Hablando del oriente

El siguiente texto es una narración de un viaje realizado a China, entre el domingo 20 de noviembre y el domingo 4 de diciembre del año 2011. Lo escribí originalmente para un grupo de amigos, ex compañeros de la secundaria quienes se reunirían por primera vez después de más de 30 años, evento al cual, por estar del otro lado del mundo, no pude asistir.

Y como ya hablé un poquito de Japón, hoy quiero volver a compartir esta narración en este medio. Espero que cualquiera que la lea, la disfrute.

Esto de encontrarse fuera de casa, viajando, siempre conlleva sensaciones de todo tamaño y pelaje, con mucha frecuencia encontradas, ya que la lejanía de la tierra propia, de sus olores y sus costumbres nos hacen añorarla, aunque la emoción por descubrir nuevas cosas y nuevas sensaciones nos impulsan a seguir adelante. Eso sí, si ustedes son como yo, que desde pequeño me acostumbraron que a nada debía decirle que no y a entrarle a todo, el enfrentar situaciones extrañas durante los viajes comprende en el mejor de los casos una buena lección.

Y en el peor de los casos también.

Como les comenté, desde el domingo 20 de noviembre estoy de viaje-visita en la República Popular de China. He de aclarar, antes de tirar mi rollo, que todo lo que aquí escriba es una opinión enteramente personal, así que si leen todo lo que sigue, es bajo su propio riesgo, luego no me vengan a increpar, ¿estamos?

Tengo que comenzar diciendo que yo siempre había querido venir a China, me la imaginaba, entre mágica y misteriosa, con sus pagodas y palacios chinos por todos lados, con millones de bicicletas recorriendo las calles y con la gente vestida a la usanza de Mao.

Por supuesto esta idea estaba basada sobretodo en lo que aprendimos en la escuela acerca de este país, con sus grandes dinastías chinas de los Ming, los Qin, los Yang, los Ping y los Pong. Y por supuesto, también basaba mis expectativas en imágenes obtenidas de películas, como “El último emperador”, o incluso en un video del grupo Wham, que realizó una presentación en Pekín allá por los inicios de los 80’s, y que es uno de mis favoritos de todos los tiempos.

Lo que les puedo decir de llegada, es que nada de lo que yo pensaba que era China, es China, ¡oh decepción!

Mi punto de encuentro con este país fue la ciudad de Shanghái, municipalidad del mismo nombre, una de las cuatro existentes como demarcación política, además de las 22 provincias, cinco regiones autónomas y dos regiones administrativas especiales que forman este país.

China es el segundo país más extenso del mundo, solo detrás de Rusia y al igual que esta última, tiene frontera con 14 países diferentes (imaginen el desmadre). No hay quien tenga más. Los canadienses dicen que Canadá es más extenso que China, pero es que le suman a su superficie todos los cubitos de hielo que flotan del paralelo 80 para arriba, esos que están dónde ni las focas aguantan el frío. Yo no sé si a eso se le pueda llamar país, pero en fin, no me distraigo con esto.

Una de las primeras curiosidades que aprendí es que China es un nombre que no es chino, sino persa y se le conoce así a este país ya que ese fue el nombre que propaló el buen Marco Polo en su libro llamado “Libros de las Maravillas del Mundo”, que se escribió y leyó por toda Europa hace ya más de 700 años. Para los chinos su país se llama  “Zhōngguó” que significa “el Reino Central”. Recordemos que a lo largo de la historia, más de uno se ha sentido el ombligo del mundo, y bueno, los chinos no fueron la excepción. Eso.

A lo mejor todos ustedes ya sabían de todo esto, pero confieso que yo no tenía ni idea.

De los 1,300 y piquito millones de seres humanos que habitan estas tierras, casi 24 millones viven en Shanghái. Eso se nota por ejemplo en el metro, que además de ser sin duda el sistema de transporte citadino con los trenes más largos que he visto en mi vida, la cantidad de gente que se junta en cada estación entre la salida de un tren y la llegada del siguiente, debe ser más o menos el equivalente a la que entra en el estadio del Tec de Monterrey cuando juegan los rayados. Un gentío de la fregada.

