y qué no. Y yo ya tenía 12 añotes.

Lo que era claro es que comenzaba a haber una jerarquía definitiva. Y que marcaría el resto de nuestros días como estudiantes de la 17, de una forma o de otra.

Los compañeros del “A” eran los cerebritos, los aplicados, los buenos, los consentidos de la Directora y de la Sub. Los del “B” eran los “wannabies” (de la expresión anglosajona want-to-be), los que querían ser reconocidos como los de “A”, pero no les alcanzaba, de hecho, estaban a la mitad del río, como perdidos, sin identidad. Luego estábamos nosotros, que al no tener que cumplir con las expectativas de nadie, éramos los más libres, no había competencia dentro de nuestro salón por ver quién era mejor o sacaba mejores notas y creo que por eso tuvimos días felices,… a lo mejor me equivoco y sí había competición dentro de nuestro salón, pero la verdad es que ahora que lo recapacito, nunca lo noté o lo sentí.

Y luego, claro, venían los del “D” y los del “E”, que para todos los efectos, eran la clase más baja, el último eslabón de la cadena, los desmadrosos, los desordenados, los “piorcitos”.

Un alumno de nuestra generación perteneciente a este último grupo, el “E”, llegó con el tiempo a ser Presidente Municipal de Naucalpan, su nombre es José Luis Durán, y para desgracia de toda la comunidad, fue un presidente bastante malito. Y con eso confirmo lo dicho líneas arriba, ja ja ja.

Pero volvamos a cosas más amables.

Junto con el cambio del color del “jumper” de nuestras compañeras, vinieron otros dos cambios importantes. Uno fue que en algún momento, no recuerdo ahora si desde un principio o si y entrado el año, nos quitaron las clases de los sábados y las tres horas de clase que tomábamos en esos días fueron asimiladas durante la semana normal. Así que se acabó la tortura de los sábados.

El otro gran cambio fue de salón.

Se nos pidió que dejásemos el salón que habíamos ocupado durante el primer año, justo arriba de la entrada y nos pasaron al salón conocido como “la pecera” por tener los dos costados hechos con paneles de vidrio. Ese salón había sido diseñado originalmente como salón de profesores, pero en realidad nunca se usó como tal. Así es que al llegar más alumnos al ciclo escolar 73-74, nos reubicaron en susodicho espacio.

Este salón resulto ser un problema tanto en lo colectivo como en lo individual. En lo colectivo, porque ahora estábamos a la vista de todos y cualquiera podía atestiguar quién o quiénes eran los del relajito y con ello, ponerle(s) un estate quieto fácilmente. El otro gran problema era su ubicación, justo encima de la oficina de la Dirección. No sé cuántas veces subieron a callarnos, porque el ruido de nuestro regular comportamiento llegaba con claridad a los oídos de todos los que estaban debajo, particularmente los de Doña Gloria. Repito, no sé cuántas veces subieron a callarnos, pero debieron haber sido decenas.

Yo que era algo inquieto por naturaleza, por decir lo menos, vacilaba todo el tiempo y mi voz se distinguía con facilidad. Por lo mismo, más de una vez fui severamente amonestado y es que además, me sentaba hasta el final de una de las filas y el hueco por donde se colaba el ruido estaba justo detrás de mis pies. No me extraña que me hayan pegado más de un escobazo verbal en más de una ocasión.

Por esos mismos huecos, también nos daba por echar papeles. Deifilia era la organizadora de tales hazañas, ya fuera para quejarse de alguien o de algo, ya fuera para acusar a zutano o a mengana de tal o cual ofensa. El chiste es que dejábamos caer papeles a la Dirección, imagínense o traten de recodar semejante burrada. La culpa claramente fue siempre de Deifilia.

Por cierto que recuerdo que en una ocasión jugando guerritas de gises, los de adelante contra los de atrás (yo obviamente era de los buenos, o sea, de los de atrás), alguien le dio un “gisazo” a uno de los vidrios que retumbó como si estuviese a punto de romperse. Por un instante a todos los guerreros se nos congeló el alma, nada más de pensar en el castigo al que nos haríamos acreedores en caso de una cosa así. Al ver que no pasaba a mayores el asunto, Gastón Cuevas o Rubén Elizarrarás (o quizás ambos) se le fueron a “gisazos” al Avándaro. Y la guerra continuó.

Ahora que el estar sentado hasta atrás, tenía también ciertas ventajas. Nos dejaba  disfrutar de primera mano el aire fresco en los días calurosos y nos permitía seguir curioseando lo que pasaba tanto en el patio como en la calle alrededor de la escuela. Y si les daba por ser metiches como yo, pues el tema era una gozada.

Para el segundo año cambiamos también algunos maestros. Ahora la clase de biología la teníamos con Silvia Beatriz Morales Luna, la de geografía con Alicia Neri García, Literatura Mexicana con alguien más que no recuerdo, pero ya no era con Edith Cruz, o “Cru”, como ella misma decía. También cambiamos de maestra de inglés, pero tampoco recuerdo su nombre.

Lo que no cambió, como ya mencioné en alguna otra ocasión, fue la titular de la clase de matemáticas y todo porque a la hijita de la susodicha maestra se le ocurrió nacer en 1962 o 1963 y llegar a la secundaria justo un año después que nosotros. La verdad es que fue imprudente de cabo a rabo y nos pasó a dar una perjudicada de Dios padre y muy Señor nuestro. Jija de su madre.

