¿Con nombres o sin nombres?… (O la inesperada virtud de la consciencia)

Toda inversión que se hace para adquirir conocimientos, siempre deja los mejores dividendos,…  Benjamín Franklin

Queridos amigos, queridos lectores, esta noche quiero invitarlos a que se embarquen conmigo en un viaje personal.

Tengo más de una semana pensando cómo comenzar esta entrada,

En cómo hacerla entendible, amena, al mismo tiempo que significativa para todos los que la leamos.

Hace dos fines de semana viajé a la Cd. de México. Desde que dejé de vivir en la zona metropolitana de dicha ciudad, hace exactamente 21 años, he vuelto muchas veces. De ellas, la mayoría por trabajo, un buen número por placer, algunas pocas por compromiso.

La pasada fue de las que puedo enmarcar en la categoría de “por el puritito gusto”.

Mi tío Jorge Zamudio, “Coco” para sus muy cercanos, acababa de cumplir los 80 años unos pocos días antes y las “lorenzas” de sus hijas -afortunadamente sólo tuvo tres- le organizaron el sábado 21 de febrero, una fiesta en su honor. Y yo tuve el honor de ser invitado.

Fue un evento muy significativo para mí, como también lo fue en su momento la celebración del ochenta cumpleaños de mi padre, que sucedió hace poco más de dos años y medio. Sin duda lo fue más para mi tío y para su esposa, mi querida tía María Luisa, por haber llegado a tan provecta edad en tan excelentes condiciones, tanto físicas como mentales. Ojalá yo llegue como él ha llegado.

La reunión en sí fue una gozada por todo lo que pude conversar y convivir con tías, tíos, primos, primas, amigos, hermanas, sobrinos, hijos, padre. Hubo fotos, hubo charla, hubo tragos,… lo mismo que hubo sonrisas, complicidades, música, abrazos, confidencias.

Fue una tarde singular. Me alegró y me alegra saber que pude compartir ese día con tanta gente que significa algo importante en mi vida, especialmente mi tío Coco.

Pero ahí no paró la cosa.

Regresaba a Monterrey con mis hijos Ana y Andrés al día siguiente por la tarde. Por lo que el domingo posterior a la fiesta, después de haber desayunado con otro grupo de queridos amigos, tan cercanos que sin lugar a dudas puedo considerarlos mi familia, fui a visitar a mi padre y a mi madre.

Además de verles y de charlar con ellos, estuve en un lugar de su casa al que tenía mucho tiempo de no entrar. En un anexo construido ex profeso, está todavía el negocio de mi padre, la todavía famosa Papelería y Librería Historiadores.

Para mí es prácticamente imposible poder separar mi vida y la vida de mi familia, de este lugar.

Ese domingo, entré a la librería persiguiendo a mi hijo Andrés que andaba curioseado por los rincones de la misma, descubriendo objetos que para mí y para algunos de los que me leen, fueron y quizás todavía lo son, piezas cotidianas, pero que para mi hijo de once años, son objetos de verdadera admiración. Un sello de goma y un cojín de tinta lo pueden entretener tanto como su iPad.

La librería hace ya algún tiempo que dejó de ser ese lugar tan pulcramente ordenado que concibió mi padre hace casi 40 años, aunque la misma ya operaba en ese mismo sitio desde principios de los 70’s, antes de que se remodelara la casa para crear el mencionado anexo. El caso es que al estar ahí, parado a mitad de ese espacio, mirando estantes y cajones que en lugar de tener libros, cuadernos, reglas y sacapuntas, tenían polvo y abandono, no pude evitar un largo escalofrío y una sensación casi de orfandad, Todo el sitio de pronto me pareció pequeño, como si se hubiese encogido de la forma y al ritmo que lo ha hecho mi padre al peso de su edad.

El lugar tampoco tiene la prestancia, el movimiento, la luz que tuvo en sus mejores años, cuando mi padre, junto a la fuerza de mi madre, con mucho trabajo y esfuerzo, montó y construyó un negocio -sin haber tenido la preparación para ello, lo que al final fue también causa de su declive- en el que se llegaban a formar largas filas de compradores que esperaban a veces por horas el ser atendidos por mi padre, mi madre, alguna de mis hermanas, algún empleado y sí, en algunas ocasiones, las menos, por mí mismo.

La fama de que en la Librería de Historiadores se podía encontrar el libro que acababan de pedir en tal o cual escuela, y que no había en otros lados, duró durante muchos años.

