Lo que no les había contado.

La separación de los Beatles, la película del exorcista, el mundial de fútbol en México, el asilo político a miles de chilenos, el fin de la guerra de Vietnam, las trágicas olimpiadas de Múnich, la Liga 23 de septiembre. Eso fue parte del inicio de los 70’s. Una época que quiso ser rebelde como los 60’s pero no le alcanzó.

También fue la época en la que algunos de nosotros fuimos a la “secun” en calidad de adolescentes y quizás por ello, tuvimos la capacidad de crear huracanes y/o pequeños infiernos para nuestros propios padres y maestros.

Adolescentes, que le va uno a hacer.

Los 70’s. Cuando hablo de esa época con muchos de los que hoy trabajan conmigo, se me quedan mirando como si les estuviera hablando de cosas que pasaron el siglo pasado. Absurdo.

En septiembre de 1974, estábamos comenzando el tercer año de secundaria. Ya éramos los grandes, los viejos, los que se las sabían de todas todas. La verdad es que no sabíamos ni madre. Pero lo que si era cierto es que pasaban cosas o hacíamos que pasaran cosas que hoy me dan mucha risa. También hubo algunas que como en mi caso, nos marcaron para siempre.

Así que prepárense, que comenzaré a evocar algunos recuerdos y sensaciones de aquella época. Eso sí, hago por anticipado la aclaración de que para muchos de estos y de estas, ya no recuerdo el año exacto 🙂

En aquella época pasaba mucho tiempo en casa de mi abuela paterna. Ella vivía con dos tías, hermanas de mi padre, que nunca se casaron y por lo mismo a mí me trataban de maravilla, como si fuera su hijo, creo que esa era una de las razones por las que me gustaba tanto estar ahí. Mi abuela fue una mujer mexicana nacida a principios del siglo pasado muy parecida a Sara García, más o menos del mismo corte de los personajes que interpretaba doña Sara para que se den una idea, aunque mi abue era un poco más cabrona.

Una de las cosas que me enseño y me inculcó fue a jugar balero. Mi primer balero me lo compró en el mercado José Martí de la colonia Escandón a donde la acompañaba a hacer “el mandado” muchos sábados por la mañana. También ahí me llegó a comprar un trompo de madera y un yoyo mariposa Duncan color rojo que fue uno de mis juguetes favoritos durante varios años, así como también fue uno de los últimos juguetes que tuve.

Ahora bien, imaginen (o recuerden según sea el lector) la siguiente escena. Grupito, seis o siete que muy posiblemente incluía a Fernando Cordero, Luis Rivadeneyra, el conejo Vázquez, Gabriel Martínez, quizás el Avándaro y Eduardo López también. Ubicación, bajo el puente volado de la “17”. Hora, 10:20 am de un día cualquiera entre semana. Objetivo, ver quien alcanzaba primero cien puntos. Utensilio, un juguete de madera llamado balero. Método de calificación, ensartar el balero en el palo de soporte equivalía a cinco puntos. Y de ahí seguían los “capiruchos”. Sujetando el cordón valían diez puntos y veinte los que eran a mano limpia.

Los que no sepan que es un capirucho pueden hacer una de dos cosas. Preguntarle a algún pariente o vecino que tenga más de sesenta años o buscar un vídeo ilustrativo en youtube.com. Había una suerte que valía cien puntos y era ensartar el palito en el cabezal del balero, o sea, hacerlo al revés de como se juega normalmente. Alguno de nosotros llegó a ganar de esa manera.

Así que, un juguete hecho de madera de pino y un pedazo de cordel, sin ningún componente electrónico, entretenía a varios jóvenes los 40 minutos del descanso. Prueba de que no se necesita mucho para ser feliz.

Y ahí, justo al lado de nuestras justas de balero estaba ubicado el auditorio. ¿Se acuerdan que había un salón tipo auditorio donde en algunas ocasiones nos llevaron a ver algún documental y/o película? Por alguna razón desconocida para mí, recuerdo todavía un documental en particular que mostraba como era la tala de madera en bosques de Canadá, como arrojaban los troncos a un río que los llevaba hasta el aserradero y como los cortaban para dejar las tablas listas para ser usadas. A lo mejor fui leñador en alguna vida pasada y por eso se me quedó grabado ese episodio. Lo que no me acuerdo es cuántas veces nos llevaron a dicho auditorio, pero no fueron muchas veces.

