La isla misteriosa (4a. parte del capítulo)

¿Qué hacer cuando las ideas se nos vienen a una velocidad mucho mayor de la capacidad que tenemos para expresarlas, ya sea en palabras orales o escritas?

Eso es lo que me pasa a mí todo el tiempo. Y pues claro, de todo lo que veo, me encuentro, pruebo o escucho en este viaje, es muy poco lo que alcanzo a expresar. Perdón por mis limitaciones.

Como ya les conté de Shanghái, ya no entraré en más detalles. Solo les diré que si me sale la oportunidad en algún momento de irme a trabajar/vivir a este lugar, diría que sí en el acto, sin pensarlo (la ranita se me ataca, pero ni modo).

De Shanghái salí un día fortuito con rumbo a la isla de Taiwán, que como ya comenté se llamaba Formosa en mis tiempos de niño. Ese nombre se lo dieron los portugueses que en un tiempo no se estuvieron quietos y navegaron por todo el mundo hasta que al país se le acabó la “lana” y también porque las esposas de los marineros comenzaron con el “quiubole qué”,… “y tú a que vas hasta allá”,… “tus amigos son todos unos borrachotes y tú te vas a hacer igual”,… “te largas y nunca me dejas suficiente para el gasto”,… y “mejor quédate aquí para que ayudes a Joao a hacer las tareas que se ha vuelto muy flojito desde que te desapareces a jugar a los barcos”. Y varias linduras más de esas.

Y bueno, como todos podremos comprender, hasta ahí llegaron los portugueses.

En esas estaban Caetano y sus secuaces cuando llegaron unos holandeses medio vándalos y les quitaron la isla. Luego un emperador chino les dio pista a los holandeses, para después de un chico rato cedérsela a los japoneses, los cuales la tuvieron que devolver después de que les patearon el trasero en la segunda guerra mundial.

Por supuesto, con tanto manoseo, estos chinos de Taiwán andan medio desubicadones, aunque eso les ha dado algunas ventajas de las que hablaré más adelante.

Como datos culturales puedo decir que la isla mide solo 390 km de largo y 145 km de ancho y está separada de la China continental por un estrecho marítimo – el estrecho de Taiwán- de solo 160 km, o sea que el día que realmente los chinos de tierra firme se quieran angandallar la isla -cómo se agandallaron el Tibet-, la verdad es que no van a batallar mucho.

Y por supuesto, este lugar al igual que su hermanota mayor es también una suerte de paradojas de todos tipos.

Para empezar la isla constituye un país llamado República de China. Y con eso lo digo todo.

No solo le robaron el nombre a la hermana mayor, sino que le robaron algo que ni siquiera era de la misma hermana mayor en primer lugar. Claro que esto a los taiwáneses o formosenses los tiene totalmente sin cuidado. Para ellos la China China, es Taiwán y el que no se lo crea, ta ta ta ta ta.

Y es que da la casualidad, si recuerdan aquellas clases de don Gildardo en la secun o las de Maricela en la prepa, de que Mao se peleó con Chiang Kai-Shek -que primero fue su compañero de parrandas y luego su enemigo- y le ganó,… así es que este último se tuvo que ir a refugiar con todos sus cuadernos doble raya a la isla que les acababan de quitar a los japoneses y que estos últimos habían dejando en bastante buen estado.

Y con esto se cumplió una vez más ese fenomenal dicho que dice que nadie sabe para quien trabaja.

Y bueno, ahorrándonos todos los demás rollos, llegamos hasta el día de hoy en el que pude visitar dos lugares opuestos, Taipei al norte y Tainan al sur.

La Taipei actual bien podría ser perfectamente la hija del matrimonio formado por la ciudad de Miami y la ciudad de Chicago (recuerden que ya se permiten los matrimonios del mismo sexo). Es limpia, ordenada, cálida, con palmeras y grandes avenidas. A diferencia de sus hermanos del oeste, los chinos de Taiwán tienden a ser más ordenados, no demasiado, pero sí más ordenados.

A pesar de su sabor occidental, cabe notar que este lugar tiene una construcción más “chinesca”, por lo que aquí sí se alcanzan a ver más ejemplos de lo que todos esperaríamos observar al visitar China. Más adelante les pondré algunos ejemplos.

El metro de la ciudad de Taipei es una cosa impresionante por lo funcional, lo limpio, lo nuevo que parece y por el alcance que tiene por toda la ciudad. Los centros comerciales, al igual que los de Shanghái parecen sacados de Michigan Ave (la cual, por cierto, curiosamente está ubicada en el edo de Illinois).