Muchas veces entré a la librería ya fuese por un cuaderno, un útil escolar, un libro o para pedirle dinero a mi padre, quien dicho sea de pasó, nunca me negó nada de ello. Mis críticos acudirán rápidamente a decir que esto último es lo que más entraba a hacer, pero eso sería una crítica infundada y con ganas de perjudicarme en este año electoral.

En otra variante de este tema, mi padrino postizo, “el Chato”, me acusaba en lo corto y en lo público de que yo sólo entraba a la librería para “meterle la mano al cajón”, al cajón de la registradora por supuesto. Nunca hubo una acusación más falsa e incierta.

Pero sin duda fue este negocio el que de forma indirecta guió y apuntaló lo que sería mi futuro.

De uno de sus estantes salió la tabla periódica de los elementos que yo tenía que memorizar cuando entré a tercero de secundaria y que al hacerlo, me ganó un 10 en un examen sorpresa de química -cuando casi todo el salón reprobó- lo que de alguna manera impulsó mi gusto por esta materia a tal grado que terminé estudiando ingeniería química. El otro gran aporte fue que de aquí salió el dinero para pagar mis estudios en la Universidad Iberoamericana.

De otros estantes también salieron muchos de los libros que fueron mis primeras lecturas serias, como toda la serie de libros de Luis Spota que ya comenté o los muy divertidos libros de Don Jorge Ibargüengoitia, a quién dicho sea de paso. me hubiese gustado mucho conocer.

Y mientras estaba parado en medio de lo que fue el negocio de mi familia, no pude menos que sentir también una gran nostalgia…

Muchos de sus anaqueles lucen vacíos, o tristes, o polvorosos. Una de las máquinas de escribir de mi padre aún está sobre uno de los mostradores, esperándolo para mecanografiar el pedido de esa mañana y que hoy es sólo un mudo testigo de lo que fue y ya no será. Mi hijo Andrés se entretuvo un buen rato con ella y tuve la oportunidad de explicarle el funcionamiento de la misma y de como el famoso “enter” de nuestras computadoras o de muchos de nuestros aparatos, se derivan de la acción mecánica de mover la palanca de la máquina de escribir, causando que el rodillo de escritura rodara un renglón hacia arriba y el carro de la máquina volviera a su posición de extrema izquierda, con lo que se podía iniciar la captura de más información en la hoja de papel.

En el extremo opuesto, sobre otro de los mostradores, está la máquina registradora, ese gran objeto color naranja, que con sus sumas y sus restas, sus múltiples botones y su palanca giratoria para cuando se iba “la luz” registraba las ventas de cada artículo, de cada día, de cada mes, de cada año.

Ese domingo contemplé largamente dicha máquina y también le mostré a mi hijo cómo es que funcionaba en aquellos días de las grandes colas y de los muchos clientes. Al hacerlo, en algún momento accionamos el mecanismo que abre el cajón, en el cual hoy sólo quedan los espacios vacíos para guardar los billetes y unas pocas pequeñas monedas que nadie ha querido tomar, todos ellos mudos testigos de los andares, de los ires y venires de la fortuna de mi padre. No pude dejar de sentir una punzada en el estómago nuevamente.

Hubiese querido meterme la máquina registradora al bolsillo y llevármela conmigo. No por lo que tiene, sino por lo que tuvo. Cada vez me vuelvo más nostálgico de los objetos que alguna vez me acompañaron en algún punto de mi existencia o que significan algo en la vida de mi familia. Lo malo es que la dichosa máquina debe pesar como cincuenta kilos, o sea que por lo pronto, ahí se quedó.

Hubo al menos dos cosas más que absorbieron mis acciones y pensamientos durante mi estancia en ese lugar.

La primera fue abrir algunos de los muchos cajones que guardaron objetos y cosas que vender: Lápices, bicolores, tachuelas, rollitos de colores de papel “paspartú”, diamantina, “gomas” bicolores o de migajón, compases, broches para archivo, tachuelas, pegamentos, sacapuntas -metálicos y de plástico- lapices de colores, clips, tinta para sellos,…

Todos los cajones ordenados alfabéticamente, todos con su cartulina de color naranja brillante al frente, su protector de plástico y sus letras escritas en tinta china con plantilla y con esas plumillas que los no tan jóvenes llegamos a usar para rotular trabajos, planos, mapas, y un larguísimo etcétera. Ahí estaban todavía algunos objetos que fueron los “sospechosos usuales” de nuestra educación primaria, o secundaria, o media superior, cuando no existía el “Office Depot” con sus cientos de opciones y materiales para imprimir o presentar un trabajo.