Otro lugar que visitamos poco fue la biblioteca, al menos yo. Siempre me quedé con la impresión de que le faltaban cosas, esto es, que nunca estuvo terminada. En grupo nos llevaron muy pocas veces. Recuerdo una visita en particular. Esa ocasión estábamos sentados cuatro en cada mesa, dizque leyendo y guardando silencio (sí, ajá). En la que yo estaba, también estaba sentado Edgar “el pollo” Santoyo.

En aquel entonces Edgar tenía un Rolex o reloj similar (yo ni de relojes sabía en esa época). El caso es que nos estaba presumiendo su súper reloj al que según él le podía pasar un elefante por encima y no le pasaba nada. Recuerdo que lo reté a que nos demostrara que su reloj era a prueba de todo como él afirmaba. Así que se lo quitó, y lo dejó caer cara abajo desde la altura de la mesa. Como resultado del madrazo se le zafó la manecilla del minutero. Por supuesto soltamos la carcajada pero al “pollo” se le fue el color ya que nos dijo que su papá lo iba a “matar”. ¿Pus pa’ qué anduvo de “hocicón”, verdá?

Y siguiendo el recorrido de lugares y eventos de la planta baja de nuestro querido edificio de la secundaria les cuento lo siguiente. Tampoco recuerdo en qué año íbamos cuando sucedió –creo que fue cuando estábamos en segundo-, pero sucedió cerca de la biblioteca. De hecho sucedió en el baño de hombres que se situaba frente a la entrada de la biblioteca. Algún gamberro frustrado escribió en la pared alguna majadería dirigida a doña Gloria y a su ascendencia. Yo no pude leer el mensaje dado que para cuando me enteré –el tema sucedió durante un receso- el acceso a dicho “santuario” ya estaba prohibido. Ni pex.

El caso es que nos formaron a todos los hombres en el patio y doña Gloria trató de presionarnos para que uno de nosotros se convirtiera en una “rata” y delatara al autor de tan lindo mensaje. No hubo suerte para la doña.

El siguiente lunes, durante la ceremonia de honores a la bandera, nos pegó una reprimenda de Dios padre y muy Señor nuestro. Nos acusó de todo, desde gandules hasta incultos ya que la invectiva tenía una falta de ortografía.

Confieso que eso de rayar paredes nunca ha sido lo mío, ni paredes, ni puertas, ni cosas de esas. Pero también tengo que admitir que la presión y la represión que imponía en nosotros la matrona y su segunda a bordo eran para mentarles la madre de vez en cuando. Y bueno, había que hacérselos saber, de alguna forma y en algún momento. Y ese fue.

Hablando de la segunda a bordo, siempre me llamó la atención que doña Bertha tomase un rol tipo estalinista en cuanto al largo de las faldas de nuestras queridas compañeras. No había día que no detuviese a alguna jovencita para pedirle que le bajara la bastilla a su “yomper” (o jumper). Incluso recuerdo haberla visto más de una vez meterle mano al uniforme de alguna niña y romper el hilo del dobladillo para hacer que el susodicho yomper tomara menos distancia de su orilla a las rodillas de la susodicha.

Y ahí veías a una niña que otra con el dobladillo abajo, con hilos colgando por todos lados, con lo que se daba uno cuenta de que la “fashion police” las había ajusticiado.

¿Y por qué digo que me llamaba la atención el comportamiento de la chaparrita apodada “la verdolaga”?, principalmente porque ella usaba de manera cotidiana unas faldas que dejaban poquísimo a la imaginación. Mucho más cortas de lo que ella estaba dispuesta a permitir en sus pupilas. También tengo que confesar que las piernas de “la verdolaga” eran de admirarse. Así que queja no había, solo había incongruencia 🙂

Monterrey, Nuevo León, a 13 de noviembre de 2016.

Publicado por JC Christy

Pasajero de esta nave llamada mundo,... deseoso de escribir, de compartir ideas, reflexiones, y lecciones aprendidas... con el reto de hacerlas sencillas e interesantes, buscando motivar, divertir, enseñar, aprender.

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