Pero en este tema ya no quiero abundar porque me entra una melancolía muy fea.

Otra cosa que tampoco cambió, fueron los honores a la bandera de cada lunes por la mañana. Solo recuerden, todos formados alrededor del patio, con cada salón teniendo a los chavos y chavas formados en grupos separados unos a lado de los otros. En algún lunes de alguna semana de los tantos que hubo, nuestro grupo, el de los hombres, traía un relajo medio especial. Viendo que nos podía caer un rayo maléfico disparado por Doña Gloria, yo hice el comentario en voz alta a los compañeros que estaban a mi lado, “bueno, ya estense serios, que nos puede chupar la bruja” refiriéndome por supuesto a la mismísima directora.

Mi gran amiga la diosa del infortunio me quiso dar una caladita esa mañana y entonces mandó nueva y atinadamente a Don Gildardo a pasar justo por detrás de mí cuando profería yo tal aviso. Yo por supuesto ni en cuenta de que por ahí estaba pasando. El hombre se detuvo, se acercó por detrás y sin alterarse, como siempre fue su estilo, me habló al oído diciéndome, “a ver si no se lo chupa la bruja a usted, Sr. Christy”. Yo me quedé petrificado. Juro que todo ese día estuve tronándome los dedos esperando que me llamaran a la Dirección a explicar mi frase y a recibir un castigo por ello. Afortunadamente ese día don Gildardo tuvo piedad de mí y no me acusó, fiiuuu.

Si me hubiesen preguntado mi opinión, yo hubiese suspendido dichas reuniones o las hubiera planeado para hacerlas una vez cada seis meses. La verdad me parecían una pérdida de tiempo. Quizás lo que más me molestaba era que doña Gloria las usaba para acusarnos de gamberros, de inútiles, de groseros, de flojos y demás lindezas. La verdad es que nunca estábamos a su altura y no se cansaba en hacérnoslo saber. Por supuesto, con las muy honrosas excepciones de los del “A” de las diferentes generaciones.

Quiero recordar también que como parte de estas mini-celebraciones a la patria y a la bandera, que también debo admitir nos hicieron ser respetuosos de ambas, en algún momento de ese segundo año, nos hicieron aprendernos tooooodas las estrofas del Himno Nacional Mexicano y entonces, al cantar el himno los lunes, entonábamos diferentes estrofas cada vez y no solo las tradicionales de “Ciña oh patria tus sienes de oliva…”

Gracias a ese aprendizaje, años después pude hacer dos cosas.

La primera fue darme cuenta de que el himno mexicano es en realidad una oda a ese gran “patriota” incomprendido y que los mexicanos nunca alcanzamos realmente a merecer y que en vida llevó el nombre de Antonio López de Santa Anna, cinco o seis veces presidente de México. Fue triste descubrir eso.

La segunda fue que en una celebración de la independencia en la embajada de México en España –y es que tuve la oportunidad de vivir (y procrear familia) en Madrid durante cinco años- al momento de entonar el himno, fui de los muy poquitos que pudo cantar muchas (aclaro que no todas) de las estrofas del himno. La gente a mi alrededor me volteaba a ver como diciendo “¡¡y este güey, qué onda, por qué se sabe las estrofas!!”. No pude decirles que me las tuve que aprender so pena de ser reprobado en la clase de música en la secundaria.

Terminados los honores a la bandera, alguien le dijo algo al embajador, que por aquellos años era Juan José Bremer y este se acercó a mi esposa y a mí, para saludarnos y “felicitarme” por haber cantado el himno. Acto seguido se dio la vuelta y se fue muy feliz del brazo de Mar Saura, una actriz española extraordinariamente guapa y que ese día ofició de su acompañante. Yo me quedé ahí parado en uno de los jardines de la embajada, mirándoles irse, bebiéndome una XX.

Les digo, esto de irse educando por la vida puede traer buenas, regulares y malas consecuencias.

Este último comentario me hizo recordar –no sé por qué- un evento desolador.

Hace un rato hablaba de la cadena alimenticia en la que participábamos. De la “A” a la “E”. Y tristemente fue de esta última de donde salió la desgracia. Un hecho muy lamentable con el que algunos de nosotros pudimos atestiguar de primera mano y por vez primera, la fragilidad humana.

Un mal día, un chico que había sido expulsado del “E”  el año anterior, llegó con una pistola cargada a la salida de clases. De un día cualquiera quiero recordar. Les mostró el artefacto a sus amigos y entre broma y broma, la pegó a la espalda de uno de ellos y aparentemente sin así quererlo, le disparó un balazo. El chico de apellido Didier, cayó al suelo, sobre el jardín de la banqueta de la casa que quedaba justo al frente de la escuela. Ahí quedó tendido.

En algún momento alguien le acercó una sombrilla para que el sol no le diera al cuerpo inmóvil. El chico solo estaba ahí y había algo de gente alrededor de él, por breves momentos yo fui parte. Una chica rubia de nombre Blondine, que estaba en tercero, era su novia, cuando se enteró de lo sucedido salió gritando y no paraba de llorar, en total estado de shock, por lo que la Subdirectora tuvo que llevársela del sitio.

El chico falleció. El que le disparó salió corriendo. No sabría decir si pisó la cárcel por ese hecho o no. El chico que murió tenía fama de mal estudiante, de broncudo y de galán, aun así, no tendría que haber pasado lo que pasó.

La vida a veces, es extrema.

Monterrey, N.L. a 27 de marzo, 2014.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s