Por cierto que esta ciudad comparte latitud con Ensenada o Cd. Juárez en nuestro México querido del alma, así como con Jerusalén, Amman o Alejandría.

Pero bueno, dejemos las generalidades y la breve historia, y comencemos a desgranar esta mazorca que habremos de comernos juntos. De entrada les cuento que Shanghái da la impresión de ser una ciudad que está en otro país, en ningún país, de hecho, parece un país en sí misma.

Para empezar llegamos a un aeropuerto que da la impresión de estar en Singapur dada la lejanía que tiene con la ciudad de Shanghái misma. Eso sí, está nuevo y reluciente, amplio y funcional como el que más. Se le cae a uno la baba. Pero es ahí donde empiezan los choques. Y no me refiero a los de carros que también debe haber dada la cantidad monstruosa de autos (¿y las bicis ‘apa?). Pero de eso hablaré más adelantito.

Decía yo que de entrada Shanghái choca, o mejor dicho, desilusiona un poco. El aeropuerto de Pudong es una copia bien hecha del ‘Charles de Gaulle’ de Paris. Salas amplísimas, pasillos amplísimos,… por todos lados hay anuncios de los productos más sofisticados -desde relojes Cartier hasta autos Audi-, todo tan limpito que parece que apenas lo abrieron el día de ayer.

Al llegar a la zona de inmigración es fácil observar que hay más estaciones para agentes de inmigración que cajas de pago en un Walmart, con sus chinitos y chinitas muy serios y muy uniformados, cómo era de esperarse, aunque resultaron bastante menos pesados que, por ejemplo, los gringos.

Después del ceremonial de que le pregunten a uno a qué fregados viene, le pongan un sello al pasaporte y todas esas cosas, pasamos a recoger el equipaje, que rodaba en unas bandas que parecen mini pistas de autos de carreras.

Todo perfectamente señalizado. Todo perfectamente funcional. Todo perfectamente nuevo. La única razón por la que uno sabe que está en China es porque los letreros para indicar donde están los baños y la salida están escritos en chino. Los dragones y los acabados chinescos los dejaron en otro lado.

Salimos del edificio terminal y abordamos un taxi, ni nuevo, ni viejo. Y comenzó otro largo viaje.

Después de andar por un viaducto elevado como de 40 kms de largo de lo más moderno (¡imaginen el billete que se gastaron en hacerlo!) entramos a la ciudad por un puente colgante de esos que solo se ven en las películas del futuro, para luego comenzar un recorrido por todo tipo de vías rápidas, avenidas, pasos elevados, pasos a desnivel y demás.

Cada cinco minutos de recorrido veía un grupo cerrado de edificios de unos 50 pisos en promedio y me decía “creo que ya llegamos” solo para darme cuenta de que el taxi tomaba un nuevo paso elevado alejándome de aquella masa de concreto y cristal, para acercarme a una nueva.

Yo como buen latino, pero sobretodo como buen mexicano iba pensando, “este güey me está dando un paseo de miedo para cobrarme las perlas de la virgen por el recorrido”. Yo que me las doy de bien orientado, trataba de ver si al dar esas vueltas volvía por sus pasos a un lugar por el que ya hubiésemos pasado. Pero no fue así.

Ya dentro de los límites de la ciudad, nunca me abandonó ese sentimiento de ¡ah caray, creo que ya había yo venido por aquí! Y que cualquiera de ustedes que haya andado por una ciudad americana o europea de buen tamaño en fechas recientes, hubiese visto lo mismo que yo estaba viendo en esos momentos.

Shanghái o Madrid

¿Shanghái o Madrid?

Edificios de oficinas, edificios habitacionales al por mayor. Todos modernos, muy occidentales, unos más ‘golpeadones’ que otros, pero todos relativamente nuevos. Todas las avenidas están bien y claramente señaladas, no hay ningún letrero cayéndose, despintándose, o mal puesto.

