Historias de adolescentes.

Continuando con las historias, hay varias cosas que sí recuerdo claramente sucedieron cuando estábamos en tercero de secundaria. Bueno,… creo.

La obvia. Pasamos de tener clases de biología y geografía a clases de física y química. Bulmaro García (nunca más he conocido a nadie que se llame Bulmaro, por si se lo estaban preguntando) fue quien nos dio la materia de física y la de química nos la daba un profesor de nombre Rubén Ayala. Como algunos otros maestros, Rubén Ayala me cayó bien desde el principio, no sé bien porque.

Y aquí fue donde mi vida dio su primer gran giro. Yo por supuesto ni lo imaginaba, pero aquí fue.

Después de la introducción de rigor, de decirnos como iba a calificar el curso y de varios etcéteras, don Rubén nos pidió que comprásemos una tabla periódica de los elementos y que nos la aprendiésemos toda ya que cualquier día de estos nos haría un examen sorpresa de la misma.

Esa tarde, al llegar a casa pasé por la papelería y tomé una de las varias tablas periódicas que mi padre vendía en la muy afamada Librería Historiadores. No hace falta decirles a mis lectores que nunca fui un alumno dedicado. Ellos ya lo saben. Pero esa tarde, una diosa diferente guió mis pensamientos y sin más, tomé la tabla y me aprendí de memoria los 105 elementos químicos descubiertos hasta esa fecha.

Por si se lo están preguntado, a la fecha, noviembre de 2016, existen ya 118 elementos identificados. Algunos tienen nombres tan interesantes como Flerovio, Livermorio y Oganessor. Aclaro que todos los elementos del 104 al 118, son sintéticos, esto es, son fabricados en pequeñísimas cantidades en laboratorios, principalmente de Rusia y Estados Unidos.

Nunca te irás a dormir sin haber aprendido algo nuevo, ¿no? Pero esto no es de lo que les quería hablar.

El caso es que me aprendí los elementos. Todos. Su número atómico, su nombre y símbolo.

Cosas de la vida, a la clase siguiente, jueves, llegó Rubén Ayala y sin mediar más palabra dijo “guarden todo y saquen una hoja y un lápiz, vamos a hacer examen de la tabla”. Por supuesto hubo un montón de reclamos, principalmente de,… bueno, para qué los ventaneo, ¿verdad?

El caso es que a pesar de las súplicas de piedad, don Rubén no se ablandó y comenzó el examen. Por supuesto, fue una masacre con dos muy honrosísimas excepciones, Ernesto Morales Peak y su charro negro. Ambos sacamos 10. Patricia Lara y Socorro Mendoza apenas y pasaron y el resto del grupo pasó a bailar las calmadas. Esa fue la única ocasión que saqué una mejor calificación que Paty Lara, ¡yes! El que me sorprendió fue “el Pik”, ya que yo estaba seguro que el único que iba a pasar sería yo.

Y bueno, no me quiero regodear de más con esta historia, pero a partir de ese momento, me convertí en el favorito de Rubén Ayala y la clase de química nunca fue complicada para mí. Eso me ayudó a que durante la prepa, las cosas me fueran bien en química y eso contribuyó directamente a que escogiera la carrera que estudiaría años más tarde y que por una razón u otra me ha traído hasta aquí y hasta ahora. Gracias Tecnecio. Gracias Molibdeno.

Y hablando del Pik, quiero rememorar un par de cosas que me sucedieron relacionadas con nuestro amigo Ernesto.

Hubo una época en tercero en la que fuimos muy cercanos. Por lo mismo, durante un tiempo en las tardes yo iba con frecuencia a su casa. Vivía en San Lucas Tepletacalco, en la orilla que hacía frontera con la parte norte del lado poniente de Cd. Satélite.

Cuando le visitaba, hacíamos un poco de todo, tarea, leíamos, discutíamos. A mí me gustaba ir a su casa. Su mamá era una gringa muy gentil. Su padre era algo así como periodista o escritor. Su casa, como la mía, estaba llena de libros aunque los de su casa no estaban a la venta. Lo que no me hacía muy feliz era regresar caminando a mi casa tarde por la tarde.

Sin proponérmelo, fue en esa casa que por primera vez escuché y aprendí de disidencia política. Y también fue ahí donde descubrí quienes eran los “Supermachos” y los “Agachados”. Su padre tenía una colección muy bonita de todos los tomos impresos de dichas historietas políticas y si mal no recuerdo, se las había regalado el mismísimo Eduardo del Río mejor conocido como Rius, autor de las mismas.

Por supuesto yo tenía prohibido por mis padres leer algo así. En parte por la crítica política, en parte por el lenguaje soez que llegaban a usar los personajes de dichas historietas. Vamos, que no eran historietas para niños.

El caso es que me hice aficionado a leer a los Agachados en mis visitas a la casa del Pik. Así que una tarde, en la que ya tenía que irme, Ernesto me permitió llevarme uno de los libros de su padre, para que lo pudiera seguir leyendo en casa. Me llevé el libro con la promesa de cuidarlo y devolverlo pronto.

Y así, sin darme cuenta, bajé la guardia y le volví a dar a la diosa del infortunio no sólo la excusa perfecta para volverme a fastidiar, sino que además le armé el arco, le saqué filo a la punta de la flecha y le llevé ambos al campo de batalla, o sea, que más menso yo, imposible.

Como no podía leer el susodicho libro en casa so pena de que me agarraran unos cocolazos por ello, se me hizo fácil esconder el libro en mi mochila y llevármelo a la secun. Hete ahí que una mañana cualquiera de un día cualquiera, tuvimos clase de inglés. Yo en esas clases me aburría como una ostra ya que por razones del destino, había recibido buenas clases de inglés en la primaria y en las de la secundaria enseñaban cosas que yo ya sabía.