En nuestra época fueron la mencionada diamantina, el papel crepé, el pegamento marca Mucílago, nuestro puño y la imaginación, los instrumentos no sólo para hacer una “cartulina” referente a los “Niños Héroes” o a la llegada de la primavera, sino que también fueron nuestras muy primitivas iPads, ya que al hacerlas, aprendimos los nombres y los significados de tantas cosas que nos han permitido andar por la vida sabiendo algo.

La segunda cosa sobre la que pude reflexionar fue que esas maravillosas “cartulinas” que muchos compusimos al amparo de la noche, a deshoras y a destiempo, venían ilustradas con pequeñas estampas, llamadas “biografías”, o con recortes de imágenes provenientes de “monografías” las cuales, quienes pueden recordar, eran hojas tamaño carta impresas por un lado con imágenes y por el otro con múltiples datos acerca de un evento, ya fuera la vida de Benito Juárez, o de cómo transcurrió la guerra de independencia de México, del sistema solar, o de cómo se fabrican los pasteles de lodo.

Por supuesto había “biografías” desde Pancho Villa hasta Agustín Lara, pasando por Cuauhtémoc, Porfirio Díaz o José Ma. Izazaga -que cómo todos saben, es el nombre de una calle en el centro de la Cd. de México-.

Nada más fácil que ir a la papelería, en este caso la famosa Papelería y Librería Historiadores, y comprar una o varias estampitas, según la tarea y/o el talante de la maestra/maestro, una cartulina y copiar con nuestro puño y letra, la información al reverso de las mismas. Luego, las niñas más aplicadas adornaban con diamantina, con muchos colores y con algún listón, dicha cartulina, haciendo que las de los más perezosos -dónde me incluyo- parecieran en comparación, un pedazo de periódico viejo.

Misma información, diferente colorido, unas sacaban 10, otros sacábamos 7.

Ahora que lo pienso, creo que todos los que redactaron dichas estampas y monografías, deberían tener al menos una calle con sus nombres en algún barrio, pueblo y/o ciudad de nuestro país, ya que gracias a su tarea, contribuyeron no solamente a la educación de cientos de miles, quizás millones de mexicanos, sino que también nos ahorraron un montón de tiempo -y sobre todo de esfuerzo- al condensar tan sabiamente la vida de virreyes, generales y mercaderes en un pedacito de papel de tres por cinco centímetros.

Sin embargo, son héroes anónimos. Qué triste.

Y así como teníamos las biografías, también teníamos los mapas, los dichosos mapas, los del continente americano o del africano, con nombres o sin nombres, de ríos y lagos de Europa, de mares, de montañas del continente asiático, con nombres y sin nombres, de los estados del país, con división política o sin ella y como ya dije, con nombres y sin nombres.

Llegar a clases sin el mapa solicitado, sería como llegar hoy a clase sin conexión a Internet en nuestro súper “smartphone”. No había/habría nada que hacer.

Viéndolo así, mis padres y mis hermanas fueron contribuyentes importantes en el proceso de educación de cientos o miles de jóvenes y “jóvenas” de nuestra comarca. Y tampoco hay ninguna calle con sus nombres por ningún lado. Lástima.

Pero volviendo a aquella tarde,… confieso que me quedé descolocado al ver, al sentir, al ser testigo de primera línea, de como el tiempo pasa y que lo qué fue, ya no es. De ver y sentir cómo ese lugar al que mi padre llegaba muchas veces desde las 7 a.m. -después de desayunar a 3 metros de distancia- para comenzar a preparar y ordenar los pedidos de libros o de materiales por comprar y con ello, poder servir a sus clientes de forma que ninguna otra librería pudo hacer en los muchos muchos años que la famosa Papelería y Librería Historiadores, funcionó, pero ya no funciona, en la calle de Sigüenza y Góngora 13-C.

A pesar de su abandono, de su cierto desorden, de sus huecos en los estantes, el lugar no es como la “Casa de Usher”, es tan sólo un lugar que hoy conserva la poca luz que le queda a mi padre, como si supiera que mi viejo se hizo viejo y por lo mismo ella, la librería, no quiere dejar a su dueño atrás, como el perro fiel que sigue a su amo hasta el fin.

No sé cuanto tiempo le quede a mi padre, tampoco sé cuánto tiempo me queda a mí. Lo que sí sé y es un enorme consuelo, es que hay muchas personas por aquí y por allá que recuerdan a mis padres con cariño por haberles conseguido el libro que no había en ninguna otra librería, mas que en la famosa Papelería y Librería Historiadores.

Monterrey, N.L. a 2 de marzo de 2015.

P.D.