Así es que de esa idea (hasta medio romanticona y cursi) que yo traía y que probablemente tengamos todos de la China con pagodas por todos lados,…¡¡no hay ni rastro!!,… bueno, no hay ni madres para que me entiendan.

Toda esta ciudad parece tener algo así como 15 años de construida, o al menos esa impresión deja, de tal forma que uno piensa que los ingenieros y arquitectos  que la hicieron fueron a todas las capitales modernas del mundo mundial y copiaron todo cuanto vieron, así, tal cual.

Y claro, como pagodas chinas fuera de China solo hay en Epcot Center lo más seguro es que estos arquitectos chinos, de tan ocupados, nunca se dieron el tiempo de darse una paseadita por dicho centro de atracciones, para ver cómo les tenía que quedar la ciudad,… así que de pagodas y demás edificios con facha y estilo chino, no hicieron ni unito.

Al menos, nunca vi uno del aeropuerto al hotel.

Y bueno, finalmente bajamos de tanto viaducto elevado y pude ver el hotel en el que me iba a hospedar. Al llegar el taxista me cobró exactamente lo que marcaba el taxímetro, ni más ni menos, ni trató de hacérmela de emoción con que cobro extra por maleta, ni cobro extra por salida de aeropuerto, ni por ser domingo, ni por ser el buen fin, ni ninguna historia de esas que conocemos los viajeros.

Pagué 200 yuanes o lo que es lo mismo $30 USD o $440 del águila por 55 kms de recorrido. Por ese mismo trayecto en Monterrey no me hubieran cobrado menos de $600 y en el DF hubiera tenido que pagar por lo menos lo doble de lo que pagué aquí. En Nueva York seguro hubiera pagado cerca de los $100 USD.

Eso sí, ni un yuancito de propina a nadie, ni al mesero, ni al taxista, ni al que te abre la puerta, ni al que te corta el pelo. De primer mundo.

Al hacer mi primer recorrido por la ciudad, el desasosiego del principio solo crece. Lo único chino -o en chino- son los letreros en tiendas, los anuncios luminosos en la calle y los millones de seres con ojo ‘rasgao’ que pululan por todas partes.

El taxi que me está llevando a un centro comercial para ver si encuentro un restaurante abierto -porque claro, llegué al hotel y me eché un coyotito después de estar 26 horas arriba de un pájaro de titanio y al despertar los restaurantes del hotel estaban cerrados- me lleva por lugares que repito pudieran ser barrios como el de Moema en Sao Paulo, o la zona de Galleria en Houston.

Al llegar al centro comercial, se junta lo moderno de afuera con lo moderno de adentro con lo que se percata uno, que efectivamente se está en el primer mundo,… los mejores productos y las cosas más caras,… bueno, la Plaza Antara de Polanco y sus hermanas se morirían de la vergüenza ante la modernidad, tamaño y oferta que se encuentra uno en los “malls” de Shanghái,… está grueso el asunto. Eso sí, de precios ni hablar, ahí sí está todo carísimo. Y eso que muchas cosas están hechas aquí mismo.

En contraparte con toda esta modernidad, a las muy poquitas horas de estar aquí, se da uno cuenta de que los chinos son desmadrosos por naturaleza, esto es, a pesar de los tantos y muchos anuncios que hay, ni respetan ni obedecen. Se pasan los altos, se paran donde no deben, se tiran en sentido contrario con un espíritu rayano en lo suicida, se meten en la fila con el mayor desparpajo,… al abordar el metro les vale madre no dejar salir al coterráneo, y eso que en el piso están indicados claramente los lugares donde debe uno pararse para hacer la entrada y la salida adecuadas.

Todo eso les vale sombrilla. Ah, pero eso sí,… el desayuno se sirve de 7 a 10 am, la comida de 12 a 2 de la tarde y la cena de 6 a 9 de la noche. Fuera de esos horarios no encuentra uno un lugar donde le sirvan a uno de comer como Dios manda. Y a ver, gánales,… ‘ta en chino.

Pero de la comida me encargaré en mi próximo capítulo.

Por ahora les mando un gran abrazo desde este gran país. JC.

2 comentarios en “Hablando del oriente

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