Otra cosa interesante en este lugar fue escuchar hablar a los locales, ya que aunque por supuesto ni mi compañera de ese viaje ni un servidor entendemos una palabra de chino, si notamos que la pronunciación era mucho más suave y cadenciosa en comparación con los gritos guturales que se avientan en la “mainland China”.

En esta ciudad tuve la dudosa suerte de subirme al edificio que se ostentaba desde el 2004 como el más alto del mundo, hasta que llegaron unos árabes locos de remate y construyeron la Burj, la cual dicho sea de paso, tengo el pendientito de conocer y sobre todo de poder subirme antes de que lleguen unos rusos o unos guatemaltecos y construyan una más alta.

Bueno, les decía que me pude subir a lo que los Taipeiteños llaman Taipei 101.

Taipei de noche y desde los 450 m de altura.
Taipei de noche y desde los 450 m de altura.

Resulta que esta es una torre de oficinas que tiene 101 pisos por encima del suelo y a eso debe su nombre, ¿asombroso, no?

Una de las cosas que le muestran a uno durante el recorrido es que tiene un sistema de bolas suspendidas en los cuatro costados de la torre que el ayudan a amortiguar los sismos que ocurren en esta parte del planeta con singular alegría. Lo curioso es que este sistema se usa desde tiempos inmemoriales en templos y edificios para eso mismo. O séase que al final, ni tan moderna la torrezota,¿eh?

Aquí paso a comentar dos cosas inconexas pero que sucedieron la misma noche.

Gracias a nuestros guías locales, le pude comprar una lente nueva a mi cámara también nueva a un precio que ni alucinando me consigo en los Estados Unidos, lo cual me hizo muy feliz.

La otra cosa fue que nos llevaron a “cenar”, por petición de mi compañera de viaje, a un mercado callejero del que ella había escuchado en alguna ocasión y que está abierto hasta altas horas de la noche y donde pudimos degustar lo siguiente:

  1. Un pollo tipo KFC, pero hecho por un chino cualquiera en una cacerolota, con el que me quemé las fauces.
  2. Una salchicha tamaño caguama que ya quisieran fabricar los alemanes. Como era demasiado grande, la matrona que atendía el puesto nos cortó unas rebanadas de una de ellas, que luego nos sirvió dentro en una bolsita de plástico junto con un montón de ajos. Debo confesar que la combinación estaba bastante buena.
  3. Un caldo tipo puchero pero con tallarines dentro. Con este caldo me volví a requemar las fauces por completo.
  4. Un pollo que sabía bastante feíto y al que solo di una probada por mostrarme gentil con nuestros huéspedes de esa noche.
  5. Y bebimos algo inenarrable, parecido a un té, que tenía como trozos de gelatina dentro.

Lo que verán a continuación son imágenes del sitio y de algunos de los “consumibles” que probamos.

Entrada al mercado de noche 1. La fila de gente que se alcanza a ver es para comprar el pollo Kentuchi.
Entrada al mercado de noche (conste que así se llama). La fila de gente que se alcanza a ver es para comprar el pollo kentuchi.
Pollo kentuchi.
Close-up del susodicho pollo kentuchi.
A ver, ¿de cuál le doy?
A ver jóvenes, ¿de cuál les doy?
A ver, escójanle!!
El menú está muy claro,… a ver, ¡¡escójanle!!

Lo más curioso de todo esto es que yo me sentía en la avenida Tacuba de nuestra muy querida Ciudad de México, ya que el lugar, las cosas que se vendían y la mesita de metal con sus banquitos de plástico donde nos sentamos a cenar eran exactamente iguales de feos a los que uno puede encontrar en dicha avenida.

Por supuesto, no vuelvo a este sitio y menos a comer.

Igualito que en Tacuba o Av. Juárez en Monterrey, solo que en chino.
Pásele, marchantito!!
Pásele, marchantito!!

Y bueno,… con estas imágenes me despido esta noche.

Mañana les cuento del viaje a Tainan, al sur de la isla de Taiwan, esa misma que cuando íbamos a la escuela primaria, se llamaba Formosa.

Publicado por JC Christy

Pasajero de esta nave llamada mundo,... deseoso de escribir, de compartir ideas, reflexiones, y lecciones aprendidas... con el reto de hacerlas sencillas e interesantes, buscando motivar, divertir, enseñar, aprender.

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