La maestra de inglés me permitía no participar en su clase, pero pedía que me sentara hasta el frente como medida para que yo no estuviera echando relajo desde el fondo del salón donde estaba mi pupitre habitual.

Pues resulta que esa mañana cualquiera de un día cualquiera estaba yo sentado hasta adelante. Desde donde estaba sentado, podía ver claramente el pizarrón y el escritorio del maestro del salón de al lado que si se recuerdan era de los del “A”, y es que como ya lo he mencionado, nuestro salón tenía los costados hechos con paneles de vidrio y no de ladrillos blancos como el resto de los salones.

Así que como decía, ahí estaba yo, sentado, con un libro de inglés en las manos usándolo como cubierta ya que tenía el libro de los Agachados dentro y estaba sentado medio de lado para que la maestra de inglés no me fuese a descubrir el material “subversivo”. De pronto, entró doña Gloria al salón de al lado a impartir su clase de mate. Cuando me dí cuenta, noté que doña Gloria podía ver desde su ubicación que yo tenía un libro de monos en la mano, así que me puse más de frente a la maestra de mi salón, para que doña Gloria no me fuera a descubrir.

Me estaba pegando una divertida de Dios padre y me tenía que aguantar la risa para que no me fueran a descubrir.

En eso, sin darme cuenta, la diosa del infortunio me tomó de los hombros y me volvió a girar medio de lado, para acto seguido ir a murmurar algo al oído de la maestra Gloria Gómez Uribe quién volteo hacia nuestro salón y alcanzó a ver con claridad mi pequeño truco. En ese momento la diosa volvió a mi lado y alcancé a oír sus risitas, por lo que instintivamente voltee al salón de al lado y vi en ese momento como doña Gloria estaba saliendo echa un basilisco.

Instintivamente la sangre se me heló. Mientras la veía llegar a la puerta de nuestro salón, supe que venía por mí.

Doña Gloria entró unos pasos en nuestro salón y nos llamó la atención por tener cierto nivel de relajito en nuestra clase. Por un segundo pensé que me había salvado hasta que escuché “Señor Christy, ¿me puede decir qué está usted leyendo?”. En ese momento la sangre se me terminó de congelar. Sin decir nada, estiré la mano y le entregué el libro de los Agachados a la mismísima “negra”. Ahí, supe que me iría muy mal.

La maestra sólo alcanzó a decirme, “muy bonito, señor Christy” y por supuesto no se refería a mi belleza interior. Se dio la vuelta y regresó al salón donde estaba impartiendo su clase de mate con el libro de marras en mano.

Yo, yo estaba lívido. Pik se dio cuenta de que era el libro de su padre y me reclamó por lo bajo. Sólo alcancé a decirle que trataría de recuperarlo.

Mi padre fue citado al día siguiente. Me mandaron llamar a la dirección cuando mi padre llegó. Yo me moría de miedo y de pena. La “negra” me puso una filípica de las que acostumbraba y mi padre pasó pena por mi culpa. La directora le entregó el libro de los Agachados a mi padre y este se fue. Yo regresé al salón todo apesadumbrado.

Cuando llegué esa tarde a casa, ya sabía que me esperaba una buena. Mi madre se encargó del primero, del segundo y del tercer round. Decir que me pusieron como lazo de cochino es quedarme corto. Luego llegó mi padre y me volvió a increpar acerca de que cómo era posible que yo estuviera leyendo esas porquerías sin su permiso.

Lo peor fue cuando vi como mi madre rompía el libro. Ahí si dije, ya me terminé de fregar.

Al día siguiente tuve que decirle al Pik que el libro de la colección de su padre obsequiada por Ruis, era parte de la basura. Se metió la enojada de su vida ya que eso lo dejaba mal parado a él también. Hice algún intento por tratar de localizar un tomo similar, pero sin dinero, sin carro y sin internet, estaba cañón encontrar y comprar uno igual. Así que aún tengo la deuda con nuestro amigo Ernesto y con su querido padre.

Les digo, no se puede confiar en los adolescentes.

Y mientras todo esto sucedía o estaba a punto de suceder e incluso después de que hubiera sucedido, les cuento que el Pik y yo teníamos una acuerdo en el que según yo le ganaba de todas todas. A él, el “lunch” que le enviaba su señora madre todos los días le parecía soso. Así que un día, cuando se estaba quejando de eso, yo acerté a decirle, te lo compro. A mí me daban un peso para gastar en la cooperativa de unos señores que tenían la concesión, ¿se recuerdan de ellos? El caso es que a partir de ese día, todos los días le compraba su “lunch” al Pik por un peso.

Seguro se estarán preguntando, ¿pues qué cosas tan feas le mandaba la mamá de Ernesto a Ernesto cada día de la semana? Les cuento, no coman ansias.

El “lunch” consistía de un sándwich de jamón en pan blanco, una porción de zanahorias o verduras similares y un botellín de jugo de uva Welch’s. ¿Pueden creer que el Pik me lo vendía cada día por un peso?

A lo mejor no se acuerdan, pero en aquel entonces un gansito costaba ochenta centavos. ¡ochenta centavos! O sea que en el mejor de los casos le alcanzaba para un gansito o unos choco roles o unas barritas de fruta Marinela. Yo en cambio tenía “lunch” completo gracias a la dedicación y los buenos cuidados de la Señora Peak de Morales.

He dicho.

Monterrey, N.L. a 14 de noviembre de 2016

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