La cita que puse al principio de esta entrada, viene de un letrero que mi padre mandó hacer -donde a un lado del texto referido figura una imagen de Don Benjamín- y que colocó en la parte alta de uno de los estantes, a la vista de todos los que alguna vez tuvieron la suerte de poner pie en la librería de mi padre. La cita y el letrero, siguen ahí,… quizás entonces, no todo esté perdido y olvidado.

8 comentarios en “¿Con nombres o sin nombres?… (O la inesperada virtud de la consciencia)

  1. Tal vez la HHH libreria Historiadores ya no contribuya diariamente a la educación de los que comprábamos libros y monografías ahí. Pero lo que aquí relataste muestra que no ha perdido su “toque”. Les dio la oportunidad a tí de ser maestro y a tu chavo de ser discípulo. Seguramente al Señor Christy le llena de orgullo ver a su versión 2.0 y 3.0 husmeando en su sacrosanto lugar de trabajo. P.D. a mí me compraron ahí una calcomanía/tatuaje que simulaba los alambritos del brazo de Steve Austin. Era la neta.

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  2. Me encantó tu remembranza Jonás. La “Pape”, cuántas cosas que recordar de ese local vecino nuestro que nació ocupando el cuarto de servicio de la casa y creció hasta ser conocida y reconocida a lo largo de todo Satélite y sus alrededores. Y cuántos recuerdos aún más para ti. Muy buena y grata entrada amigo.

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    1. Tienes toda la razón Edmundo, la “Pape” nació muy humildemente, ocupando el cuarto de servicio y llegó a ser un negocio muy acreditado en la zona,… y nació muy humilde no sólo eso, sino que los primeros estantes eran de otra papelería que le traspasaron a mi papá, y llegaron a casa en un camión del ejercito, ya que quién le traspasó el negocio a mi papá, era otro militar amigo suyo. Aun recuerdo que dentro de todas las cosas que llegaron con los cuadernos y los lápices, venía un juego del turista del espacio, con el que jugamos mi hermana y yo durante mucho tiempo.
      Un gran abrazo, querido amigo.

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  3. Que lindas palabras y bella descripción, es duro ver que se acabó, pero es muy lindo tener tantos y tantos recuerdos y saber que gracias a todo eso tan grande tienes la oportunidad de ser la gran persona que eres, asi que felicito el gran esfuerzo de tus padres!!!! y que increible que todos tenemos el gran recuerdo de la Papelería y Librería HISTORIADORES!!

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  4. Me encantó tu relato… me hiciste viajar en el tiempo y de pronto me vi entrando en la papelería. Yo cursé la secundaria en la HHH Secundaria 33,50 /85 (cada año que estudié ahí cambió de número hasta que finalmente se quedó como la #85) así que GRACIAS a tus padres en innumerables ocaciones fueron mis “salvavidas”.
    Deseo que tus padres se encuentren de maravilla y te pido que en cuanto te comuniques con ellos les hagas extensivo mi AGRADECIMIENTO no solo por ayudarnos en nuestra época de esculapios, sino también, por haber acompañado de manera muy cercana nuestra mágica adolescencia musical.
    Un abrazo querido Johnny… seguiré de cerca tus textos.

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  5. Hola JC sin duda alguna me encanto este escrito! Aunque no te ando alcanzando aún jajaja… yo de igual forma creci con todas esas cartulinas, diamantinas, biografias, etc. y me hiciste recordar muchos momentos con mi madre cuando tenia la edad de tu pequeño. Es verdad que el tiempo no pasa en vano, que los lugares cambian, que nuestros padres envejecen… y tambien que nuestros recuerdos prevalecen tanto como se han vivido. Que hermoso es llegar a un lugar tan querido y revivir esos momentos. Saludos!

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  6. oPrimo no se me va olvidar cuando era peque y vivía los fines de semana en tu casa, para mi era extraordinario ver lo grande q era la librería historiadores, hacer como q vendíamos primero el estante en la sala y luego ya en la cochera. No voy a olvidar como Laus y yo veíamos a todos los trabajadores q iban apoyar para esa temporada. Tampoco se olvida como corrían de un lado a otro, por escaleras escondidas o por la misma cocinapara entregar libros. Como cuando iba de visita mi prima Laus me sentaba en un rincón mientras ella atendía con una sonrisa a la gente y yo mientras veía algún libro para no estorbarle el paso, me esquivaba a cada momento o para cobrar o simplemente para pasar. Que gran anecdota , me hiciste recordar cuanto tiempo pase con ustedes y cuanto los quiero. Un beso

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